2/07/2018

53-Ideando la fuga.

Extraído de las memorias de Johan S. fecha de edición de 2112, calendario de Kosen Rufu.

“El día que más cerca estuve de la muerte, conocí al hombre más valiente que haya pisado el continente de Mitjaval. El reino central que da también nombre al continente, este reino era regido por tres linajes que aportaban miembros a la casa gobernante, esta sería como una cuarta casa, que más bien era una mixtura formada por las otras tres. Tres colores o tonalidades distinguían a cada una. Los rojos, o en tonalidades del naranja al escarlata, eran los de Mitjaval propiamente dicho, algunos más vivían del otro lado de la frontera en Taranis. A esta casa pertenecía Artus, cuando pasó a vestir el púrpura del gobierno, este fue el último rey que presenció el gran Caos. Sigue la casa de los verdes, o en sus tonos variando de claroscuro, provenientes de los pueblos del este, en el reino de Astur y Gaia, en muchos casos conocidos. Y por último, pero no menos importantes, los azules; con variantes entre el celeste y el más profundo azul marino, estos pertenecían a la Corona de Azaláys. A esta última pertenecía Ichinén, quien llegó a Taranis, proveniente de mundos lejanos, el mismo día que como dije antes, estuve a punto de morir. 
Los colores eran usados en las ropas de los miembros de esa casa, pero también en los uniformes, en la arquitectura, en detalles de los barcos y en partes de ciertas obras de arte. Esto no quiere decir que en Mitjaval solo había miembros de la casa de rojo o que en Azaláys habían nada más que azules. Mayormente, existían miembros de esa casa, pero siempre habían varias uniones que con el tiempo hicieron que cada grupo no fuera del todo homogéneo. Digamos que dentro de cada reino podían coexistir de cualquier linaje, pero a quien regía cada tierra, era solo a los de esa familia.
Ichinén tenía fuertes lazos con la dinastía de Mitjaval y eso desencadenó los hechos posteriores a su llegada. En Taranis, había muchos miembros de la casa de Artus, incluso más de un primo suyo murió durante el Caos, peleando en el ejército tarano. Quizás por esta antigua costumbre, en ese reino se usaba el rojo y negro, pero esencialmente se podría decir que ellos eran la casa negra, la quinta. El resto del continente lo completaban, los elfos que habitaban en la península entre Taranis y Azaláys, al sur de Mitjaval. Al noroeste del centro, en las Tierras del Meridional, pueblos vikingos sin mucha organización hasta la llegada del gran líder que se unió a Ichinén. Bien al norte, casi llegando al polo, la tierra de Gaia, fraccionada en dos por una guerra civil, luego del Gran Caos. Al sur de Taranis, se encontraba el califato de Desertus, árabes adoradores de un único Dios, regidos por un pedante que costó más vidas a su pueblo que todos los demonios de Tenyi Ma. Cruzando el mar por sus costas, provino el gran mal, la oscuridad fundamental que comenzó a tomar cada lugar y corazón que tocaba. Los primeros en sufrir fueron los de Desertus, luego siguió Taranis y Astur. Islas como el archipiélago de Moss y la isla del Oráculo no tuvieron resistencia. Pero aunque las tierras estuvieran habitadas fue escasa la resistencia ante la oscuridad que invadía el alma y debilitaba los cuerpos.
El derrotero siniestro me llevó por errores de juventud a terminar en las manos de los taranos, en particular de cierta mujer más oscura aun. En Taranis, otra familia que ocasionalmente había aportado miembros a la casa gobernante y compartían muchos lazos con los de Mitjaval. Lady Engel fue un referente para los taranos y en ese entonces, era la mano derecha de Ranzig el terrible. Aquel que había levantado a su pueblo contra los demonios que los esclavizaron. En otros reinos, la destrucción del Gran Caos había pasado y seguido su camino. En lugares como Azaláys o Taranis, algunas criaturas habían hecho de esos sitios, su cubil. 
Estaban por ejecutarme sumariamente, pero mis dotes musicales me valieron una prorroga en la sentencia. Para ese momento, entró en escena Ichinén, acompañado de la reina Victoria. Era un gran candidato a reemplazarme en el espectáculo de perder la cabeza, pero una providencial aparición de la hija favorita del dictador Ranzig, lo evitó con una propuesta de matrimonio. Si me hubieran contado como se desarrollaron los hechos ocurridos en ese salón, no lo hubiera creído por lo inverosímil de la situación. Pero yo estuve presente, lo vi con mis propios ojos. Es verdad que todo lo que se relacionaba a la princesa Sybilla era algo rozando lo inconcebible.
Con Ichinén compartimos habitación por varios días, o debo decir, prisión domiciliaria. El cuarto era bastante lujoso, pero no podíamos dejarlo o nos las veríamos con guardias armados con ballestas y lanzas. Al guerrero le preocupaba en particular que había sido de la reina Victoria, en ese entonces, solo Victoria. Temía que lady Engel se ensañara con ella o algo así. Una semana después, recibimos su visita. Parecía ser libre de rondar por el castillo, aunque vigilada.
-Tengo un plan y un poco de ayuda local.-nos dijo Victoria en secreto, aduciendo a la asistencia de la princesa de Taranis.
Una noche sin luna, la siguiente en el calendario, escapamos. Los sastres que Ranzig había mandado para vestirnos, fueron nuestros suplentes en la prisión. Mientras medían a Ichinén, para el uniforme de bodas, redujimos a los guardias. Muchos batallones nos acorralaron por los pasillos. Pero el don de Sybilla los desorientó, enviándolos por los corredores que no eran. Dos batallones chocaron de frente, confundidos por los poderes de la princesa. El barco nos esperaba en el puerto, con Victoria a bordo y los dos gatos, Dulce y Teban. Sybilla también estuvo allí para recibirnos, pero no vino con nosotros.
-Creo que tendremos que posponer la boda, princesa.-comentó Ichinén, con cierta ironía.
Sybilla lo miró y acarició el rostro como se le hace a un niño.
-Ah, Ichinén. Creíste que era posible que el matrimonio fuera una opción. Hay un anillo en nuestro destino común, pero no es ese.-
El guerrero quedó más desconcertado que un vikingo en un banquete gourmet con muchos cubiertos. La princesa de cabellos escarlata parecía muy poco o nada preocupada por la ira de su terrible padre, por lo que partimos con dirección sur, al archipiélago de Moss. No llegamos tan cerca de tierra, ya que varios barcos cargados con criaturas horrorosas se acercaron. Tuvimos que librar una breve escaramuza con unos orcos esclavistas, pero luego se frenó debido a la derrota inminente que estaban sufriendo a manos de Ichinén y Victoria. Yo hubiera ayudado, pero estaba más ocupado manteniendo el barco a flote. Las noticias que dieron, confirmaron la historia que intenté relatar a los taranos. En la isla Kerkyra, criaturas horrorosas construían ominosas estructuras y abominables maquinas que parecían barcos. En el horizonte, detrás de esas islas, parecía encaminarse una tormenta, aunque otros signos del ambiente descartaban esa posibilidad.
-Es la Oscuridad Fundamental.-sentenció Ichinén.
