11/30/2018

59-Nitten asoma.

Hay hechos que están documentados y otros que provienen del testimonio de los protagonistas o presentes en el momento de los sucesos. Hay otros eventos, que están revestidos de un halo de leyenda. Esto no significa que no hayan ocurrido. Es solo que forman parte de lo mítico, que tal sucedió o tal vez fue así como lo cuentan.
Dicen que mientras San Martín observaba el campo de batalla, la que se estaba a punto de librar con los realistas, pronunció una frase que entró en el imaginario épico.
-Mirá que brutos estos godos como forman, los vamos a limpiar en quince minutos.-
Quizás la estimación del tiempo se debía a otra batalla anterior con ese enemigo, quizás solo era un lamento crítico de enfrentarse con un enemigo poderoso pero siempre arrogante de su superioridad numérica. Muchos aseguran que esas palabras son solo fantasías de los nativos, otros que son exageraciones para acrecentar el mito del Libertador. El guerrero Ichinén es testigo oyente de estos dichos y sonríe de mala gana. La lucha por venir no lo alegra, nunca la violencia lo ha hecho feliz, pero en esta situación; no tiene alternativa. Los primeros movimientos se habían dado de madrugada, por lo que esa frase carece de veracidad, si se toma en cuenta que era dificultoso ver. Pero los que dudan de esta historia no saben que la batalla dura algo más, por lo menos hasta la tarde.
Acaban de atravesar, en una travesía de varios días, el paso más improbable en la mente de su enemigo. Los Patos, un peligro constante de desfiladeros, rocas y frío; por el que nadie espera que lleguen tropas, mucho menos un ejército entero.
Después de subir 5000 metros de altura, donde literalmente la sangre se licua de la presión, llegaron a reunirse con la otra columna del paso de Uspallata. Habían cruzado una cordillera insalvable para tanta gente, según lo que se creía en esa época. Habían logrado la mayor proeza bélica hasta el momento.
La colina de Chacabuco será el escenario de la sangre, donde se define el destino de muchas cosas por venir. Para estas tierras, se determina el rumbo de la independencia. Para Ichinén, es otro paso en su camino a Kosen Rufu.
Los realistas eran unos 1500 o más y estaban a punto de recibir refuerzos, o eso se decía. Todo era posible en el transcurso de la guerra. Ichinén se pegó a la tropa que iba con Diego Paroissien, debido a que lo consideraban un coterráneo del francés.  
Las columnas avanzaron, una comandada por O´Higgins simuló atacar de frente, mientras la de Soler envolvía al enemigo. Cuando Ichinén se vio en el combate, todo le resultó confusión. La artillería, algo que odiaba profundamente, ensordecía todo y el humo impedía ver claramente. En menos de media hora, habían sacado ventaja en la colina. El guerrero de otro mundo, no veía más que a pocos metros. Desde su perspectiva no estaba seguro si estaban ganando o perdiendo. Solo se dedicó a continuar la lucha, sableando a diestra y siniestra. Ayudó a un joven soldado que había caído herido cerca suyo. Una bala de cañón casi decapita a otro más allá, que ni se enteró lo cerca que estuvo de perder la mollera.
-¡Vivir con honor o morir con gloria, el que sea valiente que me siga!-se oyó gritar a O´Higgins, aunque el guerrero no le llegó palabra alguna del brigadier nativo.
Lamentablemente, la primera carga que ejecuta no logra el efecto deseado. La segunda encuentra gran resistencia y es cuando el guerrero Ichinén nota que la batalla puede perderse y todo irse con el demonio del sexto cielo. Un realista le cierra el paso y terminan cuerpo a cuerpo. Ichinén ruega por tener la fuerza para frenar el ímpetu enemigo. La pugna lo lleva a arrastrarse al suelo, peleando con el adversario, sin ningún tipo de cuartel. Al intentar levantarse, ve avanzar a tres enemigos hacia él. Casi que se siente un muerto prematuro, invoca su oración al suelo y recuerda al maestro Nichirén.
-Las funciones protectoras siempre protegerán al devoto del Sutra del Loto.-rememora el guerrero, deseando que eso se haga realidad.
Un reflejo del sol cruza los rostros de los tres enemigos, destellando gracias a los sables que portan los hombres de Soler que vienen a su encuentro. Ese segundo de distracción enemiga, cegados por un reflejo, es todo lo que Ichinén necesita para recuperar la guardia,
-El sol me ha salvado la vida.-medita Ichinén.
La embestida de Soler desestabiliza al enemigo y la entrada de San Martín con sus granaderos les dan la victoria por la tarde.
Mientras la infantería enemiga es perseguida, con la caballería realista en clara huida, el ejército libertador continua el avance con seguridad. La capital enemiga es de los patriotas. Ichinén se toma un minuto para arrodillarse y agradecer al sol por ese destello salvador. Aunque no sabe si fue premeditada la acción del Shoten Zenjin, se siente en necesidad de agradecerle. La carnicería había sido tal, que el terror que desprendía llegó hasta los corazones enemigos en la capital de Santiago, donde solo pudieron pensar en una cosa; huir a Valparaíso. Tanto como si el terreno contara esta historia, todo el descenso de la cordillera en bajada, pareció infinitamente más sencillo que lo anterior. Al entrar en la ciudad, no había enemigo o resistencia alguna. Ichinén se despidió del general en cuanto pudo, lo cual tomó unas cuantas horas más. Hubo muchos trámites, firmas de actas, el general rechazando cargos de gobernante que le deseaban endilgar y una reaparición felina muy postergada.
-¿Ya termino toda la batalla?-comentó Teban, como si se refiriera a una obra teatral algo aburrida.
-Te la perdiste, Teban, fue interesante.-
-No veo nada interesante en gente matando gente.-sentenció el gato y fue a recostarse en un rincón cercano.
Ichinén se entremezcló con las tropas libertadoras, convulsionadas por la victoria, exultantes de felicidad.
El general solicitó un momento a solas con algunos soldados, con la excusa de repartir ordenes. El grupo con el que se reunió, incluía premeditadamente al guerrero del otro mundo. Cuando finalmente, cada soldado tuvo su encargo y dejó la sala, Ichinén observó al cansado militar.
-Este es, amigo. El momento de la partida. La lucha para mi continúa y para usted también.-acotó San Martín.
-Así es, mi general. Encontrar el yelmo renkarenssi es apenas un leve paso en la salvación de mi gente y mi tierra.-
El hombre se inclinó ante el mueble que tenía delante y sacó un bulto envuelto en lo que parecían ropajes antiguos.
-No busque más.-
Al remover las telas, Ichinén pudo observar el tan buscado yelmo. Le parecía que hacía mucho más tiempo que estaba a la búsqueda de ese artefacto asturano.
-Le estoy eternamente agradecido, general.-
-Que va, caballero. El agradecido soy yo, por toda la ayuda que nos ha prestado.-
-Solo hice lo que puede hacer un hombre.-
-Pero hasta un solo hombre puede cambiar el destino de muchos.-repuso el general San Martín, tendiéndole la mano a Ichinén.-Hasta siempre, mi amigo.-
El guerrero estrechó fuerte su mano con la del general.
-Nos veremos pronto, bueno, usted me verá. Para mi esta es la despedida.-
El general le indicó como última recomendación, algo que solo él sabría y que Ichinén debía decirle cuando se encontraran por “primera vez” para el propio general.
El guerrero se preguntó si alguna vez habrá existido una primera vez que el general le dijera eso, o la paradoja los arrastraba a un continuo principio y fin. El eterno devenir del huevo y la gallina.
Teban lo guió al portal que los llevaría de vuelta a su mundo, no muy lejos de donde se encontraba. Para Ichinén, el viaje aun seguía, así como para el Libertador.


9/02/2018

58-Llegando a la cima, los vientos son cada vez más fuertes.

Un general muy famoso, muchos siglos atrás, dijo que la suerte estaba echada. Esto dicho, inmediatamente antes de cruzar un río que le depararía un futuro de guerra y pesar. Desde entonces, se recuerda la frase dicha como la aceptación de encontrarse ante un abismo al que debemos lanzarnos, sin saber si aterrizaremos de pie. El general San Martín, se encuentra ante la misma situación. Ya no mira atrás, no vuelve su mirada a Mendoza. Solo queda el camino por delante. Desde la provincia de San Juan, usando el paso conocido como “Los Patos”, esa columna del general inició la marcha, Ichinén iba con ella. Camuflado bajo el nombre de James, ya que nadie podía recordar o pronunciar el de Ichinén, el guerrero marchó con el Ejercito de los Andes. Teban no salió debajo del poncho en casi toda la travesía, gato al fin, sufren mucho el frío. Ichinén le daba de comer y el felino apenas asomaba su pata hacia el frío de afuera. La comida era reiterativa, bien de campaña, un poco de carne reseca recalentada como sopa o guiso, algo que él nunca había probado. Apenas alguna otra cosa. Su propio poncho destinado, le parecía una ropa de lo más abrigada y el mate que cada parada preparaban los soldados, lo templaba aun más. Los soldados le llamaban “cebar” a servir esa bebida que se tomaba con el palillo hueco. El guerrero le fue tomando el gusto a ese líquido, con un amargor fuerte y profundo, como si estuviera probando un poco de la tierra que germina. 
