5/31/2018

56-Desafío aceptado.

El debate en el salón del Astaressi había tomado temperatura. Ichinén se encontraba preocupado por advertir a los demás reinos, pero se daba cuenta que con el acceso a los portales aleatorios, el enemigo siempre podría estar por delante suyo. Solo le quedaba ir luego y convencer a cada soberano de que los demonios mentían. Eran tiempos antiguos, seres como Rokuten eran grandes mentirosos y la gente creía sus verdades a medias. Ichinén, permaneció un par de semanas con los asturanos, como invitado. Llevaban días comentando y revisando cada pieza de información. Teban trajo noticias sobre las fuerzas movilizándose. Pero las últimas que tradujo de su casi congénere, Bastión, fueron más escalofriantes.
-Están creando alguna clase gigante de estructura, parece describir una maquina o cañón.-explicó el gato, siendo interrumpido por Jahan.
-Un arma, seguramente.-
-Tenemos que saber qué clase de arma es y como la están planeando usar.-ratificó Ichinén.
Un mensajero entró en la estancia, jadeando y con la lengua afuera. El líder asturano lo trató de apaciguar y que se explicara.
-Milord Jahan, nuestros comerciantes en el archipiélago orco… trae noticias… están bajo ataque.-balbuceó entrecortado el hombre.
El astaressi ordenó a Bastión partir de inmediato en un portal a la capital del archipiélago orco. Teban fue su acompañante y para luego ser interlocutor. Dos horas más tarde, regresaron con las noticias. Bastión estaba completamente agotado y Teban fue quien relató lo que habían observado.
-La maquina que vimos en isla Kerkyra, sigue en construcción, pero otra igual atacó el archipiélago. Es un arma, definitivamente, conlleva destrucción asegurada. Arrasó con toda construcción allí, nada vivo que se interpuso, continuó respirando. Escapamos antes de que el lugar del portal también fuera arrasado.-
Tres días más tarde, llegaban las primeras noticias de los comerciantes que habían viajado por esos lares. Relataron eventos y circunstancias que hicieron estremecer a temerarios guerreros asturanos. Una maquina tan grande como diez castillos uno encima del otro, con humo y fuego saliendo por diversos lugares de cada costado.
-Destructor de reinos le llamaron los soldados reptiles que tomaron posesión de las islas.-contó un mercader de especias.-Una patrulla marítima nos quiso dar caza y entablamos una lucha, pudimos escapar apenas, ya que solo era una patrulla de marinos. De ser ese horror gigantesco, no hubiéramos llegado aquí.-
-¿Y el ejercito orco? ¿Qué hizo ante el ataque?-preguntó un guerrero asturano.
-Morir, eso fue lo único que pudieron hacer ante semejante monstruosidad.-
Algunos otros relatos que llegaron en pocos días posteriores eran igual o peores.
-Ya ha empezado, están atacando a quienes no se unieron a ellos.-comentó cansado el astaressi.
-¿Qué podemos hacer frente tamaña amenaza?-fue la pregunta consensuada, repetida en boca de muchos.
Ichinén no tenía una respuesta para eso. Cuando lo miraron, en busca de soluciones, se sintió completamente impotente. La desazón echaba profundas raíces no solo en el guerrero, sino en todos los que habían oído los relatos llegados del sur.
Viendo que no hallaba respuestas, hizo lo que cualquier discípulo de Nichirén haría, tal como le fue enseñado. Puso a Daimoku por delante suyo y se concentró en conectar con la sincronicidad del universo. Necesitaba hallar alguna solución. Recabando en su cabeza, un haz ínfimo de luz lo tocó. Apenas era el atisbo de una idea, ni siquiera era un plan o tan solo la primera etapa de uno. Se levantó rápidamente y fue en busca de su compañero felino. Encontró a Teban durmiendo, como no.
-Teban. ¿Recordás que el maestro Nichirén dijo que aquí se encontraba el portal a Kosen Rufu?-
-Vagamente, Ichinén. Dijo muchas cosas.-
-Bien, pero ese es el centro de toda la cuestión. Por eso Rokuten está atacando ahora y no después de enviar todos sus mentirosos embajadores. Sabe que él no puede alcanzar Kosen Rufu. Por eso debe destruir el continente antes que encontremos la salida.-
-Por una vez, pensaste correctamente, humano. Todavía hay esperanzas para ustedes.-
-Las hay si llevamos a todo el mundo a Kosen Rufu.-
Eso ya fue un plan, y lo que le transmitieron a Jahan y al resto de los asturanos. La essivandere Alanna se opuso terminantemente, y junto con ella una gran parte de los guerreros. Ninguno quería correr y abandonar la pelea. Ichinén se plantó firme ante lo que ellos creían erradamente.