Me relató la primera vez que la había visto, como ya se vio en un capitulo anterior, titulado exactamente así. La Oscuridad Fundamental se cernía sobre el continente y avanzaba despacio pero inexorablemente. Esa noche, tuvimos un largo debate sobre las acciones a seguir. Ichinén quería avisar a las tierras más cercanas, le recordé la poca atención que habían prestado los taranos ante mi advertencia, pero él insistió en seguir ese curso de acción. Pese a que parecía una decisión difícil en ese momento, nos dividimos. Victoria y ambos felinos irían a la Corona de Azaláys donde nos encontraríamos en Mirzam, al sur del reino. Mientras que Ichinén y yo viajáramos en transporte orco hasta el califato de Desertus. Esto no me hizo feliz para nada, pero preferí no argumentar con Ichinén. Temí por mi cabeza, pero como íbamos directo a la capital y no a la ciudad donde mi cabeza tenía precio y una doncella me esperaba candorosa, casi igual que sus parientes, pero con otras intenciones. El barco orco nos contactó con unos comerciantes de Desertus, quienes nos llevaron al puerto más cercano del califato. La idea era llegar a la capital de Ancira donde encontraríamos al regente Al Mansour. Caminamos con Ichinén por las calles de Ancira, encaminándonos al palacio del califa. El guerrero hizo uso a desgano de su título, para que nos dieran audiencia con el líder árabe, mientras que severos guardias vigilaban cada uno de nuestros gestos.
-Esperemos que el emir Al Mansour, esté más dispuesto a escuchar que lady Engel. 
Yo asentí en ese momento y me encomendé a todos los dioses existentes o por inventarse. Entramos al salón de audiencias, muy lujoso, donde el emir nos recibiría. Ese fue el primer signo de muchas cosas por venir, aunque nadie podía esperar o prever todo lo que vino después, ni siquiera Sybilla. Aunque ella siempre supo, y lo dejó caer en sus crípticos comentarios, que Ichinén se quedaría atrás. Es el mayor dolor actual de nuestra reina Victoria, soberana de Kosen Rufu. Ichinén no atravesó el portal con nosotros, a casa.

1/08/2018

52-Nuestra hora solemne.

Las botas resonaron por los pisos lustrados. La estructura temblaba por el golpeteo isócrono de un centenar de botas sobre el suelo. Todos iguales, todos coordinados, disciplinados. Así era como le gustaba a su general, el orden que conforma totalmente, debido a que se puede sostener como si se lo tuviera entre las manos. El general que observaba por la ventana del palacio se giró complacida, esta era la archiduquesa de Ephira. La joven mujer, parecía un poco mayor, quizás debido a sus experiencias y un poco por su vestimenta. Su cabello oscuro, negro como su traje, contrastaba con su piel clara. Caían sus mechones en ordenadas ondulaciones sobre el traje que era una rara mezcla entre algo parecido a una armadura y un corset.
-¿Y bien? ¿Que tiene este bufón que decir antes que lo ejecute?-
El lugarteniente empujó el hombre arrodillado, para instarlo a hablar, o para obligarlo, lo mismo daba.
-Lo que digo es cierto, milady.-respondió el joven que sentía terminar sus días más pronto de lo debido.-Aunque su sargento no me cree. Lo que digo es verdad.-
-¿Y cuál es esta verdad, bardo? ¿Cuál es tu nombre?-inquirió la mujer al mando.
-Johan, milady.-
-Continúa.-
-Yo venía caminando por la costa, acababa de bajar en el barco que dejaba en el puerto más a al sur de Desertus. Pensé que esa gente se contentaría con un poco de música, ese es mi trabajo, por lo que me encaminaba a la ciudad principal para…-
-Al punto.-interrumpió de mal humor la archiduquesa.
Johan se removió nervioso, sonrió estúpidamente y se acomodó las ropas, de por si mugrientas.
-La cuestión es que en Desertus… los árabes del Sultán no son muy progresivos con la música, no toleran estilos nuevos o así. Tuve que salir rápidamente, un poco demasiado.-
Una mirada grave de la mujer le recordó que debía ir a la parte que a ella podía interesarla, si también era de su interés conservar la cabeza. Johan maldijo su mala estrella. Recordando que salir de Desertus con tres legiones de soldados en sus talones, eran un poco más que irse con urgencia. Creía que su cabeza hoy tendría precio en esas tierras. Pero no era su culpa, no podía saber que la jovencita con la que se había besado era una de las concubinas favoritas del sultán. Todas se veían casi iguales con sus velos. Si su cabeza estaba sobrevaluada, no iba a informárselo a sus captores. Aunque dudaba que estos fueran muy amigos de los árabes al otro lado de la frontera, en dirección sureste. Era dudoso que lo entregaran para que los de Desertus lo ejecutaran. Ellos mismos lo ejecutarían allí mismo y sin ningún traslado o trámite ulterior, que tanto. Los taranos eran gente así de práctica, eso debía reconocérselo. Lo desagradable era que esa practicidad implicaba en la separación de su cabeza y su cuerpo.
-Crucé a la isla Kerkyra, de incognito en un barco al que pude pagarle improvisadamente.-
Afortunadamente, ese mercader se dejó sobornar para que lo cruzara hasta la isla al sur de la península de Desertus.
-Nomás de desembarcar en esta isla, me encontré con ciertas extrañas criaturas que aunque de tamaño reducido no dejaban de ser poco estéticas. Caminé un poco más y en un valle vi como una gran ciudad en ruinas, donde muchas criaturas de diversos niveles de horror, rearmaban a su modo las estructuras. En el horizonte se notaba la oscuridad que los cobijaba, como si una tormenta se acercara. Pero puedo asegurárselo, milady. Esa sombra no era ninguna tormenta, era un poder oscuro que maneja a esos horrores de tentáculos y escamas. Como pudimos, escapamos, pero criaturas marinas igual de horrorosas nos hostigaron largo tiempo. Una tormenta nos dejó encallados en su costa, no era nuestra intención molestar. No la mía, al menos.-
La archiduquesa enarcó una ceja con desconfianza.
-Linda historia. Aunque poco nos preocupa lo que ocurra en tierras extranjeras, si es por mí, pueden pudrirse enteros. En Taranis nos ocupamos de nuestra gente, no de hacer caridad e ir a otros reinos. Tenemos nuestro orden, no lo llevamos afuera, ya que eso nos traería caos a nosotros mismos.-
A menos claro que esos “otros” fueran conquistados y pasaran a ser parte de ese nuevo orden, como esclavos. Aunque esa parte no la dijo, Johan conocía bastante sobre Taranis como para saber que así era. Un batallón de soldados se acercó por el pasillo hasta el gran salón donde se encontraban. Llevaban atados a un hombre y a una mujer. El hombre se resistía un poco y cuando los presentaron ante la regente de esas tierras, este cayó de rodillas debido a un empujón del soldado que lo llevaba. La mujer que lo acompañaba se arrodilló a su lado, como protegiéndolo o refugiándose junto al compañero.
-Ya le dijimos quienes somos, inmundo animal. ¿Qué más esperan que digamos para que nos crean?-
-Eso lo juzgara, milady Engel.-
La archiduquesa de Ephira los miró como dando a entender que se referían a ella. El soldado explicó brevemente como los habían encontrado a su señora y esta los observó, esperando ampliación a esa información.