El camino comenzó pedregoso al principio, guijarros en su mayor parte para luego volverse de mayor tamaño. La temperatura bajaba conforme iban ascendiendo en altura. El viento parecía querer llevarse todo por los recovecos de las montañas. Por millones de años, los volcanes habían lanzado sus proyectiles por esos lares, aunque de eso ha pasado mucho tiempo. La evidencia son la forma de las rocas, moldeados por esos colosos de magma, las montañas se enfrentan hoy al ejercito libertador. Montar una mula no era tan parecido a un caballo como creyó Ichinén en un principio, tienen diferente carácter y manías. Todos los soldados iban en una, o en un caballo en su defecto, pero esos iban reservados para la carga que realizarían en la batalla por venir. O esa era la idea, en principio, si las montañas no los vencían. 
La primera noche, Ichinén insistió en hacer guardia. Algunos de los que lo acompañaban se reían del estado de alerta del guerrero. Pero él estaba seguro que había visto una sombra rondando por el campamento. 
-No se altere, mi amigo, es difícil que encontremos “maturrangos” tan de este lado de la cordillera.-lo tranquilizó el sargento viejo.
Ichinén le cedió la razón, quizás el ambiente extraño le jugaba bromas a su mente.
Avanzaron casi treinta kilómetros o poco más. El camino se estrechó en muchas cornisas, teniendo apenas medio metro de ancho en algunos tramos. Las mulas eran vendadas con pañuelos para facilitar el cruce. De no hacerlo, el animal se empacaría y no daría un paso más. Tonto no era el bicho, ni tampoco arriesgado como esos hombres. Perdieron un soldado y unas mulas, atravesando esas cornisas. Algunos animales muraron de frío, cuando fueron alcanzando las altas cumbres. Un leve derrumbe terminó con una desbarrancada que casi se lleva a más un patriota. Ichinén sujetó la mano de un joven cadete, que casi es arrastrado abismo abajo por su mula. El guerrero clavó los talones en tierra y clavó su espada en el suelo para hacerse palanca. El terreno cedía y por un segundo se vio en el fondo del valle. El soldado hizo maniobras con los brazos y consiguió recuperar el equilibrio, balanceando el cuerpo hacia quien le tendía la mano. 
-Gracias, señor James.-resopló en agradecimiento el chico.
-No es nada, mi amigo.-respondió el guerrero, usando la expresión usual en ese mundo.
Por una de esas cosas que cualquiera hace inconsciente, Ichinén miró hacia arriba, por donde había comenzado el derrumbe. Esta vez, vio claramente una figura, muy similar a la que apenas atisbó en el campamento del llano. El viento sopló fuerte, pero no fue eso lo que hizo estremecer a Ichinén. 
-Hay alguien arriba.- ¿Lo ves?-
Pero el chico aseguraba no verlo, apenas el guerrero señaló a lo alto, la figura se escondió. Bien podía haberlo visto, no era factible que el joven fuera tan corto de vista. Aun así, nada.
En un alto que hicieron por la noche, en una parte de la montaña, donde era posible improvisar un campamento precario, Ichinén hizo guardia aunque no le tocaba. Esperaba pescar a esa misteriosa sombra asesina. Aunque estaba cansado, no pudo dormir. Tres horas más tarde, la vio. Era claramente algo inhumano, pero bípedo. Una idea comenzó a formarse en su mente, aunque no entendía como había sucedido.
-Disculpe, mi general, debo notificarle algo, a solas.-manifestó Ichinén, saltándose todo protocolo militar, lo que le valió miradas de soslayo del resto de los soldados presentes.
A una seña de San Martín, la carpa del Comandante en Jefe fue desalojada. El guerrero explicó el asunto, casi esperando no parecer un loco.
-Se que no es un aseveración con mucha seguridad o confirmación, pero sé que algo vi y no es de este mundo.-
El general apoyó los dedos en el mentón, pensativo.
-Le creo, Ichinén.-respondió luego de unos instantes.-Vi algo la otra mañana, pero nadie más lo veía, así que me conformé pensando que eran sombras en la montaña. En el momento del derrumbe vi algo más claro entre el viento y el frío. Nadie más lo notaba, así que no insistí, me sentí un poco loco. Ver visiones sería una más de las tantas dolencias que ya tengo.-
-Yo lo vi también. Es algo que me resultaba nefastamente familiar. No sé porque otros no lo ven, solo usted y yo.-
-También ambos escuchamos hablar a un gato y nadie más. Es algo que quizás no esté en nuestro poder saberlo, pero que nos baste el estar seguros que es así y nada más.-
Ichinén asintió, concordando que el general llevaba razón.
-Le solicito permiso, mi general, para ir a darle caza a ese merodeador.-
-Estas montañas son peligrosas, no solo el viento y el frío es de temer. ¿Está seguro de ir a cazar espectros en medio de la cordillera?-
-De los dos que sabemos puede verlo, soy el que puede estar más libre para cazarlo. Si ese saboteador sigue tirando rocas sobre el ejército, no podrá cruzar nadie.-
Con una seña, el general le dio su aprobación. Ichinén se pertrechó y se colocó un poncho por encima de la cabeza. 
-Tiene un buen poncho, es puntano, cerca de donde nací.-le comentó un soldado que rondaba los treinta.
Ichinén le sonrió de compromiso, pero estaba concentrado en ir en pos de la sombra lanzadora de piedras.
Iban apenas diez días de jornada, cuando Ichinén se encaminó en solitario por aquellos parajes helados. Aunque en ese mundo era verano, no dejaba de hacer frío en las alturas. De día, podían hacer cuarenta grados al rayo del sol, pero por la noche descendía a diez bajo cero. Temprano no era mejor que tarde, sino se estaba bien cubierto. La resolana quemaba y cegaba a quien caminaba, razón por la cual, Ichinén creyó estar imaginando esa figura. Aun estaban en la mitad del viaje y ya se habían perdido varios animales, incluso algunas vidas humanas. La travesía estaba en su punto más álgido, San Martín lo sabía, Ichinén también. Si esa sombra seguía haciendo de las suyas, bien podía arruinar todo. Si una roca bien colocada mataba al general, todo se llevaba el diablo, como decía el propio San Martín. Literalmente podía ser cierto, si lo que el guerrero sospechaba era correcto.
La subida por la ladera fue accidentada, se lastimó bastante en manos y rodillas. Los pedruscos los hacían resbalar, no había buenos puntos de agarre para ascender. Subió por cornisas, adelantado como si fuera una vanguardia de un solo hombre, siguiendo el rastro de la sombra. 
Dos días estuvo temblando de frío y persiguiendo algo que ya creía no existía. La mañana del segundo día, lo sorprendió una criatura impresionante que temió sería otro ardid de su enemigo. Pero en el planeo de esa criatura, con las inmensas alas oscuras extendidas, notó la magnificencia y la armonía de una criatura. 
-Un cóndor.-musitó para sí, recordando las descripciones que habían dado en las charlas del campamento.
La maravillosa y terrible naturaleza se encontraba perfectamente representada en esa ave de altura, imponente y severa, como su porte. Compenetrado con la visión del cóndor, descubrió que la sombra no estaba muy lejos de donde miraba. 
-Gracias, amigo cóndor.-se dijo el guerrero, creyendo que tal vez el animal le estaba indicando su objetivo.
Esta vez pudo distinguirlo mejor, y no le perdía pisada. En una vuelta de cornisa, Ichinén se dio cuenta que el perseguido no estaba intentando evitarlo o perderlo. 
-¿Me estás tendiendo una trampa?-inquirió para sí.
Desenvainó a Daimoku y se preparó para todo al girar en una esquina de la montaña. Se encontró ante un risco y el otro lado de la hondonada, la figura que venía persiguiendo el último par de días.
-Ha pasado tiempo, Ichinén.-dijo una voz rasposa, que Ichinén tardó un poco en reconocer, pero no le dio alivio o alegría, el hacerlo.
-Shima.-escupió el guerrero.
-Siempre el guerrero gallardo, queriendo ayudar a locos que creen en delirios.-terció el demonio.
-Debí reconocer el olor a podrido que proviene del miedo.-se mofó el guerrero, bajando la espada, pero sin guardarla.
-Veo que este mundo te influencia, ya hablás como uno más de estos salvajes revolucionarios.-
-No sé si me afecta, pero para ser honestos, estoy un poco cansado de ser educado con los lacayos mediocres de Rokuten. ¿No tuvieron suficiente en el pueblo?-
El antiguo encuentro de Ichinén y este demonio en particular, había ocurrido hacía ya mucho tiempo, incluso antes que el guerrero visitara la posada de los muertos. La misma donde el Rey Dragón le indicó que debía buscar tres maestros para llegar a Kosen Rufu. En ese pueblo había sido herido por uno de esos tres a los que había enfrentado.