-No estoy evitando una pelea, estoy pensando en salvar a su gente primero. Luego podemos ir a enfrentar a todo el ejército de nagas que salga de Kerkyra. Yo estaré a su lado, pero lo que importa es salvar a las mujeres y los niños.-
-Las mujeres también podemos pelear.-le retrucó Alanna.
-Usted se llevaría de maravillas con Victoria, Essivandere. Deberían conocerse. Pero me refiero a salvar primero a todos aquellos que no puedan luchar y si no podemos detener al ejercito, veremos si morimos o seguimos luchando.-
El silencio que siguió pareció decir que no había voces opositoras, ni aun Alanna. Pero fue Jahan quien zanjó el asunto.
-Siento que como líder de Astur debo priorizar la seguridad de mi gente, antes que estructuras y territorios. No puedo dejar de concordar con Ichinén, aunque voy a pelear hasta el final para detener a esos monstruos, no me rendiré si plantarles cara.-
Ichinén estaba por sonreír, pero Jahan permanecía serio y continuó hablando sombríamente.
-Confió en Ichinén. Pero no es parte de nuestro pueblo. Creo en sus buenas intenciones y en sus palabras, pero para que dejemos nuestros hogares y lo sigamos… se requiere algo más.-
-Una prueba.-gritó un guerrero al fondo.-La prueba de la lealtad.-
Esto fue coreado por otros tantos más, hasta que todo el salón repitió lo mismo. Prueba de lealtad.
-Esto significa que debes cumplir una misión difícil que demuestre tu fidelidad y que sea importante para nuestro pueblo, probando tu preocupación por nuestro bienestar.
Ichinén asintió, pensando que ante una opción como esa, todo podía ser mejor. Pero cuando Alanna habló, no le pareció que el futuro fuera tan promisorio.
-El yelmo renkarenssi.-
Un rumor de temor cruzó por todo el salón y algunos de los asturanos que parecían los más fieros guerreros, temblaron.
-Ese yelmo perdido en otro mundo, puede ser demasiado.-comentó sin mucho énfasis el astaressi.-
-No importa, acepto la misión.-sentenció Ichinén, sabía que Jahan solo estaba esperando ver su reacción, no podía dudar.
La reunión se levantó y muchos vitorearon a Ichinén, mientras otros le palmearon la espalda, dándole su más sentido pésame.
Aquello no lo tranquilizó, ya que ignoraba lo grave de esa misión. Más tarde, luego de la cena, el astaressi le relató todo el asunto. Y eso tampoco fue demasiado tranquilizador.
El yelmo renkarenssi era una antigua reliquia Astur, robado por un funcionario del antiguo régimen que gobernaba el reino, llevado a otro mundo por un portal.
-¿Y no saben qué mundo es?-preguntó Ichinén, viendo que quizás por ese lado venía el imposible de la misión, pero estaba errado.
-Sabemos exactamente donde está. En qué mundo, al menos. Ese no es el problema.-explicó lord Jahan.
-Pese a que sabemos la existencia de portales y otros mundos,-intervino Alanna.-no hemos viajado demasiado. En ese mundo se estaba librando una guerra de la que nada entendemos. Todos los guerreros que fueron en busca de esa reliquia, perdieron la vida por los peligros que han encontrado allí. El portal te lleva a lo que parece un paraje algo desértico, pero el yelmo se encuentra en una ciudad que se ubica cruzando unas montañas de miles de metros de altura.-
-O sea, debo cruzar unas montañas inmensas, evitar los dos bandos de esa guerra, no ser ejecutado como espía por algunos de ellos, llegar a esa ciudad y encontrar el yelmo.-
Dicho así, parecía fácil, pero era harto imposible pero con eso podía tardar meses. Según relataban los asturanos que conocían el terreno, además de la guerra, cruzar las montañas era algo titánico. Cornisas de miles de metros, temperaturas bajo cero y ningún otro portal cerca.