-Mi nombre es Ichinén, soy el hijo del duque de Menkalinam, debido a su fallecimiento, hoy soy el nuevo duque. Aunque no he ejercido nunca mi cargo. Espero encarecidamente, milady, que se me trate como a un miembro de la nobleza, tal como corresponde a mi estirpe y a la suya.-
Lady Engel se acercó a Ichinén y le propinó una bofetada tan violenta y sonora que lo derramó por el piso, y el guerrero Ichinén no era precisamente pequeño. La mujer notó que quizás había sido demasiado eso, le dolía en parte la muñeca y lamentó no pedirle al sargento que lo golpeara en vez de ella.
-Espere. Déjelo explicarse.-pidió la compañera de Ichinén.
-¿Menkalinam? ¿En la corona de Azaláys? Esa tierra fue abandonada y nadie debe quedar vivo en ella, desde el caos que se desató. Cualquiera podría venir y decir que es el rey de Azaláys, para lo que sirve eso. Nunca tuvimos mucho trato con su gente, solo a través del imperio regente de Mitjaval. Esos inútiles que no supieron hacer frente al mal que invadió este continente.-
Ichinén conocía solo su parte de la historia, nunca había viajado durante el caos por el continente. Al ser vencidas las fuerzas de Azaláys, y todo el reino destruido, la reina asesinada. Las noticias de Mitjaval eran menos alentadoras, pero el ignoraba lo que había ocurrido en otros lugares, como Taranis.
-¿Qué ocurrió aquí?-
Lady Engel pareció sentirse insultada por esa pregunta, y la repitió rechinando los dientes, por lo menos tres veces.
-Voy a decirte que ocurrió aquí.-
Por más de media hora, la mujer le relató la versión tarana del gran caos. Al estallar el templo que contenía en Azaláys, muchos males y criaturas del caos, otros focos de oscuridad se gestaron o renacieron de su letargo de épocas remotas. En medio de la capital de Taranis, la reconstruida ciudad de Karum; surgió un volcán de vileza y destrucción. Del pozo ardiente del inframundo, algo más que un poco de lava, nació. Demonios y sátiros que destrozaron todo. Una cohorte de señores de la destrucción. Eran cinco, especificó lady Engel. Con ropajes y piel verde o amarilla, demonios del mundo antiguo, que regían cuando el universo era más caótico. Llegaba su nuevo momento. Esclavizaron a la población de Taranis, invadieron todo el país hasta la cadena de montañas que al sur los separaba de Desertus. Esperaron ayuda de Mitjaval pero esta nunca llegó. El rey del imperio más grande estaba demasiado ocupado suicidándose, al igual que su hijo. El desprecio se notaba en cada palabra de la mujer,  por todo lo foráneo, pero especialmente por los de Mitjaval, el reino central. Ella fue enviada a las prisiones demoniacas, compartiendo celda con alguna otra mujer. Fue usada como juguete y divertimento de los señores del caos, los demonios se divertían haciendo bailar o experimentando con su esbirros, probando que podía o no hacer, que podían o no resistir. Siete años muy duros. Ella no era más que una noble de segunda línea, tercera hija de un lord venido a menos. No dirigía tierras o ejércitos. Hasta que un noble de la corte, esclavizado como todos, organizó la revuelta. Silenciosamente lo había ido planeando. Lady Engel había estado allí, como mano derecha de Ranzig el terrible. Mote que le daban afuera, pero que ella repetía con un desmedido orgullo. Terrible era lo que les había ocurrido, terrible debía ser el hombre que llevara adelante lo que era necesario. Al pronunciar en alto el nombre de Ranzig, cada soldado del salón se cuadró, alzó el brazo en un gesto ensayado y vitoreó el nombre de su líder. Todos en perfecta sincronía, mientras lady Engel sonreía complacida. De todo eso hacía cinco años. Para Ichinén no había pasado tanto tiempo, esos doce años desde su partida, para él habían sido menos, debido a que había entrado y salido de diferentes mundos y tiempos.

-Me hacen acordar a los nazis entre los que me infiltré, cuando rescatamos a Anne.-le susurró Victoria a Ichinén, mientras todos estaban distraídos vanagloriándose de su guía.
Lady Engel finalizó su relato, con el recuento de la familia superviviente del líder, algunos de sus hijos, excepto dos que habían fallecido en esa guerra. Su esposa, su hermana y tres de sus hijos eran los que quedaban. Afortunadamente, para ellos claro, esa familia se había agrandado con tres nuevos hijos, Wysk y los gemelos; que eran la esperanza del futuro para Taranis.
-¿Qué hacemos con ellos? ¿Será ciertamente un noble?-inquirió el sargento, no sabiendo que pose adquirir.
-El gran líder sabrá que hacer.-respondió la archiduquesa, para luego dirigirse a Ichinén.-Tendrán el placer de conocer al gran líder. El decidirá qué haremos con ustedes.-
Poco rato después, mientras lady Engel los ahogaba con preguntas, la gran puerta del interior del salón se abrió. Ichinén y Victoria respondieron lo que pudieron aunque muchas cosas extrañas las callaron. Se daban cuenta que viajar a otros mundos, no iba a ser bien recibido entre gente que había sufrido invasiones de demonios dimensionales. Simplemente dijeron que venían de otras tierras. Ni que hablar de que sus compañeros de viaje eran dos gatos, y que encima hablaban. A todo esto, Teban y Dulce, intentaban infiltrarse discretamente por la ciudad. Los soldados los habían ignorado por completo, creyéndolos simples animales del campo. Apenas uno había visto pasar un borrón gris y blanco cerca de su bota, amagando una patada que no llegó a dar en el blanco.
Lady Engel notaba que algo escondían, por lo que continuaba sus inquisiciones. El sargento estaba cada vez más aburrido y desconfiaba que eso fuera verdad.
-No sabemos si es verdad que sea el duque de donde dice.-espetó el sargento, de mala manera.
-Lo es.-respondió con fría simpleza la regente de esa región.-Lo conozco, aunque él no me debe recordar. Ha crecido mucho, pero sigue teniendo el mismo rostro.-
Ichinén la miró intentando rememorar como se habían conocido.
-Ichinén fue un pequeño de once años, que tiró todo el mantel del banquete en la capital de Mitjaval. Por eso iba a ser recordado por muchos años. Intentando defender el honor ofendido de una niña amiga mía. Unos bravucones nos molestaban e insultaron a mi amiga, él como todo caballero andante la defendió y se trensó en lucha con tres sujetos que lo doblaban en tamaño. Jamás vi a nadie hacer algo tan estúpido. El resultado fue que tiraron toda la mesa del banquete, pero al único que pescaron en el acto mismo fue a Ichinén. No me extraña que fueran vencidos, nunca supieron bien que batallas librar y cuales no.-
-Ahora recuerdo, tenías menos de diez años y usabas trenzas.-
-Ocho precisamente, aun soñaba con buenos casamientos y ser un orgullo para mi reino. De hecho, cuando mi padre me dijo que entre los posibles nobles estaba el que había defendido a mi amiga, creí que no sería tan mal partido, aunque sus acciones me parecieron idiotas y temerarias. Conversando con mi amiga, supe que ella estaba prendada de él y nunca quise que mi padre iniciara tratativas. Más tarde supe que nuestro abolengo no era suficiente para los “elevados” requerimientos de la corona de Azaláys. Como ve, “milord” Ichinén. Las cosas han cambiado mucho. Es usted un noble sin tierra y en otro sitio alejado, donde no tiene influencia o poder. Es nadie aquí.-
-¿Qué les ha pasado a ustedes? Taranis no era así, de como la recuerdo. Era más semejante a Mitjaval o incluso a mi reino.-preguntó Ichinén, bajando la vista con pesar.