-Lo que mi señor Rokuten si ha tenido suficiente, es con estas aspiraciones de libertad de ustedes, los humanos. No parece lograr hacerles entender que ustedes están mejor siendo controlados por nosotros, mediante sus deseos.-
-Oh, claro, seguro que la esclavitud es un viaje de placer en el infierno, gracias ya lo conozco, no me parece.-
El demonio rio con ganas, el sonido retumbó por las montañas.
-No has visto nada. Pero eso no es lo que he venido a realizar aquí.-
-No, estás queriendo destruir el ejército de esta gente.-
-Si, así es. Quieren vivir en la mentira de esa libertad. Vengo a quitarle esas ideas.-
-Y yo vengo a rebanarte los miembros, en fetas.-respondió Ichinén, levantando su espada.
El demonio se lanzó sobre el guerrero, saltando por sobre el vacío. El guerrero esperaba poder usar el terreno para tirar hacia abajo, pero Shima no era tonto y lo vio venir. Lucharon largo rato, incansable. El viento parecía un contendiente más, los hacía tambalear o desviar en un ataque. La cornisa estuvo a punto de llevarse a Ichinén, que parecía con menos suerte que el demonio.
-¿Quien diría que vinieras a morir a la altura? ¿Eso te hace un gran hombre?-
-Hablás mucho, Shima.-
La estocada que lanzó con Daimoku fue frenada por la garra del demonio, pero este se quejó de dolor. El contacto con el filo de Daimoku les producía un gran dolor a esas criaturas.
Ichinén siguió el duelo, hasta que se vio atrapado entre la pared de roca y una concavidad natural del terreno, varias decenas de metros de donde habían comenzado la pelea. Ichinén no quería meterse en ese hueco, donde seguramente sería encerrado, pero la única otra salida era por encima de su rival. Apretando los dientes se lanzó a pelear con todas sus fuerzas. Levantando una mano, el demonio convocó una ventisca que casi logra despeñar a Ichinén. Agarrada una grieta, su mano congelada era lo único que lo mantenía allí. Ya se sentía en el fondo del risco, cuando un grito se sintió en lo alto.
El demonio alzó la vista, muy tarde, ya que las garras del cóndor se clavaron en su rostro. Ichinén aprovechó el segundo de respiro y le lanzó un golpe al pecho del demonio. La espada se clavó, atravesándolo de parte a parte. El guerrero giró su muñeca para retorcer la hoja y la herida se abriera aun más.
-Jugar con el viento… espero que abajo le des mi saludos a la ventisca.-le susurró Ichinén, pateándolo luego en una pierna.
Shima se perdió lejos en el fondo. Y aunque Ichinén suspiró aliviado, sabía que Rokuten tenía poder como para hacerlos regresar una y otra vez. 
El cóndor lo observaba fijamente, Ichinén se quedó quieto, envainando la espada despacio. El animal no le quitaba los ojos de encima. Otro vino a su lado, saliendo de la concavidad que él había intentado evitar para no verse encerrado.
-Tranquilos, no voy a hacerles nada.-le susurró el guerrero.
Unos quejidos le llamaron la atención y ambos cóndores se giraron sobre sí mismos. Aun desde lejos, Ichinén pudo descubrir el origen de ese sonido. Era el nido de la pareja, uno era el macho y el otro la hembra. Estaban protegiendo a su cría, la lucha se había acercado demasiado a su indefensa prole. Uno de los dos se acercó al pichón y lo alimentó con su buche. Intentó con todos sus lentos movimientos, dar a entender que no tenía intenciones de dañarlos o a la criatura. Despacio, el guerrero fue retrocediendo, mientras el cuello de la que parecía la hembra se giraba y lo observaba vigilante.
-Gracias por la ayuda, por cierto.-
Una vez girada la esquina, inició el descenso y fue en busca del resto del Ejercito de los Andes. El General solo le preguntó si todo estaba en orden. Ichinén respondió como si tal cosa, que todo lo estaba. Sin mediar más palabra, se entendieron perfectamente. Una vez alcanzada las cumbres de más de cuatro mil metros, el descenso pareció mucho más fácil, aunque no lo era. Después de todo lo ocurrido y atravesado, Ichinén encontró los inconvenientes siguientes mucho menos insalvables que lo precedente.
Luego de 21 días, El Ejercito de los Andes llegó al otro lado. Alguna que otra escaramuza hubo con exploradores o avanzadillas del enemigo, pero Ichinén vio poco de eso en la columna donde iba. Una vez atravesada la cordillera, las diferentes columnas de los distintos pasos, tuvieron un periodo de reunión. Entre tanto, se recontó cuanto había quedado desde la salida hasta el punto en que se encontraba. Comida, animales, etc. La mitad de las mulas había alcanzado la meta, entre las extremas temperaturas y el terreno difícil, muchas habían quedado en el camino.
El General estuvo bastante preocupado por una de las columnas de las que no había noticia. El guerrero no entendía todas las costumbres o modos de ser de este mundo, pero comprendía cuando algo no iba bien. Cuando los que faltaban finalmente llegaron, no fue el momento de relajación que se podría pensar. Justamente esa llegada, ponía en marcha la verdadera lucha. Lo que vendría sería la batalla crucial por la libertad de todo un continente. Solo restaba avanzar en el terreno, presentar batalla al enemigo y vencerlo, y así liberar a todo un país y comenzar la independencia de todas esas tierras. Casi nada.

6/30/2018

57-Escalando las más altas montañas.

El tiempo, ya ha sido dicho, es apenas una percepción subjetiva del mortal común. El guerrero Ichinén lo sabe desde que comenzó a viajar entre mundos, guiado por Teban. El felino le había informado que el tiempo es otro mundo diferente, o que cada diferente tiempo en cada universo, es otra cuestión particular. Ichinén acaba de arribar a un mundo que no conoce, pero que en su futuro conocerá, aunque para la gente de este lugar, él ya los ha visitado. El pasado de ellos, es el futuro de Ichinén. A contramano, como diría su padre, siempre. 
Contemplando las inmensas cumbres de la precordillera, Ichinén vuelve a leer la carta. Una misiva de Ichinén para Ichinén, que le acaba de entregar el general San Martín.
"Supongo que estarás pensando que estás completamente loco, que alucinas debido a regresar a tu mundo y ver como ha sido maltratado... Pero no es así, has viajado a mundo, en sentido contrario a como ellos perciben el tiempo. En tu futuro, viajarás a una batalla del pasado de ellos, y deberás ayudarlos. Para cruzar la cordillera, tendrás que prestar tu asistencia, así llegarás al yelmo que te facilitara la alianza con Astur. Esta gente, puede que no la conozcas de nada, pero sé por experiencia, que están peleando por su libertad. El cruce de estas montañas es para conseguir vencer al opresor. Sé que el tiempo hará que entiendas, somos la misma persona, aunque en este momento lo dudes. Ichinén.”
El Ichinén del pasado, no creía en lo que escribía el del futuro. Venía de un mundo donde la pérdida de los reyes los había llevado a la destrucción. Creer en la rebelión ante un rey, era algo que no estaba del todo correcto en su cabeza. Observó las montañas delante suyo y pensó que insensato era tener que cruzar todo ese para solo buscar un yelmo.
-Lindo clima va a ser allá arriba. No esperes que salga del refugio donde voy a viajar.-escuchó decir a su lado.
-Lo sé, Teban. Los gatos y el frío no se llevan bien.-
-Y parece que con vos tampoco.-
Ichinén ladeó el rostro, con la vista clavada en un pico.
-No es eso. Es el intervenir en este mundo, con algo que no tenemos nada que ver o que ni siquiera estoy en un todo de acuerdo. Aunque debo confiar en mi propio mensaje desde el futuro.-respondió, mostrando la ajada carta.
-Vení conmigo, guerrero.-replicó el felino.
Juntos volvieron al campamento del Plumerillo. Donde los soldados estaban organizando los detalles últimos para el cruce de la última columna. La vanguardia ya había partido, el general en jefe había designado a Ichinén como un soldado más. Aun sin dar demasiadas explicaciones a sus subordinados, respecto a un soldado caído como del cielo. 
-Vestite, puede que partan ya mañana.-le recomendó Teban.
Luego de calzarse el uniforme ayudado por una mujer robusta y de piel oscura, Ichinén se incorporó a un grupo de soldados que le había sido asignado. Ese era su escuadrón. En su interior, el guerrero no temía pelear, pero no sabía si lo estaba haciendo para el bando correcto. Y aun así, no creía tener el derecho de poder intervenir en un mundo que no era el suyo.
Como si llegar a Kosen Rufu no fuera una empresa lo suficientemente difícil, ahora debía viajar y pelear en otros mundos.
-Siéntese amigo, tómese uno y cuéntenos de donde viene.-le dijo un viejo soldado de barba, que bien parecía un miliciano.
Ichinén agradeció con una educada sonrisa y se sentó en la ronda con los demás soldados. El hombre le tendía un recipiente con un palillo hueco hundido en una hierba que parecía como té picado.
-Supongo que es usted francés, no?-inquirió el hombre.