Johan quiso convencerlo de no arriesgarse en tamaña empresa, pero Ichinén no sabía si tan solo era que él debía quedarse como rehén.
-Aunque falle en la misión, no creo que te asesinen. A lo sumo, solo te echaran del reino y te vas a buscar a Victoria a la corona de Azalays.-lo tranquilizó el guerrero.
-No es gracioso, Ichinén, también me preocupa lo que te pase. Escuché comentar que los mejores guerreros asturanos no volvieron nunca de ese lugar.-replicó Johan.
-Tengo experiencia con diferentes mundos. Naves especiales, barcos titánicos que se hunden, demonios dimensionales. Esto va a ser igual de peligroso, pero será lo mejor. Por lo menos, si logró que los Astur me consideren como uno más y podamos ir todos a Kosen Rufu, mientras los demonios se atragantan con esta tierra muerta.-
Johan no dijo más y el guerrero se preparó para partir a la mañana siguiente. Bastión les abriría el portal pero Teban lo acompañaría, para así poder regresar. Era la única ventaja que tenía por sobre los anteriores guerreros que habían intentado encontrar esa reliquia.
El tiempo pasó demasiado rápido para cuando salieron y cruzaron al otro mundo con su amigo felino. El lugar parecía verdaderamente desolado. La vegetación era agreste, la temperatura no tan amigable pero estaba bien para como estaba de abrigado. Las montañas se veían algo lejos, impresionantes e inconmovibles. Una gran cordillera se extendía por todo el horizonte. Gris y negro, con blanco en la cima, eso podía contemplar.
-Y esos colosos son los que debemos pasar.-comentó para sí el guerrero, sabiendo que aquello era quizá mucho para él solo.
En un par de ocasiones evitaron contacto con personas. Para Ichinén que era un hombre solo, esconderse con un gato no era tan difícil. La primera noche esquivaron toda presencia humana. El guerrero no sabía porque peleaban en ese mundo y contra quien, pero tampoco le importaba. La segunda noche, despertó a la mitad del sueño, sobresaltado. Voces cercanas. Estaba por tomar la espada y salir corriendo como alma que lleva al diablo, con el gato bajo el brazo; pero un cañón se apoyó en su nuca. Armas de fuego, como las odiaba, con toda el alma.
-Quieto, espía. No se os ocurra hacer ni un gesto.-le ordenó una voz de hombre maduro.
-No soy un espía.-le respondió con tranquilidad el guerrero.
De hecho, no sabría a quien o porque espiar, pero eso sería aun más difícil de explicar para la gente de ese mundo.
-Lo tengo, llevémoslo al campamento. El general lo querrá interrogar.-comentaron entre ellos.
Atado a la espalda, lo llevaron caminando a punta de fusil, o eso le parecía al guerrero. No tenía gran experiencia con esas armas a distancia, no le parecían honrosas. Teban permanecía escondido a distancia prudencial, que en la oscuridad de la noche, era como si el gato fuera invisible.
Al acercarse al tan famoso campamento, cuando ya lo podían ver a la distancia, un hombre se acercó a ellos. Le informaron de lo que habían encontrado patrullando. Por lo que entendió, era el inmediato superior de esos que patrullaban. El sargento que parecía bastante mayor, se acercó al prisionero y lo miró con sorpresa.
-Pero soldados, yo conozco a este hombre, es un gran patriota. Hemos peleado juntos a la vera del río.-
Ichinén no entendió nada, ya que no recordaba para nada el rostro de ese sujeto, y mucho menos recordaba pelear junto a él en las cercanías de ningún río.
-Ande, corra soldado, avise al general que su amigo Ichinén está aquí.-
Eso terminó de desconcertar por completo a Ichinén. ¿Quién era el tal general y como lo conocía? Estaba seguro de no tener ningún amigo general, a menos que fuera uno azalayano de tiempos muy lejanos, en el ducado de Menkalinam. Pero quien no estaba muerto, no podía estar allí y saber que Ichinén podía ir a ese mundo.
Le soltaron las manos y el sargento vio al gato escondido detrás de un arbusto.
-Todavía te sigue el gato ese, nunca vi tanta fidelidad en un felino.-
-Es el humano el que me sigue a mí, no al revés.-respondió algo ofendido el felino, pero el sargento pareció no escucharlo.
Era claro que este hombre no oía a los gatos como otros que si habían encontrado, pero si sabía el nombre del gato y de Ichinén.