-El infierno, Ichinén. El infierno nos ha pasado por encima.-respondió la mujer, acercándole el rostro.
En ese momento, las grandes puertas se abrieron. Una joven de cabello enrulado y escarlata entró con paso marcial y ceremonioso, aunque tranquilo. Se escuchó a lady Engel maldecir por lo bajo.
La joven de encendido cabello rojo, era más que hermosa. Su vista parecía un poco perdida o distraída, por decir algo.
-Milady Sybilla.-saludó la mujer con una leve reverencia.
-Hay dos del primer anillo.-comentó la mujer pelirroja, como si todos entendieran a que se refería, aunque para nada era así.
Lady Engel se giró a Ichinén y lo mostró como trofeo, explicando algo incómoda que estaba ocurriendo allí. La hija los miró con ojos vacíos, carentes de estímulo.
-Saluda a la hija del gran líder, Sybilla Tenebris de Taranis, sacerdotisa del don. Muéstrale tus respetos, duque quebrado.-
-La luna está en lo alto y con su luz, ilumina a su hijo, dándole poder.-acotó Sybilla, como si todo tuviera un completo sentido.
A la mujer, solo dos personas la ponían nerviosa o incómoda, el gran líder y su hija. El hombre por ser su líder y salvador. Pero la hija porque estaba ida completamente. La archiduquesa sonrió, como se le hace a los locos cuando dicen solo incoherencias.
-Aquí puedes ver los efectos que tuvieron algunas acciones de los demonios en nuestra gente. La hija del líder no fue la misma desde que los demonios jugaron con su don.-
Sybilla se acercó a Ichinén y se arrodilló a su lado. Algo en la joven ponía incómodo a Ichinén. De repente, el salón estaba vacío y solo la pelirroja y el guerrero estaban de pie en él. Ella solo señaló a un costado, mirándolo fijamente.
Cuando esa visión se detuvo, todo estaba como antes y escuchó a lady Engel preguntar.
-¿Leíste su mente? ¿Qué intenciones tiene?-
-Llegar a casa, viene de muy lejos, muchos lejos, aunque ha conocido a gente muy interesante.-respondió Sybilla, con algo más de coherencia, aunque la regente de Ephira no lo creyó así.
Ichinén conocía relatos de que existía gente con esos dones en Taranis, pero que no eran mayoría, había oído de que cierto tono de cabello rojo era condición necesaria o un efecto de ese don, no estaba claro. Seguramente debido a esos dones o poderes, su revuelta contra los demonios había tenido éxito, sino habrían fracasado como en otros reinos.
-Tu padre decidirá qué hará con ellos.-
Sybilla repitió el gesto con Victoria, como leyendo su mente.
-Él vivirá.-replicó la joven colorada.
-Eso lo decidirá tu padre.-
-Vivirá.-
Johan rompió su mutismo con una risa sofocada, lo que le valió una patada a los riñones, propinada por el sargento.
Lady Engel no contradijo a la princesa, su locura y pedantería la superaban. Y aquello era decir demasiado. Cuando la sacerdotisa se separó de Victoria le susurró por lo bajo una palabra que la hizo sobresaltar.
-La están esperando, Majestad. No puede tardar más.-
Victoria no dijo nada, pero tembló de pies a cabeza. Sybilla se incorporó y encaró a la otra mujer de Taranis. Sin darse cuenta, la archiduquesa dio un paso atrás.
Un gran cortejo entró al salón, no había forma de confundirse, quien encabezaba al grupo era Ranzig. Un hombre de casi sesenta, con barba rubia y unos ojos fríos pero destellantes.
-Querida hija, te fuiste de la presentación de tus pretendientes sin definir nada. Milady Engel.-exclamó Ranzig en tono pausado.
-Gran líder.-reverenció la mencionada mujer.
-No me interesa ninguno padre, puedes ejecutarlos.-
-Los mandaré a sus casas, no puedo ejecutarlos.-replicó apenas divertido el hombre.-A menos que te hayan ofendido en alguna forma. ¿Quiénes son estos?-
En ese momento, el líder tarano notaba la presencia de rodillas de los tres prisioneros. Johan, que había estado inusitadamente silencioso desde su último castigo. Y claramente, Ichinén y Victoria atraían más su atención. Le explicaron brevemente, entre Lady Engel y el sargento quienes eran o decían ser.
-¿Qué desea que hagamos con ellos?-
Ranzig permaneció pensativo un momento y miró fijamente a Ichinén a los ojos.
-Así que este es el hijo del duque de Menkalinam, me manchó un muy buen traje con ese derrumbe festivo. Casi hasta parece un señor, y no el niñato que es.-
Lady Engel sonrió, reconociendo los gestos clásicos de su líder. Esperó pacientemente, mientras lord Ranzig daba las órdenes pertinentes.
-A este bufón puedes matarlo o tenerlo como esclavo juglar.-
-Nos hace falta un músico que toque en los festivales en su honor, mejor será que viva.-adujo la archiduquesa.
-Bien. ¿Qué te parece la mujer?-
-Podría tomarla como esclava amante, si usted lo permite milord.-
El gran líder Ranzig asintió con un dedo en el aire.
-En cuanto al tal Ichinén, el hijo del duque azalayano… Ejecútenlo en la dama de hierro.-
Victoria se removió, no sabiendo que era más espantoso, si ser la esclava de esa siniestra mujer o que ejecutaran a su amigo sin más.
-No, padre.-se escuchó decir a Sybilla, la única que contradecía abiertamente al gran líder.
Lady Engel tuvo deseos de lanzarle cuchillos en ese instante. Solo un loco podía atreverse a llevarle la contraria a Ranzig el terrible. Y su hija estaba bien loca, eso lo sabía la regente de Ephira.
-¿Por qué razón no, hija?-inquirió Ranzig con cara de hastío.
-Ya elegí mi pretendiente, es este, padre.-
La joven de cabello ardiente señaló a Ichinén y este no supo si sentirse a salvo o temer más aún. El hombre que dirigía todo Taranis no dijo nada por un largo minuto, finalmente resopló de aburrimiento y cansancio.
-Pues bien, que se case.-y se retiró nomás de decir eso.
Lady Engel lo siguió, acompañándolo por el salón hasta salir.
-¿Es seguro, milord?-
-Si, mi querida archiduquesa. De esta forma, me quito dos problemas de encima. Caso a la más problemática de mis hijos y tengo vigilado a un posible enemigo. Me falta únicamente, casar al “gallardo” primogénito mío.-
La mujer dejó al líder en el umbral y regresó con los otros. Miró a Sybilla con marcado resentimiento, pero esta le devolvió una expresión carente de toda emoción. Por unos segundos mantuvo esa vacía gesticulación y se retiró sin decir nada.
-Esto no está bien, debemos ejecutar a los extranjeros.-manifestó el sargento, señalando a Ichinén y a Johan.
-El líder ha dado sus órdenes y se harán de esa forma.-respondió malhumorada lady Engel.
-Alguien debe decirle que es mala combinación, juntar a este sujeto con su hija demente.-
Lady Engel se encaró al hombre y siguió por el costado. Al hacer un movimiento rápido, ni Victoria ni Ichinén entendieron que ocurría. No se veía claramente desde su ángulo. Recién cuando Johan gritó asqueado por la sangre que caía sobre su hombro y al ver al sargento agarrarse el cuello; supieron que había hecho la mujer.