El guerrero asintió a medias, no sabiendo si contradecirlo y contar la increíble verdad o dejarlo en su propio error complaciente. Imaginó que debía inspirar el líquido, pero no supo que no de una forma violenta. La bebida era caliente, amarga y con un fuerte gusto a tierra. Primero le chocó la alta temperatura, pero luego le pareció interesante.
-Parece que en la Francia no tienen mate! No se queme, amigo.-se rio otro, mientras Ichinén seguía en su intento de no quemarse al tomarlo.
Miró el rostro de cada uno y sus posturas, no parecían la clase de ejército a la que estaba acostumbrada. Eran disciplinados, según había podido observar, pero notaba que muchos eran algo grandes para pelear o bastante jóvenes. Incluso había visto a una mujer, entre los soldados, vestida de uniforme. Esto fue precisamente lo que comentaba otro soldado, algo alejado de Ichinén. El que le había dado la bebida, censuró los comentarios del otro.
-Todos tienen razón para pelear por su libertad. Ella sufrió tanto o más la opresión de los godos, que usted o yo, míjo.-
-Disculpe, teniente. Era sin mala intención el comentario.-
-Todos estamos en este barco de ser libres, sino aprenda de los franceses como el amigo aquí presente.-
Ichinén no quiso desdecirlo y trató de desviar la conversación, antes que preguntarán sobre esa tierra en esa Francia donde “había nacido”, pero jamás había visitado en ninguno de sus viajes.
-¿Sin el rey habrá libertad?-interrogó el guerrero.
-Claro que si, usted debería saberlo mejor que nadie, mesié.-replicó el teniente, haciendo hincapié en la última palabra.
Ichinén pasó por alto esa referencia, sabiendo que era algo que se le escapaba por aparentar ser de una tierra de la que tenía poca idea.
-Los godos nos tuvieron de esclavos, nos ofendieron cada vez que pudieron. Siempre con el rey, el rey por delante. ¿Qué rey, amigo? ¿El que venció su Napoleón? ¿El que renunció antes? El único rey que hemos tenido en serio es el dolor de la humillación, proveniente de algún jefazo de ese rey, que ninguno de nosotros conoce o verá.-
Las palabras del hombre sacudieron a Ichinén hondamente. El conocía reyes que habían peleado con sus soldados, codo con codo. Su padre mismo dirigió la lucha final contra los demonios invasores. Siguieron algunas otras opiniones, sobre altos impuestos, figuras reales que no gobernaban o que entregaban el poder a otros más fuertes. 
-Teníamos un rey que renunció, pero en vez de mejorar la cosa, solo empeoró. Vino el emperador, desde afuera y lo tomó prisionero. Ahora que nos declaramos independientes, quieren venir a tomarnos en nombre de una nobleza muy acomodada. Acá tenemos hambre de pan, si, pero más que nada hambre de poder hacer lo que nos dé la gana.-
Teban le había explicado brevemente lo que había averiguado. En otro continente, un invasor extranjero invadió las tierras del rey de esta gente. Pero eso además, no era lo único. En esas tierras les cobraban impuestos, sacaban recursos; todo en nombre de un rey que no reinaba y que al primer golpe del invasor, salió corriendo debajo del lecho. Ichinén continuó escuchando, interesado y un poco entendiendo la furia de esa gente. Algo que Ichinén no entendía para nada era como había esclavo en un lugar donde el rey no estaba presente. En las tierras de Azalays o en algunos otros, solo había sirvientes no esclavos. En reinos más salvajes, como las tierras del meridional o quizás en Desertus, la esclavitud era algo que se estilaba usar. Aunque dependiendo del gobernante, podía ser una terrible esclavitud o una más llevadera. No habiendo tanta diferencia entre un sirviente pagado con un esclavo bien tratado. Bien la diferencia podía ser meramente semántica, a entender de Ichinén, pero a efectos prácticos la esclavitud no era bien vista en continente nativo. 
Con curiosidad, se acercó adonde estaba la mujer del ejército. Su rostro oscuro, su expresión recia, aunque algo distendida. La mujer lo miró desconfiada, Ichinén se disculpó por importunarla. 
-¿Es usted noble, cierto?-
La sorpresa de Ichinén fue cómica al parecer, la mujer a poco de decirlo.
-He servido con señoritos muy elegantes, se reconocer alguien de buena educación.-
Ichinén le debió reconocer que estaba en lo cierto, era de noble cuna. 
-¿Y qué hace un noble peleando contra otro rey? ¿O es cierto que los franceses quieren pelear por América para oponerse a España?-
Para ser solamente soldados, estaban muy bien informados, creyó Ichinén.
-Algo de eso, quizás, pero tengo mis propias razones. Yo puedo preguntarle lo mismo, al ser la única mujer.-
-Soy una esclava. Me presenté voluntaria para pelear, por eso soy libre ahora. Si ganan los godos, todos los esclavos libertos, será encadenados de vuelta. Y en mi caso, me harán cosas peores.-
Diciendo esto, la mujer se levantó un costado del uniforme y le mostró una marca que cruzaba a la altura de su riñón. 
-Algunas otras marcas que el amo me dejó, no están a la vista o no es decente mostrarlas. Los amos pueden hacer lo que desean con sus esclavos. Si me matan en combate, al menos no será un final de rodillas.-
Ichinén sintió un gran nudo en el estómago, sabiendo lo que alguien con poder podía hacer. Aunque no había esclavos en su tierra, conocía de buena fuente que algunos nobles se abusaban con los sirvientes, apoyados en su posición de poder.
-¿Usted ha tenido esclavos?-
Ichinén confesó que tenía gente que le servía, pero estos no eran esclavos. 
-Jamás haría algo así o permitiría que lo hicieron en mi ducado.-ratificó el guerrero.
-Supongo que usted sería un buen amo, pero amo al final, no le dejaría su libertad a los que tiene como esclavos.-
-En mis tierras no se permite eso.-
-Cierto que es francés.-
Ichinén iba a corregirla, pero entendió que eso no era lo mejor. Igualmente, como fuera, esa tierra que nombraban; tenía cosas en común con la suya. Una al menos.
-¿Cómo es su gracia?-inquirió la mujer.
Ichinén creyó que se refería a algún chiste habitual que debía hacer, pero luego entendió que le preguntaba su nombre.
-Dai Ichinén.-respondió el guerrero en tono solemne.
-Josefa yo soy. Extraño nombre francés, debe ser de una colonia. ¿Si?-
-Si, no es de ese origen, sino de otra tierra.-
Un sargento apareció para llamar a varios a entrenar, Ichinén era uno de los convocados. Odiaba las armas de fuego y no se mostró muy interesado en aprender a tirar, pero aun así lo hizo con cierta decencia. Las habilidades de combate que tenía, sorprendieron a más de uno, que cayó desprevenido. Era claro para el guerrero que en este mundo, no conocían el concepto de Aiki. Era diez de enero, cuando Ichinén llegó. El 18 de ese mes, su columna inició la marcha. El guerrero se sentía ambivalente con respecto a su intervención, aunque sentía empatía por esa lucha por la libertad, sentía que no era su lugar entrometerse. El ejército emprendió el camino y los ánimos parecieron encenderse. Lo que pareció hasta el momento, una silencioso y expectante tropa, era ahora un brazo firme que cruzaba los Andes con decisión. Al marchar, pasó junto al general, al lado de su mula, con una mano en el estómago.
-Es la hora, amigo.-expresó el general, a punto de montar.
-Si, lo es.-respondió Ichinén, amagando en ayudarlo a montar.
El general se aferró a la rienda pero se dobló nomás de hacer un esfuerzo.
-Está bien, mi general?-inquirió el soldado más cercano, con gran preocupación.
-Estoy bien, es solo esta úlcera.-
-¿Lo vio el doctor James?-preguntó Ichinén, refiriéndose al médico de la campaña.
-No es nada, ya pasa.-respondió el jefe mayor.
-¿Es seguro hacer esta campaña con esa dolencia?-interrogó el guerrero al general.
-No lo es, amigo mío. Pero si no la realizamos ahora, todo se lo lleva el diablo.-respondió el general, montando finalmente su animal y avanzando.
Viendo el reto por delante y la firmeza en los ojos de los soldados, el tesón del general comprometido hasta la sangre por su causa, el deseo de libertad de toda esa gente; Ichinén no pudo hacer otra cosa que apoyar con todo esa empresa.
Caminó con el resto de la tropa, mientras su mula asignada, llevaba una caja de madera, desde donde reposaba Teban, arropada con algo llamado “poncho”.
-¿Estás listo para esta aventura, Ichinén? ¿No le tenés miedo a la altura?-
-Si, Teban, estoy listo. No temo a la montaña, pero si siento pena por el enemigo que encontremos.-
El gato alzó la cabeza y descubrió parte de su cuerpo del poncho, no entendiendo de que hablaba el guerrero.
-Pobre enemigo al que enfrentaremos.-continuó Ichinén.-Con tamaña determinación les veo poco futuro.-
Las montañas se alzaban ante el ejército que serpenteaba por sus estrechos senderos. Las piedras en el camino no eran obstáculos, todo el terreno era solo la plataforma de despegue para el ejército libertador.