-A mi no me mires, si vos no sabés que está pasando, yo menos.-susurró Ichinén, por si alguien más escuchaba.
-Tal vez este general, tenga respuestas a todo esto. Y de paso nos ayude con encontrar ese yelmo asturano.-
A la luz de algunas antorchas y hogueras en el campamento militar, Ichinén observó detenidamente los uniformes, vestían como una chaqueta azul, con bandas blancas cruzadas en X, el cuello era rojo en algunos, con un sombrero en la cabeza que parecía más adorno que protección. En algunos soldados, el sombrero o casco era negro con un ribete del mismo color o en rojo. En lo que parecía una choza o vivienda algo austera, fue introducido Ichinén con el gato siguiéndolo de cerca. El sargento hizo una venia al hombre en el cuarto al que entraron. Por el porte, el uniforme tan cuidado y la expresión grave; se notaba que era el general tan nombrado.
-Aquí ha llegado el sargento Ichinén, como había previsto, mi general.-
-Agradecido, sargento, avise al secretario de guerra Zenteno que no quiero ser molestado hasta nuevo aviso.-
Al quedar a solas, Ichinén esperó entender algo, pero cada vez lo hacía menos. Tal vez conocían otro Ichinén de ese u otro mundo y lo estaban confundiendo. El general habló en su lugar, casi como para sí mismo.
-Supongo que no le sorprende que esté levantado a estas horas, pero la planificación de la guerra requiere de muchas noches de insomnio. La lucha por la libertad quita mucho las ganas de dormir, mi amigo Ichinén.-
El desconcertado guerrero no pudo más y se lanzó a hablar.
-Disculpe, general, pero yo no recuerdo conocerlos e ignoro como saben de mi persona. Tal vez están confundidos con alguien de igual nombre.-
Iba a decir un doble de otro mundo, pero se frenó antes de decir algo que sonara a locura para la gente de ese mundo. El general pareció divertido con la sorpresa del otro.
-Es usted, el duque Ichinén de Menkalinam, de la corona de Azalays, si mal no recuerdo. Esos nombres me son extraños y costó aprenderlos a pronunciar bien.-
La sorpresa del guerrero fue algo mayúsculo y muy gracioso de ver, pero la expresión de Teban lo era aun más. Jamás se vio gato más desconcertado.
-Veo que está con su fiel compañero, Teban. Y si no me engaña la memoria, tienen intenciones de cruzar la cordillera, para ir en busca de un yelmo… que ahí sí que no recuerdo el nombre.-
-El yelmo renkarenssi.-explicó Ichinén.
-Así es. Para que ganar el respeto y el honor de un pueblo al que intenta ayudar. Créame mi gran amigo, no sabía como lo entiendo. La suya es una empresa digna de Atlas.-
El guerrero no entendió la referencia pero el general le alargó una mano y se la estrecho, mientras que con la otra le sujetaba el hombro.
-Tome asiento, se lo explicaré todo, pero mejor que no esté de pie y se me desmaye de la sorpresa. Yo lo ayudaré en lo que esté en mi mano, para poder cruzar los Andes.- 

4/30/2018

55-La herencia de los Astur.


Muchas personas, se preguntan habitualmente: ¿Cómo hemos llegado a esto? No es una pregunta existencial en este caso, como ser, de donde proviene la humanidad o como fue el comienzo de la creación. Ichinén se pregunta en este instante, en que parte dio mal el giro y todo se vino abajo. Desertus, se responde, seguramente fue al salir de Desertus. Luego del fiasco que fue la reunión con el emir Almanzor. Estaban determinados a llegar con Johan al reino de Astur, lo más rápido que pudieran, para adelantar en el camino a los siervos de Rokuten, con la idea de evitar la influencia de sus mentiras al soberano de Astur. Tal como les había ido de mal con la gente del desierto, que creyeron cada una de las aseveraciones del emisario de los demonios. El guerrero Ichinén está acostado, boca arriba, en el suelo del salón real de Astur; con la espada sujeta contra el filo de un arma demoniaca. Sujetando esa otra arma, se encuentra el bruto infernal que conocieron en Desertus. Este desafío de fuerza, le está costando mantenerlo ¿Cómo hemos llegado a esto? Esa es toda la historia.