-Nadie contradice las órdenes del líder, nadie.-
El sargento se derrumbó en el piso, a medio camino entre Johan de rodillas y salpicado de sangre, y de Ichinén junto a Victoria, presas del asco y la sorpresa.
La mujer de cabello oscuro, ordenó a dos soldados que retiraran el cuerpo, a otros dos que limpiaran lo ensuciado y al resto que se llevaran a los tres prisioneros.
Ichinén intentó mirar a Victoria, para saber a que celda la llevarían; pero apenas en el primer pasillo se vieron separados. Johan y él cayeron sobre el polvo de la mazmorra. Victoria estaba varios niveles más arriba en ese palacio, junto con lady Engel.

12/06/2017

51-El largo regreso al hogar.

Hubo un tiempo que fue hermoso… Tristeza, patetismo. Eso es lo único que Ichinén siente al recordar el pasado. Para él, solo existe el ahora, y de ahí, hacia adelante. El pasado, únicamente fue anterior. -La mente tiene una tendencia natural, en nuestra constitución física, a sepultar en un sano olvido; los momentos desagradables. Mientras que los agradables son recordados y vueltos a recordar. Cada vez que un buen momento es traído a la conciencia de nuevo, es como el degustar de su comida favorita. Es por este sano olvido de lo negativo y la reiteración remanente de lo positivo; crean la falsa noción de tiempos pasados que fueron idílicos. Esto es solo parte de la misma ilusión del mundo Saha. La que usa Rokuten para esclavizar a los seres humanos. Solo a través de la novena conciencia se puede romper esa ilusión.- Esto había dicho Nichirén, mientras el guerrero permanecía en silencio. Sobrepasado por el agobio de tener que regresar a lo perdido. El recuerdo lo arrastraba, casi como si pudiera tocarlo y sentir todo su peso aplastante. Quizás a un afectado por el efecto del cristal, las posibilidades pasadas parecían tan reales como el arroyo que corría delante suyo, serpenteando entre los guijarros y pedruscos. Su cuerpo quedó allí estático, mientras que su mente se había ido, muy lejos, muy atrás. -Ichinén. Entrá. Bienvenido.- El joven Ichinén entró al cuarto, donde su padre resolvió los asuntos del ducado, lo podría denominarse el cuarto de estudio del duque. Parecía sentirse más tenso de lo que nunca había experimentado en presencia de su progenitor. -La Reina Kumi me envía con esta misiva, padre.- El hombre hizo un gesto sutil, pero no comentó al respecto de esa rapidez en ir al punto. Su hijo siempre había sido de hablar lo que era estrictamente necesario. El hombre leyó la carta real y fue removiéndose inquieto, en parte de temor y en parte de alegría. -Aquí dice que te vas a la corte en el castillo de Mira, como guardián real de la reina. Esto es una excelente noticia, aunque me duela tener que dejarte ir.- El hombre apretó el papel en sus manos como queriendo asimilar el contenido por ósmosis. -¿Te metiste en la cama de la reina? ¿No es cierto? Pícaro bribón!- El hijo no dijo nada, pero tragó saliva nervioso, refugiándose en mirar al frente en posición de firmes. -Te envío en una visita formal y te convertís en el amante de Su Majestad. Está muy bien para escalar entre la nobleza. Poco te faltaría para llegar a ser el soberano del reino.- Ichinén miró al padre, con desconcierto, como si fuera una serpiente que se agazapa en estado de alerta. -No es eso lo que quiero padre…- -Idioteces! Es tu destino. Ya lo han dicho. Solo es cuestión de tiempo.- -Pero padre, estamos…- -Silencio, es mi orden que sigas en esto. La Reina te llama a su lado, debes estar ahí. Ya podrás ver más adelante como ascender.- Ichinén apretó los dientes y lo miró con resentimiento. -Eso es lo que va a causar nuestra desgracia.-espetó el hijo. El padre se detuvo en su monólogo y lo miró enojado. -¿Qué estás diciendo, Ichinén?- -La Reina, ella me interrogó y cosas peores también, desconfía de tus intenciones. Tu ambición te puede, estás en todo momento pensando como escalar. No te conforme tener tus tierras, tu título. ¿Adónde te puede llevar esta ambición desmedida?- El hombre se envaró, con una furia fría y meditada. -¿Ambición desmedida? Desmedido es la mediocridad que te invada, pudiendo tener el reino en tus manos. Solo tenés que llegar a tener a la reina en ellas.- Ichinén iba a replicar pero la mención a tener a la reina entre las manos, lo distrajo. -Noto por tu expresión que eso ya ocurrió, era una medida calculada. No es necesario que digas más, un verdadero caballero no comenta esas cuestiones.- -Yo no soy un caballero.- -No, sos mi hijo, el heredero al ducado de Menkalinam y con el destino de ser rey de tres reinos. No debés ser un guerrero, que se arrastra por el barro y pelea las luchas de otros señores. Así se ha dicho que serás y es lo que deberás ser. Sé un caballero para la reina, protégela con tu vida, hasta entre las sábanas si ella quiere.- Ichinén se dio la vuelta, dispuesto a irse. -No te atrevas a irte! Insolente mocoso! Voy a enseñarte respeto a palos.- El joven se giró apenas y levantó su camisa, mostrando los cardenales en el costado derecho, entre las costillas y el riñón. -La Reina ya me enseñó esa metódica.- El padre quedó desconcertado ante esta visión. -Quiso sonsacarme si tenías algún plan insidioso para derrocarla. Y si yo era parte de él, al enviarme a la capital. Fuera para asesinarla o intrigar en su contra… No te preocupes, le dije que era es el súbdito más real que existe y me creyó, quiero creer.- -Soy leal a la Reina y a la corona de Azaláys! Eso no se puede poner en duda.- Ichinén demostró en sus ojos que no se tragaba ninguna de esas palabras. -Alto ahí, niñito mimado! Yo quiero que avances en el poder, pero no a costa de traicionar a Su Majestad. Si no te colocás correctamente en posiciones de poder, otros con intenciones menos santas lo harán. Y cuídate cuando eso ocurra.- -Eso no es problema, voy a ser casi como la mano derecha de la reina, y la izquierda quizás también. Al menos es mujer y no debo ser el amante de un rey con gusto por los núbiles, todo para satisfacer tus anhelos sin control. Le negué totalmente que tuvieras ninguna intención, pero en mi interior no estaba tan seguro. Aunque jamás le voy a confesar a ella ni a nadie más, que yo mismo desconfío de tu lealtad o mesuramiento en la ambición.- El hombre lo sujetó por el cuello de la camisa y estuvo a punto de soltarle un puño sobre el rostro al hijo. El empujón para sostenerlo lo llevó contra un mueble detrás. Ichinén lo miró desafiante, esperando que llegara el castigo como quien ve venir lo inevitable, con cierto hastío. El padre sostuvo el puño cerrado, por detrás de su hombro, pero a los pocos segundos lo bajó. -Sos un desagradecido y un iluso. Siempre fui un leal sirviente del reino, de Su Majestad y con nuestra gente.- El padre soltó al hijo y se alejó en el cuarto dándole la espalda. -Júzgame duramente si te place, pero verás con el tiempo que estoy pensando en lo mejor que pueda ser tu bienestar.- -De eso no tengo duda, voy a pasarla bien en el palacio de Mira. Me darán de comer, dormiré en lujosas camas…- -La ironía no te queda, Ichinén. Guardatela.- El joven iba a replicar pero el gesto del padre con la mano, como ordenándole que se fuera, lo decidió a no decir más nada. Ya había muchas cosas dichas de las cuales se iba a arrepentir. Ichinén salió repentinamente de sus recuerdos, llevando su mano a Daimoku, dispuesto a sacarla. Aplacó su reacción instintiva al identificar a Victoria que se acercaba caminando entre las rocas del arroyo. La joven se sentó y hablaron un poco, le dio una versión resumida de estos recuerdos de su padre, de la relación con la reina, de su juventud en general. -¿El peso de los recuerdos es lo que te genera el rechazo a regresar?