5/31/2018

56-Desafío aceptado.

El debate en el salón del Astaressi había tomado temperatura. Ichinén se encontraba preocupado por advertir a los demás reinos, pero se daba cuenta que con el acceso a los portales aleatorios, el enemigo siempre podría estar por delante suyo. Solo le quedaba ir luego y convencer a cada soberano de que los demonios mentían. Eran tiempos antiguos, seres como Rokuten eran grandes mentirosos y la gente creía sus verdades a medias. Ichinén, permaneció un par de semanas con los asturanos, como invitado. Llevaban días comentando y revisando cada pieza de información. Teban trajo noticias sobre las fuerzas movilizándose. Pero las últimas que tradujo de su casi congénere, Bastión, fueron más escalofriantes.
-Están creando alguna clase gigante de estructura, parece describir una maquina o cañón.-explicó el gato, siendo interrumpido por Jahan.
-Un arma, seguramente.-
-Tenemos que saber qué clase de arma es y como la están planeando usar.-ratificó Ichinén.
Un mensajero entró en la estancia, jadeando y con la lengua afuera. El líder asturano lo trató de apaciguar y que se explicara.
-Milord Jahan, nuestros comerciantes en el archipiélago orco… trae noticias… están bajo ataque.-balbuceó entrecortado el hombre.
El astaressi ordenó a Bastión partir de inmediato en un portal a la capital del archipiélago orco. Teban fue su acompañante y para luego ser interlocutor. Dos horas más tarde, regresaron con las noticias. Bastión estaba completamente agotado y Teban fue quien relató lo que habían observado.
-La maquina que vimos en isla Kerkyra, sigue en construcción, pero otra igual atacó el archipiélago. Es un arma, definitivamente, conlleva destrucción asegurada. Arrasó con toda construcción allí, nada vivo que se interpuso, continuó respirando. Escapamos antes de que el lugar del portal también fuera arrasado.-
Tres días más tarde, llegaban las primeras noticias de los comerciantes que habían viajado por esos lares. Relataron eventos y circunstancias que hicieron estremecer a temerarios guerreros asturanos. Una maquina tan grande como diez castillos uno encima del otro, con humo y fuego saliendo por diversos lugares de cada costado.
-Destructor de reinos le llamaron los soldados reptiles que tomaron posesión de las islas.-contó un mercader de especias.-Una patrulla marítima nos quiso dar caza y entablamos una lucha, pudimos escapar apenas, ya que solo era una patrulla de marinos. De ser ese horror gigantesco, no hubiéramos llegado aquí.-
-¿Y el ejercito orco? ¿Qué hizo ante el ataque?-preguntó un guerrero asturano.
-Morir, eso fue lo único que pudieron hacer ante semejante monstruosidad.-
Algunos otros relatos que llegaron en pocos días posteriores eran igual o peores.
-Ya ha empezado, están atacando a quienes no se unieron a ellos.-comentó cansado el astaressi.
-¿Qué podemos hacer frente tamaña amenaza?-fue la pregunta consensuada, repetida en boca de muchos.
Ichinén no tenía una respuesta para eso. Cuando lo miraron, en busca de soluciones, se sintió completamente impotente. La desazón echaba profundas raíces no solo en el guerrero, sino en todos los que habían oído los relatos llegados del sur.
Viendo que no hallaba respuestas, hizo lo que cualquier discípulo de Nichirén haría, tal como le fue enseñado. Puso a Daimoku por delante suyo y se concentró en conectar con la sincronicidad del universo. Necesitaba hallar alguna solución. Recabando en su cabeza, un haz ínfimo de luz lo tocó. Apenas era el atisbo de una idea, ni siquiera era un plan o tan solo la primera etapa de uno. Se levantó rápidamente y fue en busca de su compañero felino. Encontró a Teban durmiendo, como no.
-Teban. ¿Recordás que el maestro Nichirén dijo que aquí se encontraba el portal a Kosen Rufu?-
-Vagamente, Ichinén. Dijo muchas cosas.-
-Bien, pero ese es el centro de toda la cuestión. Por eso Rokuten está atacando ahora y no después de enviar todos sus mentirosos embajadores. Sabe que él no puede alcanzar Kosen Rufu. Por eso debe destruir el continente antes que encontremos la salida.-
-Por una vez, pensaste correctamente, humano. Todavía hay esperanzas para ustedes.-
-Las hay si llevamos a todo el mundo a Kosen Rufu.-
Eso ya fue un plan, y lo que le transmitieron a Jahan y al resto de los asturanos. La essivandere Alanna se opuso terminantemente, y junto con ella una gran parte de los guerreros. Ninguno quería correr y abandonar la pelea. Ichinén se plantó firme ante lo que ellos creían erradamente.
-No estoy evitando una pelea, estoy pensando en salvar a su gente primero. Luego podemos ir a enfrentar a todo el ejército de nagas que salga de Kerkyra. Yo estaré a su lado, pero lo que importa es salvar a las mujeres y los niños.-
-Las mujeres también podemos pelear.-le retrucó Alanna.
-Usted se llevaría de maravillas con Victoria, Essivandere. Deberían conocerse. Pero me refiero a salvar primero a todos aquellos que no puedan luchar y si no podemos detener al ejercito, veremos si morimos o seguimos luchando.-
El silencio que siguió pareció decir que no había voces opositoras, ni aun Alanna. Pero fue Jahan quien zanjó el asunto.
-Siento que como líder de Astur debo priorizar la seguridad de mi gente, antes que estructuras y territorios. No puedo dejar de concordar con Ichinén, aunque voy a pelear hasta el final para detener a esos monstruos, no me rendiré si plantarles cara.-
Ichinén estaba por sonreír, pero Jahan permanecía serio y continuó hablando sombríamente.
-Confió en Ichinén. Pero no es parte de nuestro pueblo. Creo en sus buenas intenciones y en sus palabras, pero para que dejemos nuestros hogares y lo sigamos… se requiere algo más.-
-Una prueba.-gritó un guerrero al fondo.-La prueba de la lealtad.-
Esto fue coreado por otros tantos más, hasta que todo el salón repitió lo mismo. Prueba de lealtad.
-Esto significa que debes cumplir una misión difícil que demuestre tu fidelidad y que sea importante para nuestro pueblo, probando tu preocupación por nuestro bienestar.
Ichinén asintió, pensando que ante una opción como esa, todo podía ser mejor. Pero cuando Alanna habló, no le pareció que el futuro fuera tan promisorio.
-El yelmo renkarenssi.-
Un rumor de temor cruzó por todo el salón y algunos de los asturanos que parecían los más fieros guerreros, temblaron.
-Ese yelmo perdido en otro mundo, puede ser demasiado.-comentó sin mucho énfasis el astaressi.-
-No importa, acepto la misión.-sentenció Ichinén, sabía que Jahan solo estaba esperando ver su reacción, no podía dudar.
La reunión se levantó y muchos vitorearon a Ichinén, mientras otros le palmearon la espalda, dándole su más sentido pésame.
Aquello no lo tranquilizó, ya que ignoraba lo grave de esa misión. Más tarde, luego de la cena, el astaressi le relató todo el asunto. Y eso tampoco fue demasiado tranquilizador.
El yelmo renkarenssi era una antigua reliquia Astur, robado por un funcionario del antiguo régimen que gobernaba el reino, llevado a otro mundo por un portal.
-¿Y no saben qué mundo es?-preguntó Ichinén, viendo que quizás por ese lado venía el imposible de la misión, pero estaba errado.
-Sabemos exactamente donde está. En qué mundo, al menos. Ese no es el problema.-explicó lord Jahan.
-Pese a que sabemos la existencia de portales y otros mundos,-intervino Alanna.-no hemos viajado demasiado. En ese mundo se estaba librando una guerra de la que nada entendemos. Todos los guerreros que fueron en busca de esa reliquia, perdieron la vida por los peligros que han encontrado allí. El portal te lleva a lo que parece un paraje algo desértico, pero el yelmo se encuentra en una ciudad que se ubica cruzando unas montañas de miles de metros de altura.-
-O sea, debo cruzar unas montañas inmensas, evitar los dos bandos de esa guerra, no ser ejecutado como espía por algunos de ellos, llegar a esa ciudad y encontrar el yelmo.-
Dicho así, parecía fácil, pero era harto imposible pero con eso podía tardar meses. Según relataban los asturanos que conocían el terreno, además de la guerra, cruzar las montañas era algo titánico. Cornisas de miles de metros, temperaturas bajo cero y ningún otro portal cerca.
Johan quiso convencerlo de no arriesgarse en tamaña empresa, pero Ichinén no sabía si tan solo era que él debía quedarse como rehén.
-Aunque falle en la misión, no creo que te asesinen. A lo sumo, solo te echaran del reino y te vas a buscar a Victoria a la corona de Azalays.-lo tranquilizó el guerrero.
-No es gracioso, Ichinén, también me preocupa lo que te pase. Escuché comentar que los mejores guerreros asturanos no volvieron nunca de ese lugar.-replicó Johan.