Ichinén y su amigo Johan viajaron en caballo hasta el puerto más cercano, el que fuera más próximo al reino que se dirigían. Astur era un reino de guerreros, dirigidos por un líder meritorio, que ganó el liderazgo siendo el más fuerte y hábil de todos. Ichinén recordaba su última visita en esas tierras, siendo niño y de la mano de su padre. Astur era muy distinto en ese momento, más tradicional, menos marcial. El rey de entonces, no podía recordar su nombre, pero seguro que no era el del regente actual, llamado Lord Jahan.
Los de Astur vestían unos escuetos trajes que no eran precisamente armaduras, aunque eran de metal. Más bien parecían decorativos o accesorios, poco protegían. Quizás eran para especificar rangos. Más allá de eso, apenas cubrían una o dos partes del cuerpo, el resto se mantenía a la vista. Ni bien llegados él y Johan, habían sido arrestados, apenas nomás de entrar en el palacio. Aunque difería de lo ominoso de los que vieron en Taranis, la arquitectura tenía una reminiscencia melancólica de una cultura que había cambiado de rumbo. Sin saber porque eran arrestados y conducidos al interior, Ichinén y su compañero no pudieron hacer otra cosa que dejarse llevar, después de todo, no parecían en peligro. A menos que contara estar rodeado de soldados armados y con actitud de perro guardián. El guerrero no entendía bien de que iba todo eso. Cuando entraron al salón del Asstaressi, como se le llamaba actualmente a su regente, vieron al mismo trío demoniaco que en Desertus. El mismo que había envenenado al emir en contra de Ichinén y sus advertencias, las cuales cayeron en saco roto.
-Jahan Ajneressi han llegado los mentirosos invasores como predije.-comentaba Devadatta, en tanto Johan soltaba un quejido de protesta o de dolor, no se sabe.
El salón estaba iluminado por fogones en vasijas enrejadas, podía ser parecer un sitio lúgubre, sino estuviera tan lleno de esos recipientes. En si, la luz era decente y todo era claridad, exceptuando los oscuros visitantes y sus intenciones. Casi como el emir, el asstaressi no articulaba palabra mientras Devadatta se pavoneaba con sus calumnias.
-Han llegado los emisarios de tus enemigos, aliados del reino central tiránico. Trayendo mentiras y engaños, sobre nuestras intenciones.-
Lord Jahan tenía la mirada dura y la mandíbula recia, todo el porte de un guerrero, incluido su traje de combate, que nada tenía de ceremonial. Detrás del hombre, se encontraba una mujer rubia de largo cabello, en parte trenzado, en parte atado. Ichinén intentaba apegarse a alguna clase de protocolo, pero no sabía que costumbres tenía esa gente. El reino de Astur había cambiado mucho, no solo su forma de gobierno. Jahan era algo más que el mejor guerrero y por ello rey, era la cabeza visible de una clase guerrera gobernante. No era un monarca que digitaba según únicamente su parecer, el gobernar allí era más complejo que en otras tierras.
-Muy bien, embajador, dice la verdad. Han venido y armados también. Ahora quiero escuchar sus razones…-manifestó el asstaressi, elevando la mano hacia Ichinén.
El guerrero respiró hondo y se preparó mentalmente en los pocos segundos que tenía para inspirar. No era un experto en la oratoria y siempre había odiado los encuentros diplomáticos, pero llegado a este sitio, no le quedaban más opciones que expresarse de la mejor forma posible.
-Su excelencia, asstaressi Jahan, mi misión es de paz y vengo aquí con una advertencia.-comenzó el duque de Menkalinam.
Siguió hablando con parsimonia y tranquilidad, obviando los gestos burlones realizados por Devadatta y compañía. Explicó todo su viaje desde Taranis, el relato de Johan, lo avistado en el viaje, las intenciones de los demonios en la isla Kerkyra…
-Esas son calumnias, noble Jahan, no poseen ninguna prueba de esto, excepto el testimonio de este dudoso testigo.-exclamó Devadatta, fingiendo indignación.
-Si fueran por la isla al sur, podrían verlo…-expresó Ichinén.
-Demasiado trayecto para una afirmación que no es demasiado confiable.-respondió Jahan con gravedad.
El rumor de asentimiento entre los demás nobles asturanos presentes, le daba la pauta que otra vez les habían ganado de mano. No podía entender en que viajaban estos nefastos personajes. ¿Volando acaso?