- -No, no es eso. El hecho es que no hay nada por lo que regresar. Mi familia, mi padre, todos muertos. El que sobrevivió conmigo, estaba en poder Rokuten en el estado de Infierno. Yo me fui de allí con esta espada en la mano, usándola como ariete para salir en vez de para entrar.- -Entiendo. No, no te rías. Si entiendo tus motivaciones. Si Kosen Rufu fuera el lugar destruido y tuviera que regresar para encontrar todo lo que conozco degradado, sucio o mancillado; no querría hacerlo seguramente.- Ichinén suspiró, con gran cansancio. -No debe haber quedado nada en pie. El pozo del que todo ese horror del caos surgió, se llevó tantas vidas como edificios. Nada podía detenerlo. Fue como la erupción de un volcán de maldad. En el cristal vi una versión mía en otro mundo. Donde a costa de mi propia vida, utilizaba un cubo mágico o algo así para detener ese caos reptante. Y en otra visión, de otro mundo, mi ser sobrevivía y regresaba después de un periplo extraño. En otro mundo me convertía en emperador de todo el continente.- Ichinén se largó a reír, primero parecía que era con ganas, pero luego se notó su amargura. -Mi padre hubiera sido el más feliz con esa visión. Lástima que ni él ni yo vivimos en ese mundo o en esa línea alternativa del universo.- -No, vivimos en esta, Ichinén. Tenemos que jugar con las cartas que nos tocaron.-respondió Victoria. Ichinén miró de nuevo el agua que cruzaba rauda a su pies, apenas rozando cada piedra, generando espuma en el bajo arroyuelo. -Mi padre era leal a la reina, incluso en esa destrucción no se volvió en contra como otros hicieron. Antes de que todo se destruyera un duque de otra tierra quiso derrocar a la reina, fue más o menos a la mitad de mi periodo como guardián real. El castillo de Mira fue sitiado, en la tierra de Mirza, no había un gran ejército. Ese condado al sur de la capital es famoso por su universidad y su gran biblioteca. Eran el baluarte cultural del reino, no militar. Cuando mi padre apareció con su gran ejército mayor al del otro duque y al de la reina, aun sumando ambos; temí lo peor. En ese momento pudo aplastar a todos y tomar para él la corona, ni siquiera para mí. Tal vez habría tenido que vérselas con los nobles de los otro reinos, en ese caso. Algunos emparentados o con buenas relaciones con la reina de Azaláys, seguramente hubieran protestado. Pero eso hubiera sido noticias de ayer, si él ya era soberano, poco podrían reclamar sin poder lograr una restauración.- -¿Qué hizo tu padre?-inquirió Victoria, mirando el perfil del guerrero. -Se plantó con el ejército de Menkalinam y otros grupos que eran leales a la reina; acampó del costado contrario al castillo de donde se encontraba el duque rival. Envió un emisario con una carta. Esta decía que le daba ocho horas para levantar campamento y regresar a su tierra, o masacraría a todos los que se quedaran.- Victoria se rio, aunque enseguida se contuvo y preguntó: -¿Cómo terminó eso?- -El duque opositor, levantó su asedio en seis horas y regresó a su tierra, su ejército se desbandó. Mientras que una partida especial de Menkalinam lo capturó a mitad de camino, en una noche cerrada. Fue llevado preso a la capital y juzgado por rebelión. Mi padre fue condecorado y se lo premió con lo que más deseaba, dinero y poder. Luego de eso, no lo vi más hasta que supe que había muerto peleando contra el caos. Fui a enterrarlo.- -¿No hablaron esa última vez?- -No. Estaba enojado conmigo. No lo culpo ahora. Fui muy impetuoso para juzgar.- Victoria no dijo nada más hasta luego de un rato. -Finalmente, él demostró que era leal, pese a tus dudas.- -Si, pero no le creí cuando debía. Eso ya no tiene arreglo, como esa tierra yerma y destruida.- -Eso no lo sabés. Tal vez vamos y algo se puede salvar. Podrías hacerlo como una forma de retribución para con tu padre.- Ichinén la miró con cierta desconfianza, pero se quedó meditando esa posibilidad. Por largo rato, estuvieron así en silencio. Hasta que finalmente, el guerrero se levantó y ayudó a su amiga a incorporarse. -Vamos.-dijo con simpleza. Regresaron junto a Nichirén y comieron unas vituallas que Shijo Kingo había mandado a traer con sus hermanos. Festejaron un poco esa despedida, aunque no sin cierta añoranza. Bebieron Sake. Comieron arroz, berenjenas, melones y otras cosas. Para el momento de irse, Nichirén le regaló un collar de cuentas, conocido como Yutsu a Victoria. Para el guerrero le obsequió un pergamino, un Gohonzon en la versión final que se conoció posteriormente. El Buda lo alentó a no cejar en su búsqueda de Kosen Rufu, pasara lo que pasara. Ichinén agradeció al maestro y le dedicó una gran reverencia. Teban y Dulce abrieron un portal que se formaba en la unión de dos cañas de bambú. -Nos veremos pronto, maestro.-comentó el felino.-O usted me verá.- Ichinén le inquirió a su compañero de cuatro patas a que se refería. -Él me envió a buscarte, Ichinén, o lo hará.-respondió el gato. -¿Cuándo fue eso?-interrogó el guerrero. -Dentro de once años.- Atravesaron los cuatro la conjunción de bambú, saliendo a un campo en día soleado. La vegetación era distinta al del Japón de Nichirén Daishonin. A lo lejos, se veía una columna de humo. El guerrero no quiso sospechar que era un incendio o solo el humo habitual de las chimeneas de una ciudad. -¿Estamos en Azalays?-inquirió Victoria. -Estamos en ese mundo de Ichinén, no sé si es la tierra correcta. Esto no es una ciencia exacta.-replicó Dulce, estirándose por completo, a la manera felina. Caminaron un trecho, esperando encontrar a alguien que les indicara donde se encontraban. Por largo rato no vieron señal de persona alguna, hasta que el ruido de muchos pasos los hizo mirar al camino delante. Una larga columna de soldados avanzaba marchando a paso marcial por el camino. Los uniformes, escudos y cascos llevaban diseños en rojo y negro. Prolijamente se dividieron en cuatro grupos, rodeando al cuarteto híbrido de humanos y felinos. Por los cuatro costados fueron avanzando hasta formar un cuadrado perfecto de treinta hombres de cada lado. Ciento veinte soldados en todos los frentes sin contar con todos los que se formaban detrás en esa perfecta falange. Los escudos eran anchos y el emblema no le era familiar a Ichinén, pero en parte le sonaba. Los soldados se cuadraron al unísono y apuntaron hacia adelante con espadas los de la primera fila. Los de la segunda hilera los apuntaron con unas largas picas. Ichinén y compañía se vieron rodeados por lo que parecía un puercoespín hacía adentro. -Esto no está del todo bien. Ahora reconozco los uniformes.-informó el guerrero a sus amigos. -¿No estamos en Azalays?-preguntó Victoria, viendo como las miradas torvas y las espadas filosas los vigilaban. -Es el mundo correcto, pero es otro reino. Por los uniformes, la formación militar y ese símbolo, creo saber de donde son estos hombres. Estamos en el reino de Tarannis.- Victoria no tenía idea de lo que eso representaba o el verdadero alcance de esas palabras, pero el tono de Ichinén lo expresaba todo. Aquello no eran buenas noticias.