-Tengo experiencia con diferentes mundos. Naves especiales, barcos titánicos que se hunden, demonios dimensionales. Esto va a ser igual de peligroso, pero será lo mejor. Por lo menos, si logró que los Astur me consideren como uno más y podamos ir todos a Kosen Rufu, mientras los demonios se atragantan con esta tierra muerta.-
Johan no dijo más y el guerrero se preparó para partir a la mañana siguiente. Bastión les abriría el portal pero Teban lo acompañaría, para así poder regresar. Era la única ventaja que tenía por sobre los anteriores guerreros que habían intentado encontrar esa reliquia.
El tiempo pasó demasiado rápido para cuando salieron y cruzaron al otro mundo con su amigo felino. El lugar parecía verdaderamente desolado. La vegetación era agreste, la temperatura no tan amigable pero estaba bien para como estaba de abrigado. Las montañas se veían algo lejos, impresionantes e inconmovibles. Una gran cordillera se extendía por todo el horizonte. Gris y negro, con blanco en la cima, eso podía contemplar.
-Y esos colosos son los que debemos pasar.-comentó para sí el guerrero, sabiendo que aquello era quizá mucho para él solo.
En un par de ocasiones evitaron contacto con personas. Para Ichinén que era un hombre solo, esconderse con un gato no era tan difícil. La primera noche esquivaron toda presencia humana. El guerrero no sabía porque peleaban en ese mundo y contra quien, pero tampoco le importaba. La segunda noche, despertó a la mitad del sueño, sobresaltado. Voces cercanas. Estaba por tomar la espada y salir corriendo como alma que lleva al diablo, con el gato bajo el brazo; pero un cañón se apoyó en su nuca. Armas de fuego, como las odiaba, con toda el alma.
-Quieto, espía. No se os ocurra hacer ni un gesto.-le ordenó una voz de hombre maduro.
-No soy un espía.-le respondió con tranquilidad el guerrero.
De hecho, no sabría a quien o porque espiar, pero eso sería aun más difícil de explicar para la gente de ese mundo.
-Lo tengo, llevémoslo al campamento. El general lo querrá interrogar.-comentaron entre ellos.
Atado a la espalda, lo llevaron caminando a punta de fusil, o eso le parecía al guerrero. No tenía gran experiencia con esas armas a distancia, no le parecían honrosas. Teban permanecía escondido a distancia prudencial, que en la oscuridad de la noche, era como si el gato fuera invisible.
Al acercarse al tan famoso campamento, cuando ya lo podían ver a la distancia, un hombre se acercó a ellos. Le informaron de lo que habían encontrado patrullando. Por lo que entendió, era el inmediato superior de esos que patrullaban. El sargento que parecía bastante mayor, se acercó al prisionero y lo miró con sorpresa.
-Pero soldados, yo conozco a este hombre, es un gran patriota. Hemos peleado juntos a la vera del río.-
Ichinén no entendió nada, ya que no recordaba para nada el rostro de ese sujeto, y mucho menos recordaba pelear junto a él en las cercanías de ningún río.
-Ande, corra soldado, avise al general que su amigo Ichinén está aquí.-
Eso terminó de desconcertar por completo a Ichinén. ¿Quién era el tal general y como lo conocía? Estaba seguro de no tener ningún amigo general, a menos que fuera uno azalayano de tiempos muy lejanos, en el ducado de Menkalinam. Pero quien no estaba muerto, no podía estar allí y saber que Ichinén podía ir a ese mundo.
Le soltaron las manos y el sargento vio al gato escondido detrás de un arbusto.
-Todavía te sigue el gato ese, nunca vi tanta fidelidad en un felino.-
-Es el humano el que me sigue a mí, no al revés.-respondió algo ofendido el felino, pero el sargento pareció no escucharlo.
Era claro que este hombre no oía a los gatos como otros que si habían encontrado, pero si sabía el nombre del gato y de Ichinén.
-A mi no me mires, si vos no sabés que está pasando, yo menos.-susurró Ichinén, por si alguien más escuchaba.
-Tal vez este general, tenga respuestas a todo esto. Y de paso nos ayude con encontrar ese yelmo asturano.-
A la luz de algunas antorchas y hogueras en el campamento militar, Ichinén observó detenidamente los uniformes, vestían como una chaqueta azul, con bandas blancas cruzadas en X, el cuello era rojo en algunos, con un sombrero en la cabeza que parecía más adorno que protección. En algunos soldados, el sombrero o casco era negro con un ribete del mismo color o en rojo. En lo que parecía una choza o vivienda algo austera, fue introducido Ichinén con el gato siguiéndolo de cerca. El sargento hizo una venia al hombre en el cuarto al que entraron. Por el porte, el uniforme tan cuidado y la expresión grave; se notaba que era el general tan nombrado.
-Aquí ha llegado el sargento Ichinén, como había previsto, mi general.-
-Agradecido, sargento, avise al secretario de guerra Zenteno que no quiero ser molestado hasta nuevo aviso.-
Al quedar a solas, Ichinén esperó entender algo, pero cada vez lo hacía menos. Tal vez conocían otro Ichinén de ese u otro mundo y lo estaban confundiendo. El general habló en su lugar, casi como para sí mismo.
-Supongo que no le sorprende que esté levantado a estas horas, pero la planificación de la guerra requiere de muchas noches de insomnio. La lucha por la libertad quita mucho las ganas de dormir, mi amigo Ichinén.-
El desconcertado guerrero no pudo más y se lanzó a hablar.
-Disculpe, general, pero yo no recuerdo conocerlos e ignoro como saben de mi persona. Tal vez están confundidos con alguien de igual nombre.-
Iba a decir un doble de otro mundo, pero se frenó antes de decir algo que sonara a locura para la gente de ese mundo. El general pareció divertido con la sorpresa del otro.
-Es usted, el duque Ichinén de Menkalinam, de la corona de Azalays, si mal no recuerdo. Esos nombres me son extraños y costó aprenderlos a pronunciar bien.-
La sorpresa del guerrero fue algo mayúsculo y muy gracioso de ver, pero la expresión de Teban lo era aun más. Jamás se vio gato más desconcertado.
-Veo que está con su fiel compañero, Teban. Y si no me engaña la memoria, tienen intenciones de cruzar la cordillera, para ir en busca de un yelmo… que ahí sí que no recuerdo el nombre.-
-El yelmo renkarenssi.-explicó Ichinén.
-Así es. Para que ganar el respeto y el honor de un pueblo al que intenta ayudar. Créame mi gran amigo, no sabía como lo entiendo. La suya es una empresa digna de Atlas.-
El guerrero no entendió la referencia pero el general le alargó una mano y se la estrecho, mientras que con la otra le sujetaba el hombro.
-Tome asiento, se lo explicaré todo, pero mejor que no esté de pie y se me desmaye de la sorpresa. Yo lo ayudaré en lo que esté en mi mano, para poder cruzar los Andes.- 

4/30/2018

55-La herencia de los Astur.


Muchas personas, se preguntan habitualmente: ¿Cómo hemos llegado a esto? No es una pregunta existencial en este caso, como ser, de donde proviene la humanidad o como fue el comienzo de la creación. Ichinén se pregunta en este instante, en que parte dio mal el giro y todo se vino abajo. Desertus, se responde, seguramente fue al salir de Desertus. Luego del fiasco que fue la reunión con el emir Almanzor. Estaban determinados a llegar con Johan al reino de Astur, lo más rápido que pudieran, para adelantar en el camino a los siervos de Rokuten, con la idea de evitar la influencia de sus mentiras al soberano de Astur. Tal como les había ido de mal con la gente del desierto, que creyeron cada una de las aseveraciones del emisario de los demonios. El guerrero Ichinén está acostado, boca arriba, en el suelo del salón real de Astur; con la espada sujeta contra el filo de un arma demoniaca. Sujetando esa otra arma, se encuentra el bruto infernal que conocieron en Desertus. Este desafío de fuerza, le está costando mantenerlo ¿Cómo hemos llegado a esto? Esa es toda la historia.
Ichinén y su amigo Johan viajaron en caballo hasta el puerto más cercano, el que fuera más próximo al reino que se dirigían. Astur era un reino de guerreros, dirigidos por un líder meritorio, que ganó el liderazgo siendo el más fuerte y hábil de todos. Ichinén recordaba su última visita en esas tierras, siendo niño y de la mano de su padre. Astur era muy distinto en ese momento, más tradicional, menos marcial. El rey de entonces, no podía recordar su nombre, pero seguro que no era el del regente actual, llamado Lord Jahan.
Los de Astur vestían unos escuetos trajes que no eran precisamente armaduras, aunque eran de metal. Más bien parecían decorativos o accesorios, poco protegían. Quizás eran para especificar rangos. Más allá de eso, apenas cubrían una o dos partes del cuerpo, el resto se mantenía a la vista. Ni bien llegados él y Johan, habían sido arrestados, apenas nomás de entrar en el palacio. Aunque difería de lo ominoso de los que vieron en Taranis, la arquitectura tenía una reminiscencia melancólica de una cultura que había cambiado de rumbo. Sin saber porque eran arrestados y conducidos al interior, Ichinén y su compañero no pudieron hacer otra cosa que dejarse llevar, después de todo, no parecían en peligro. A menos que contara estar rodeado de soldados armados y con actitud de perro guardián. El guerrero no entendía bien de que iba todo eso. Cuando entraron al salón del Asstaressi, como se le llamaba actualmente a su regente, vieron al mismo trío demoniaco que en Desertus. El mismo que había envenenado al emir en contra de Ichinén y sus advertencias, las cuales cayeron en saco roto.