Argumentaron un poco rato más, pero Ichinén se daba cuenta que Jahan, no confiaba en nada de lo que estaba diciéndole. Y aunque eso no le convenía, no podía culpar al asstaressi, no tenía razones para confiar en la palabra de un supuesto duque que apenas conocía de nombre.
-La palabra del asstaressi es ley, todos la acatamos, el asunto se resolverá para uno u otro.-expresó en voz alta la mujer detrás de Jahan, mientras daba un paso al frente.-¿Algo más que decir, duque de Menkalinam?-
Ichinén le dedicó una leve reverencia y se preparó para su último alegato, sabía que eso era su última chance.
-Si nuestra chance es luchar, lo haremos juntos, Si pudiéramos llegar a la paz, lo haría, pero con las intenciones que tienen lo veo dudoso. Todo lo que sea que han dicho, son mentiras. Su intención no es hacer alianzas y vivir en paz. Quieren lograr alianzas para tranquilizar posibles rivales, mientras destruyen a los que se oponen. Los he visto en acción, escapé de su guarida y estuve en el palacio de su máximo líder. No se puede confiar en los enviados de Rokuten, son enemigos de todo ser humano libre.-
La risa de Devadatta coronó el final del alegado de Ichinén.
-Dices que somos mentirosos y enemigos, mientras que es él quien viene de la tierra de tus enemigos. Hasta hace no mucho era invitado de lady Engel en Taranis.-
-No por propia voluntad, ni con agrado fuimos huéspedes.-
La mujer que acompañaba a Jahan se acercó a Ichinén, su expresión de desconfianza era más que evidente.
-Hemos guerreado demasiado con esa gente, para saber que debemos desconfiar de todo aquel que provenga de allí…-
-Milady…-intentó decir Ichinén.
-No soy ninguna milady de Azaláys, Ichinén. Soy la Essivandere Alanna Renkaressi, mano derecha del asstaressi.-
Ichinén quiso morderse la lengua, parecía que cada palabra estaba mal pensada o era mal interpretada, como si nada fuera a conformar a esa gente.
-Essivandere, mis disculpas. Deje que relate como fui prisionero de este sujeto y sus acólitos.-
El relato quedó trunco no más de empezar, ya fue interrumpida por Niko que lo acusaba de calumniador, el bruto que oficiaba de guardaespaldas demoniaco se abalanzó adelante, hecho que hizo que Ichinén se plantara en guardia. Solo que él llevara la mano al pomo de la espada, generó una alarma general entre los presentes asturanos. El guerrero se arrepintió de moverse en forma automática.
-Lástima Ichinén, si no estuvieras tan de rodillas, podrías cumplir tu palabra de cortar la cabeza de uno de nosotros.-se burló Devadatta.
-Si no fuera que somos todos invitados de lord Jahan, cumpliría mi palabra de honor.-retrucó el guerrero.
El asstaressi se irguió repentinamente y vociferó la orden de silencio, tan escalofriante que incluso Ichinén se sintió algo nervioso.
-Si lucha es lo que desean, podemos resolver este debate mediante un combate. ¿Existen objeciones?-
Devadatta sonrió y expresó su aprobación, tenía mucha confianza en su infernal pupilo. Jahan miró a Ichinén que estaba clavando sus ojos en Devadatta. Si hubieran sido dagas, el otro hubiera quedado como un puercoespín.
-Ningún problema. Vamos a ello.-
Una exclamación de aprobación corrió entre los nobles de Astur reunidos allí. Siempre era bueno para ellos, presenciar un buen combate a muerte. Algunos se burlaban de las posibilidades de Ichinén, ante un monstruo que era tres veces más grande. O Ichinén era un tercio del tamaño del otro.
-A muerte, se define.-sentenció Jahan.
Johan se acercó a Ichinén con cara de preocupación.
-¿Estás seguro de poder con ese mastodonte?-
-He enfrentado peores demonios en el infierno.-respondió con total indiferencia el duque de Menkalinam.
Johan rezó internamente por poder compartir esa confianza. El lugar de combate fue armado en el centro del salón, corriendo únicamente las lámparas y pegándolas a las columnas del lugar.