11/07/2017

50-Ichinén Sanzén.

El guerrero avanzó por el bosque, perseguía al demonio. El guerrero atravesó el desierto, yendo en pos del demonio. El guerrero se agazapó en el castillo, el demonio se le escapaba. El guerrero... Ichinén intentó enfocar, pero solo la voz de Nichirén lo pudo orientar. Veía ante si, como si fueran casillas, nueve o doce casilleros. Delante de su vista, ocupando todo su espectro visual. En cada casillero, una versión de una realidad, similares entre sí, diferentes mientras más lejanas se encontraran. Todo eso era ilusión. ¿De verdad lo era? Tenía que serlo. Y aun así, esto no era suficiente para marearlo. Si lo desorientaba que cada dos o tres minutos, una de las casillas cambiaba completamente y corría hacia un lado al resto, permitiendo que una nueva acompañara a las anteriores ocho. Al poco tiempo, una nueva aparecía... Así, el esquema se renovaba hasta que ya ninguna era la original y la versión de cada mundo que veía, era tan diferente a lo anterior o a su vida, que creía llegar a perder la mente en ese proceso.
Existía una versión de su ser que nunca se había ido del reino de su padre. Este guerrero era el guardián real de la reina. En otra versión similar, o una más en el futuro de ese mundo, se convertía en el emperador de todo el continente.  Existía otra donde moría sacrificándose para salvar a otros, en una parecida, él vivía. Pudo ver incluso el universo donde era el capitán de la nave estelar Daimoku. Pero mundos como esos le eran más lejanos y difíciles de ver. La abrumadora ola de visiones lo ahogaba.
-No te pierdas en lo transitorio, mantente en lo fundamental. Descarta aquello que solo es pasajero, revela la verdadera esencia de tu ser.-
La escena se transformó por completo, ya no vio casillas cambiantes frente a sus ojos de la mente. Era de día, el lugar era el patio interno en el Kaikan. Era el castillo de Menkalinam, donde había crecido.
-Angewiesen!!! Ven para aquí.-
El niño a quien llamaban pasó corriendo no muy lejos de Nichirén y él, pero era evidente que no los veía. La mujer que gritaba al infante, agitaba una cuchilla de cocina.
-No parece que quisiera matar al niño, pero si parece enojada.-
-La señora Weiss, siempre se molestaba cuando le "probaba" las comidas antes de la hora de la cena, o directamente de la olla hirviendo.-
El monje miró al chiquillo, reconociendo el parecido.
-Angewiesen. ¿Ese es tu nombre?-
Ichinén asintió, miró a su versión pasada, no sin poder evitar una sonrisa de añoranza.
-Ese era el nombre que mi padre me puso. Apenas nacido y profetizado mi "futuro tan brillante". Una anciana le dijo que mi futuro sería increíble, tres coronas en mi camino y no sé cuantas fantasías más. Viví bajo ese sino marcado, creyendo que eso vendría solo o que tal vez no tendría mucho en que intervenir.-
-Nuestro futuro, siempre depende de lo que construyamos con nuestras manos, no de alguien más. Es nuestro karma. Este concepto no debes entenderlo solo como algo negativo o punitivo. El karma está formado tanto por tus acciones positivas, como por las negativas.-
Ichinén intentó patear una ramita en el suelo y descubrió que ellos eran inmateriales para esa realidad. O esa visión era solo una proyección de su mente.
-¿Cómo fue que te llamaron Ichinén?-
-Provenientes del sur, de unas llamadas islas Shu Han o por ahí, llegaron al reino muchos inmigrantes que se te parecían. O al general Tigre de Piedra.-
-Algo similar a japoneses o chinos, en la versión de tu mundo.-
-Supongo que así sería. En el ducado de mi padre, en el castillo incluso, se aceptaba a cualquier persona que fuera cooperativa o tuviera un buen comportamiento. Extrañamente, mi padre era muy tolerante en este sentido. Así llegaron unos monjes budistas. Una vez, salvé a un gato de un incendio, la casa de un pastor se prendió fuego y yo saqué al animal. El monje vio como mi padre me reprendía por arriesgar mi vida por ese animal. Ante mi temeraria determinación, me llamó el "gran Ichinén". Ese fue mi nombre a partir de entonces.-
La escena cambió, por unos segundos sintió la misma vorágine de "casillas", versiones de los mundos, pasar delante suyo. Cuando sintió que no podía más de la saturación, el ambiente se asentó y vio humo. Nichirén y él estaban de pie frente a la casa que se quemaba, pareció la choza de un granjero, pero de varias plantas. 
-Este es el establo del ducado, uno de los tantos, pero si el más importante. La casa de un pastor, que vivía cerca, se prendió fuego y este se esparció. Magnus, uno de los hombres de mi padre, ideó el plan de salvar los caballos y dejar que los edificios afectados ardieran hasta que se consumieran. Ese fuego es tan... era tan furioso, que no valía la pena combatirlo.-
El maestro pudo comprobar que Ichinén decía la verdad, el fuego parecía no tener control ni arrasar todo lo que estuviera a su alcance.
-Lo olvides lo que te enseñé sobre las dos clases de fe, el fuego arde fuerte, pero acaba por consumirse en su propia esencia, agotando y destruyéndose en el proceso.-
-Es verdad, maestro. Eso mismo debió pensar Magnus. Ahí está.-
Ichinén señaló a un hombre de barba y bigote, con el cabello algo largo y ondulado, mirada severa pero gestos apacibles. Magnus daba órdenes para uno u otro lado, intentando que el fuego no se esparciera, gritaba a los criados para que apartaran carretas, paquetes de forraje, todo lo que pudiera llegar a tocar las llamas.
-Ang!!! Angus!!!-vociferó el hombre, desesperado.
Ichinén comentó algo sobre esa fascinación de acortar o deformar los nombres, quejándose de que era incoherente poner un nombre para luego acortarlo arbitrariamente.
Nichirén siguió los ojos del conmocionado hombre y vio como el niño, Angewiesen se trepaba por un techo que ardía furiosamente a pocos metros. Con decisión y gracia, subió a un descanso y allí agarró un gato que estaba atrapado en una parte alta del edificio. Con rapidez y presteza se lanzó hacía un paquete de forraje y rodó varios metros luego de caer. El niño gritó del dolor, ya que al caer se había lastimado un brazo.
-Aquí es donde recibo mi reprimenda.-dijo Ichinén.