-Jahan Ajneressi han llegado los mentirosos invasores como predije.-comentaba Devadatta, en tanto Johan soltaba un quejido de protesta o de dolor, no se sabe.
El salón estaba iluminado por fogones en vasijas enrejadas, podía ser parecer un sitio lúgubre, sino estuviera tan lleno de esos recipientes. En si, la luz era decente y todo era claridad, exceptuando los oscuros visitantes y sus intenciones. Casi como el emir, el asstaressi no articulaba palabra mientras Devadatta se pavoneaba con sus calumnias.
-Han llegado los emisarios de tus enemigos, aliados del reino central tiránico. Trayendo mentiras y engaños, sobre nuestras intenciones.-
Lord Jahan tenía la mirada dura y la mandíbula recia, todo el porte de un guerrero, incluido su traje de combate, que nada tenía de ceremonial. Detrás del hombre, se encontraba una mujer rubia de largo cabello, en parte trenzado, en parte atado. Ichinén intentaba apegarse a alguna clase de protocolo, pero no sabía que costumbres tenía esa gente. El reino de Astur había cambiado mucho, no solo su forma de gobierno. Jahan era algo más que el mejor guerrero y por ello rey, era la cabeza visible de una clase guerrera gobernante. No era un monarca que digitaba según únicamente su parecer, el gobernar allí era más complejo que en otras tierras.
-Muy bien, embajador, dice la verdad. Han venido y armados también. Ahora quiero escuchar sus razones…-manifestó el asstaressi, elevando la mano hacia Ichinén.
El guerrero respiró hondo y se preparó mentalmente en los pocos segundos que tenía para inspirar. No era un experto en la oratoria y siempre había odiado los encuentros diplomáticos, pero llegado a este sitio, no le quedaban más opciones que expresarse de la mejor forma posible.
-Su excelencia, asstaressi Jahan, mi misión es de paz y vengo aquí con una advertencia.-comenzó el duque de Menkalinam.
Siguió hablando con parsimonia y tranquilidad, obviando los gestos burlones realizados por Devadatta y compañía. Explicó todo su viaje desde Taranis, el relato de Johan, lo avistado en el viaje, las intenciones de los demonios en la isla Kerkyra…
-Esas son calumnias, noble Jahan, no poseen ninguna prueba de esto, excepto el testimonio de este dudoso testigo.-exclamó Devadatta, fingiendo indignación.
-Si fueran por la isla al sur, podrían verlo…-expresó Ichinén.
-Demasiado trayecto para una afirmación que no es demasiado confiable.-respondió Jahan con gravedad.
El rumor de asentimiento entre los demás nobles asturanos presentes, le daba la pauta que otra vez les habían ganado de mano. No podía entender en que viajaban estos nefastos personajes. ¿Volando acaso?
Argumentaron un poco rato más, pero Ichinén se daba cuenta que Jahan, no confiaba en nada de lo que estaba diciéndole. Y aunque eso no le convenía, no podía culpar al asstaressi, no tenía razones para confiar en la palabra de un supuesto duque que apenas conocía de nombre.
-La palabra del asstaressi es ley, todos la acatamos, el asunto se resolverá para uno u otro.-expresó en voz alta la mujer detrás de Jahan, mientras daba un paso al frente.-¿Algo más que decir, duque de Menkalinam?-
Ichinén le dedicó una leve reverencia y se preparó para su último alegato, sabía que eso era su última chance.
-Si nuestra chance es luchar, lo haremos juntos, Si pudiéramos llegar a la paz, lo haría, pero con las intenciones que tienen lo veo dudoso. Todo lo que sea que han dicho, son mentiras. Su intención no es hacer alianzas y vivir en paz. Quieren lograr alianzas para tranquilizar posibles rivales, mientras destruyen a los que se oponen. Los he visto en acción, escapé de su guarida y estuve en el palacio de su máximo líder. No se puede confiar en los enviados de Rokuten, son enemigos de todo ser humano libre.-
La risa de Devadatta coronó el final del alegado de Ichinén.
-Dices que somos mentirosos y enemigos, mientras que es él quien viene de la tierra de tus enemigos. Hasta hace no mucho era invitado de lady Engel en Taranis.-
-No por propia voluntad, ni con agrado fuimos huéspedes.-
La mujer que acompañaba a Jahan se acercó a Ichinén, su expresión de desconfianza era más que evidente.
-Hemos guerreado demasiado con esa gente, para saber que debemos desconfiar de todo aquel que provenga de allí…-
-Milady…-intentó decir Ichinén.
-No soy ninguna milady de Azaláys, Ichinén. Soy la Essivandere Alanna Renkaressi, mano derecha del asstaressi.-
Ichinén quiso morderse la lengua, parecía que cada palabra estaba mal pensada o era mal interpretada, como si nada fuera a conformar a esa gente.
-Essivandere, mis disculpas. Deje que relate como fui prisionero de este sujeto y sus acólitos.-
El relato quedó trunco no más de empezar, ya fue interrumpida por Niko que lo acusaba de calumniador, el bruto que oficiaba de guardaespaldas demoniaco se abalanzó adelante, hecho que hizo que Ichinén se plantara en guardia. Solo que él llevara la mano al pomo de la espada, generó una alarma general entre los presentes asturanos. El guerrero se arrepintió de moverse en forma automática.
-Lástima Ichinén, si no estuvieras tan de rodillas, podrías cumplir tu palabra de cortar la cabeza de uno de nosotros.-se burló Devadatta.
-Si no fuera que somos todos invitados de lord Jahan, cumpliría mi palabra de honor.-retrucó el guerrero.
El asstaressi se irguió repentinamente y vociferó la orden de silencio, tan escalofriante que incluso Ichinén se sintió algo nervioso.
-Si lucha es lo que desean, podemos resolver este debate mediante un combate. ¿Existen objeciones?-
Devadatta sonrió y expresó su aprobación, tenía mucha confianza en su infernal pupilo. Jahan miró a Ichinén que estaba clavando sus ojos en Devadatta. Si hubieran sido dagas, el otro hubiera quedado como un puercoespín.
-Ningún problema. Vamos a ello.-
Una exclamación de aprobación corrió entre los nobles de Astur reunidos allí. Siempre era bueno para ellos, presenciar un buen combate a muerte. Algunos se burlaban de las posibilidades de Ichinén, ante un monstruo que era tres veces más grande. O Ichinén era un tercio del tamaño del otro.
-A muerte, se define.-sentenció Jahan.
Johan se acercó a Ichinén con cara de preocupación.
-¿Estás seguro de poder con ese mastodonte?-
-He enfrentado peores demonios en el infierno.-respondió con total indiferencia el duque de Menkalinam.
Johan rezó internamente por poder compartir esa confianza. El lugar de combate fue armado en el centro del salón, corriendo únicamente las lámparas y pegándolas a las columnas del lugar.
¿Cómo hemos llegado a esto? Eso se preguntó Ichinén, cuando luego de un par de fintas, el demonio lo golpeó, haciéndolo rodar por el piso. Al tener su espada contra la del rival, pensó que era demasiado insólito que de una misión diplomática de advertencia, habían pasado a un combate a muerte. Ichinén pateó a su rival desde el suelo, pero el otro no acusó recibo. ¿De qué estaba hecho ese monstruo? Estando en ese forcejeo, el bruto infernal parecía ganarle con el peso, mientras que el guerrero veía su fuerza mermar. Giró la espada por apenas un segundo y sujetó la hoja del otro con su empuñadura. El metal apenas tocó al demonio pero este gritó como si lo hubiera traspasado. Aprovechando el retroceso, Ichinén rodó sobre su espalda y salió de esa posición tan desventajosa. Pese a ser rápido y volver a cargar, el demonio reaccionó aprisa y le frenó el golpe. Johan miraba ir y venir las espadas, sufriendo porque si Ichinén no triunfaba, la próxima cabeza que rodaría sería la suya. Viendo el transcurso del combate, la lucha no iba bien. Ichinén era experto en esgrima, rápido y ligero. Pero el demonio no era tan lento debido a su corpulencia y se mostraba bastante más fuerte. Johan tembló ante lo que pareció la segura muerte de Ichinén, el demonio lo acorraló contra una columna y casi lo atraviesa de lado a lado. El demonio siguió atacando y el guerrero solo frenando las embestidas, aquello lo iba cansando y eso le podía costar la lucha. El monstruo perdió la espada y agarró a Ichinén a mano limpia, una garra en cada brazo. La columna del guerrero pegada a una columna, mientras que su espada estaba apuntando en dirección contraria al enemigo. Si no podía mover el brazo, no podría ni rozar al rival. Viendo un fuego cercano, soltó la espada y la dejó caer sobre la lámpara cercana. Girando todo el cuerpo en una pirueta, hizo trastabillar al monstruo, lo que consiguió que soltara a su presa. Ichinén volvió a tomar la espada que ahora estaba candente con el fuego iluminador. Con una rápida estocada cortó en el brazo al demonio, casi en paralelo al músculo, de la mano al codo. El guerrero confió en que esto le daría una chance de asestar un golpe mortal, pero el monstruo lanzó un puñetazo a su pecho que lo arrojó hacia atrás. El mundo fue para Ichinén un lugar de silencio, el zumbido que lo reemplazó lo desconectó de la realidad. La espada se alejó de su mano y sus dedos agarraron el aire vacío. Al caer el suelo, creyó que ya era el fin pero se irguió antes que el demonio se le viniera encima. Los astures parecían exultantes por la muerte segura del duque. Devadatta alentaba a su colosal demonio, instándolo a matar.
Ichinén se vio sin espada y a punto de ser arrollado por el bruto. Cuando estuvo encima, pegó un giro en arco y se apartó de su lado. Lo que parecía una danza para los astures, fue la salvación ante semejante desventaja corporal. Rodando de cabeza hacia adelante, pudo recuperar su espada. El demonio estaba enfurecido y de tan ciego le lanzó lo que tenía más a mano, los leños que alimentaban el fuego. Con tan buena suerte para Ichinén que logró esquivarlos con gracia, pero con tan mala suerte para la essivandere que vio su vestido prenderse rápidamente. Ichinén corrió a socorrerlo y ayudarla a apagar el fuego a palmadas entre ella y otros dos hombres más. Tarde se giró al oír el grito de Johan, el puño del demonio lo lanzó como si fuera un muñeco de trapo. Casi pudo oír una reprimenda de su padre, por descuidarse en medio de una lucha. Estaba completamente atontado y le costaba mantener el ojo abierto, la cabeza le daba vueltas. Tenía que despejarla pronto, en menos de dos segundos, o era futuro fertilizante de los campos asturanos. El coloso demoniaco avanzó, hinchando el pecho, con la destrucción del rival a su alcance.
-Alto, detengan el combate.-se oyó la voz del asstaressi, resonar en el salón.-Ya tenemos un ganador.-
El demonio resopló y gruñó complacido. Ichinén estaba sangrando por la nariz y su cabeza apenas comenzaba a centrarse.
-Como ve, lord Jahan, este humano es un débil guerrero.-le comentó Devadatta.
-Si, veo que tratando de salvar a la essivandere, sacrificó sus chances de victoria.-
-Claramente, no es muy inteligente. Sus sentimientos lo gobiernan y comete errores estúpidos.-fulminó el pérfido Devadatta.
-Eso no es de mi agrado, lo que importa es como resulta el combate. Y para nosotros la victoria es muy importante.-
-La victoria es la supervivencia y la eternidad.-gritaron a coro los presentes asturanos.
Ichinén escupió sangre y se incorporó, tratando de también expulsar su frustración con ella.
-Dime, Ichinén. Teniendo la pelea en tan buenos términos… ¿Qué te motivó a desperdiciarlo por salvar a mi essivandere?-
Ichinén pensó que ser lo más honesto posible era su mejor carta, en esa partida que veía cada vez más perdida.
-Había esquivado los leños en vez de frenarlos con la espada, o intentarlo, los dejé pasar y por mi culpa la essivandere estaba en peligro. No podía dejar que eso sucediera.-
El asstaressi se giró a su mano derecha.
-¿Qué opinas ante esta respuesta, Alanna?-
La dura mirada de la mujer, anticipaba la amarga respuesta que tanto temía el guerrero.
-Una actitud desacertada, debió tener su cabeza en la pelea. Otros de los nuestros podía ocuparse de asistirme. Una acción arriesgada que le costó el duelo. No muy inteligente.-
Ichinén deseó no querer lanzar esa mirada, pero casi le estaba diciendo con los ojos: gracias por nada, señora. Jahan se giró de nuevo a Ichinén.
-Estos señores ofrecen alianza y una gran fuerza armada que es capaz de sostener la paz. ¿Qué ofrecés, duque de Menkalinam?-
Sin ejército, sin haber pisado su tierra, sin contar con un título con todas las letras y sin un plan claro a largo plazo; Ichinén dijo lo único que podía expresar en ese punto.
-Ofrezco la verdad, asstaressi. Solo puedo decir que hablo con sinceridad cuando asevero que he visto como se encuentra la isla Kerkyra bajo el mando de Rokuten y sus lacayos. Sé que destruirán a quien se les oponga y luego continuaran con aquellos que se les hayan aliado. Su idea es destruirnos, simplemente por el hecho de que dejemos de existir.-
-Todas mentiras, claramente, milord Jahan.-interrumpió Devadatta.-No solo alianza ofrecemos, también avances tecnológicos, este cristal por ejemplo nos trajo aquí por un portal. Podemos compartir esa tecnología.-
Ichinén comprendió ahora como era que siempre estaban antes en cada lado. Iba a manifestar su desagrado, pero fue Johan quien habló con si particular desparpajo.
-Gran cosa, eso puede hacerlo el gato de Ichinén. Si es que está con ganas y bien alimentado, claro. Sino, te araña el rostro.-
Jahan pareció divertirse con la impetuosa intervención del bardo.
-Tener acceso a distintos lugares del reino, nos viene bien para poder custodiar nuestro reino, embajador Devadatta.-
Ichinén se maldijo por no traer a Teban consigo. Jahan parecía estar comiendo de la mano del traidor Devadatta.
-Traigan a Bastión.-ordenó el asstaressi a viva voz.
Antes que nadie pudiera sopesar la duda de quien o que era Bastión, un león entró caminando pesadamente pero con firmeza en el salón. El animal parecía muy interesado en acercarse a Ichinén.
Johan tembló visiblemente y el guerrero a su lado se maldijo internamente.
-Me salvé del dragón Seiryu, para ser comido por un león llamado Bastión.-protestó para si el duque.
Jahan le dedicó una caricia al soberbio león, por sobre la melena, mientras este giraba el rostro vigilante a los que tenía enfrente.
-Bastión mismo puede abrir portales.-explicó Jahan.
Acto seguido, un portal se abrió y a través de él, salió un personaje inesperado pero muy bienvenido.
-Teban!-exclamó Ichinén con alivio y sorpresa.
-Siempre te saco las papas del fuego, humano.-replicó el gato.
-Con Bastión, hemos visitado en misión secreta la isla Kerkyra.-continuó el asstaressi dirigiéndose a Devadatta.-Y puedo aseverar sin temor a errar, que no es nada parecido a lo que me ha descrito usted. De hecho, se parece mucho a lo que relata este duque. Que pese a tener acciones temerarias, habló siempre con la verdad en la mano. Mi amigo Bastión ha conversado largamente con el amigo felino del duque, creo entender que ocurre aquí.-
Lord Jahan desenvainó su arma y la apuntó al cuello de Niko, la essivandere hizo lo propio con el otro. El demonio que había combatido con Ichinén, entendía poco este giro de eventos y resoplaba mirando alrededor con desconfianza. Todos los demás asturanos mostraron también sus hojas.
-En el pasado, el anterior régimen fue engañado por demonios de otra dimensión, no volverá a ocurrir en Astur, no durante mi guardia al menos.-sentenció el asstaressi.
-Comete un error, Jahan.-le replicó el traidor.
-No peor que creer en su alianza.-agregó el regente de Astur.
Niko tomó el cristal que activaba su portal artificial y abrieron uno rápidamente para salir.
-Lord Jahan, si me permite, hay una promesa que debo cumplir.-
-Faltaría más, lord Ichinén.-
El guerrero avanzó al trío que quería avanzar por el portal.
-Dije que les cortaría la cabeza a uno de ustedes, cuando nos viéramos de nuevo.-
Ninguno de los hombres dijo nada, por toda respuesta pasaron el umbral del pasaje y lo cerraron tras ellos, dejando a su guardaespaldas infernal del otro lado.
-Bueno, veo que deciden rápido que pieza sacrificar.-
Ichinén giró en torno al demonio y cortó una pierna por debajo, el demonio alzó la espada pero Ichinén fue más rápido y lo esquivó. Usando las piernas del demonio como un túnel, se lanzó por detrás y lanzó una fuerte estocada. Daimoku hizo el resto, honrando su leyenda como matadora de demonios. La cabeza cayó sobre el piso del salón, poco después el cuerpo del demonio. Johan se tapó la boca y miró a otro lado, para no devolver el desayuno.
-Una promesa, es una promesa.-
-Festejo su honor, lord Ichinén.-expresó Jahan.-Y le agradezco por salvar a la mujer que es mi esposa.-
La mencionada no sonrió ni cambió su recia expresión, pero le dedicó a Ichinén una inclinación de cabeza.
-Ahora debatamos sobre la posible alianza entre Astur y Azaláys.-cerró el asstaressi, palmeando al aire, para que limpiaran el estropicio demoniaco.