El padre del niño Ang se acercó a la escena, con el rostro convulsionado de furia y temor. Lanzó una andanada de amonestaciones al revoltoso hijo.
-Y aquí es donde recibes tu nombre.-acotó Nichirén.
Dando un paso al frente, el Buda se acercó al padre del niño. Ichinén no comprendió en principio, pero al ver como Nichirén hablaba con los presentes, se dio cuenta que el poder del maestro le permitía intervenir en esa realidad.
-Lo que su hijo acaba de hacer fue un gran acto de coraje y determinación.-expresó el monje al padre de Ang-Ichinén.
El duque le devolvió una mirada severa, una que Ichinén conocía demasiado bien. Como la mirada del Buda estaba vacía de miedo, el duque no pudo más que asentir y aplacarse un poco.
-Tienes una gran decisión, niño. Eres de un gran “Ichinén”.-
El guerrero a su vez, sintió que el cerebro le explotaba. Recordaba ese instante claramente y ahora tenía una segunda perspectiva de ese evento, que se superponía con la “anterior” que estaba presenciando.
El joven y recién nombrado “Ichinén, dejo el gato negro que había salvado en brazos de una niña, que lo besó en la mejilla.
-Ichinén! Ichinén!-gritó un campesino.
Los rumores de admiración y los vitoreos, terminaron de apaciguar el furor del duque. Magnus intentó colaborar en ese sentido.
-Creo que el niño es temerario, pero eso le valido el cariño de su pueblo, milord. Eso no se logra fácilmente.-comentó el barbudo hombre.
El duque de Menkalinam pudo comprobar que aquello era verdad, la admiración sincera, el fervor de la gente, los rostros sonrientes; todo eso no podía ser creado de forma premeditada. Sucedía o no, pero no se podía comprar o manufacturar de alguna forma.
-Gracias, monje. Una anciana al nacer, nos había dicho que mi hijo sería conocido por otro nombre. Y que ese sería el de su leyenda.-
-Y lo será, puedo asegurarlo.-
El duque se giró y señaló directamente al adulto Ichinén, mirándolo a los ojos.
-Tú! No te quedes ahí, trae un poco de agua para asear a mi hijo y aplacar su sed.-ordenó el duque, haciendo que el guerrero vacilara de sorpresa.
Ichinén obedeció, queriendo que el fuego o algunas cuantas rocas los escondieran.
Nichirén se fue alejando poco a poco y el discípulo lo siguió.
-Maestro, es usted quien me puso ese nombre.-comentó Ichinén.-Es avasallante esta sensación de circularidad. El verme a mi mismo…-
El Daishonin asintió con la cabeza, sonriendo ligeramente.
-Un ser muy sabio dijo hace tiempo: “El invierno se convierte en primavera, no hay accidentes”. Lo que un mortal común entiende como el paso del tiempo, es solo una percepción que la visión de un ser iluminado puede llegar a trascender.
-Es decir, que podría ir a cualquier tiempo y cambiar algo. ¿Eso no sería peligroso?-
-Lo importante no es cambiar, sino saber que cambiar. En el universo, todo está sujeto al perpetuo cambio. Es la única cuestión constante, que todo cambia. Saber que modificar es lo que interesa.-
-¿Y cómo puedo descubrir eso?-
-Usando lo que verdaderamente importa.-
Ichinén lo miró con extrañeza, esperando la explicación.
-Lo único que verdaderamente importa es el corazón. Tu corazón estaba en salvar el gato de esa niña. Arriesgar tu vida por un ser vivo. Eso te ha ligado a través del corazón a los gatos. Por ello, Teban es tu guía.-
Ichinén concedió que algo había de verdad en ello.
-Los diez estados, multiplicados por la posesión mutua de los diez estados, por los diez factores de la vida y los tres ámbitos; dan como resultado los tres mil mundos en un solo instante de la vida. Es el Ichinén Sanzén. Estamos aquí y no estamos, es pero no es. Todo puede ser en el no ser. ¿Dónde te guía tu corazón?-
El guerrero entendió lo que el maestro estaba indicándole. El corazón lo llevaría al lugar indicado en. Se concentró en que sentía y como seguiría adelante.
-Eso es. Deja que tu esencia vital te lleve al siguiente paso en el camino. No persigas ilusiones o recuerdos del pasado que ya no están.-
El lugar al que se vieron transportados repentinamente estaba casi en completa oscuridad.  Lo poco que se podía atisbar era una ruina.
-¿Dónde estamos?-inquirió el guerrero.
-Adonde sea que tu corazón nos haya guiado.-
El guerrero utilizó su espada para hacer chispas y prender una improvisada antorcha. Entre el polvo, los pedazos de pared caídos; pudo distinguir un muro semiderruido. Unas pocas y pálidas estrellas se veían en un hueco del techo. Al alzar el fuego ante un rincón, halló un escudo de armas. Dos espadas cruzadas sobre un fondo de estrellas, con un sol, un fondo celeste y una nube que cruzaba.
-Oh, no. Tiene que ser una broma de mal gusto. No puedo estar acá.-
Nichirén no dijo nada, el guerrero no podía asegurar si el maestro sabía donde era ese lugar o solo lo sospechaba.
-Es la casa de mi padre, el Kaikan en Menkalinam, como ha quedado actualmente de seguro. Así lo dejaron los demonios que destruyeron todo el reino y el continente. ¿Qué significa esto?-
El Daishonin no dijo nada, pero Ichinén se respondió a si mismo.
-¿Aquí es donde debo venir? Esto es el pasado, mi futuro está en Kosen Rufu! No volver al dolor de lo que pasó.-
Ichinén se alejó durante unos instantes y el maestro lo dejó.
-Quiero irme de aquí, es muy doloroso ver todo lo que he perdido.-
-Quizás es eso lo que necesita tu corazón. Curar las heridas y te trae aquí para eso. No estamos seguros.-
-Yo quiero seguir adelante, el pasado no va a volver. Eso es lo que me has mostrado maestro. Esto ya es así. No me interesa cambiarlo.-
-Las cosas “están” así, Ichinén, no “son” así. Si determinas que son de una manera y no de otra, impedís la posibilidad del cambio. Si por otro lado, propones que solo están de una manera, te abrís ante la chance de que eso solo es pasajero y puede ser modificado.-
-Creo que algo más que una cuestión pasajera en esta tierra infecta, maestro.-
Nichirén cerró los ojos y se concentró, para luego de unos momentos, abrirlos y mirar en derredor.
-Aquí existe un portal que está conectado con Kosen Rufu. Es en esta tierra.-
Ichinén maldijo en susurros, lo que el maestro decía lo hacía sentirse ahogado.
-Hay algo más que demonios en estas tierras. Criaturas de toda especie moran en estos parajes. Me niego a volver.-
El Buda no dijo nada, Ichinén esperó un poco y luego habló.
-Quiero salir de aquí.-
Volvieron a estar en el cuarto del cristal. Nichirén lo miraba severamente.
El guerrero traspasó la puerta y retornó al bosque. Victoria estaba del otro lado, esperándolo. Él siguió de largo cuando ella quiso hablarle.
-¿Qué bicho le ha picado a Ichinén?-inquirió un poco para sí.
El Daishonin se le acercó y la tranquilizó.
-Dale un poco de espacio, necesita asimilar y superar ciertas cosas.-

El guerrero Ichinén se alejó por el bosque, con un gran bagaje de pensamientos encima.