¿Cómo hemos llegado a esto? Eso se preguntó Ichinén, cuando luego de un par de fintas, el demonio lo golpeó, haciéndolo rodar por el piso. Al tener su espada contra la del rival, pensó que era demasiado insólito que de una misión diplomática de advertencia, habían pasado a un combate a muerte. Ichinén pateó a su rival desde el suelo, pero el otro no acusó recibo. ¿De qué estaba hecho ese monstruo? Estando en ese forcejeo, el bruto infernal parecía ganarle con el peso, mientras que el guerrero veía su fuerza mermar. Giró la espada por apenas un segundo y sujetó la hoja del otro con su empuñadura. El metal apenas tocó al demonio pero este gritó como si lo hubiera traspasado. Aprovechando el retroceso, Ichinén rodó sobre su espalda y salió de esa posición tan desventajosa. Pese a ser rápido y volver a cargar, el demonio reaccionó aprisa y le frenó el golpe. Johan miraba ir y venir las espadas, sufriendo porque si Ichinén no triunfaba, la próxima cabeza que rodaría sería la suya. Viendo el transcurso del combate, la lucha no iba bien. Ichinén era experto en esgrima, rápido y ligero. Pero el demonio no era tan lento debido a su corpulencia y se mostraba bastante más fuerte. Johan tembló ante lo que pareció la segura muerte de Ichinén, el demonio lo acorraló contra una columna y casi lo atraviesa de lado a lado. El demonio siguió atacando y el guerrero solo frenando las embestidas, aquello lo iba cansando y eso le podía costar la lucha. El monstruo perdió la espada y agarró a Ichinén a mano limpia, una garra en cada brazo. La columna del guerrero pegada a una columna, mientras que su espada estaba apuntando en dirección contraria al enemigo. Si no podía mover el brazo, no podría ni rozar al rival. Viendo un fuego cercano, soltó la espada y la dejó caer sobre la lámpara cercana. Girando todo el cuerpo en una pirueta, hizo trastabillar al monstruo, lo que consiguió que soltara a su presa. Ichinén volvió a tomar la espada que ahora estaba candente con el fuego iluminador. Con una rápida estocada cortó en el brazo al demonio, casi en paralelo al músculo, de la mano al codo. El guerrero confió en que esto le daría una chance de asestar un golpe mortal, pero el monstruo lanzó un puñetazo a su pecho que lo arrojó hacia atrás. El mundo fue para Ichinén un lugar de silencio, el zumbido que lo reemplazó lo desconectó de la realidad. La espada se alejó de su mano y sus dedos agarraron el aire vacío. Al caer el suelo, creyó que ya era el fin pero se irguió antes que el demonio se le viniera encima. Los astures parecían exultantes por la muerte segura del duque. Devadatta alentaba a su colosal demonio, instándolo a matar.
Ichinén se vio sin espada y a punto de ser arrollado por el bruto. Cuando estuvo encima, pegó un giro en arco y se apartó de su lado. Lo que parecía una danza para los astures, fue la salvación ante semejante desventaja corporal. Rodando de cabeza hacia adelante, pudo recuperar su espada. El demonio estaba enfurecido y de tan ciego le lanzó lo que tenía más a mano, los leños que alimentaban el fuego. Con tan buena suerte para Ichinén que logró esquivarlos con gracia, pero con tan mala suerte para la essivandere que vio su vestido prenderse rápidamente. Ichinén corrió a socorrerlo y ayudarla a apagar el fuego a palmadas entre ella y otros dos hombres más. Tarde se giró al oír el grito de Johan, el puño del demonio lo lanzó como si fuera un muñeco de trapo. Casi pudo oír una reprimenda de su padre, por descuidarse en medio de una lucha. Estaba completamente atontado y le costaba mantener el ojo abierto, la cabeza le daba vueltas. Tenía que despejarla pronto, en menos de dos segundos, o era futuro fertilizante de los campos asturanos. El coloso demoniaco avanzó, hinchando el pecho, con la destrucción del rival a su alcance.
-Alto, detengan el combate.-se oyó la voz del asstaressi, resonar en el salón.-Ya tenemos un ganador.-
El demonio resopló y gruñó complacido. Ichinén estaba sangrando por la nariz y su cabeza apenas comenzaba a centrarse.
-Como ve, lord Jahan, este humano es un débil guerrero.-le comentó Devadatta.
-Si, veo que tratando de salvar a la essivandere, sacrificó sus chances de victoria.-
-Claramente, no es muy inteligente. Sus sentimientos lo gobiernan y comete errores estúpidos.-fulminó el pérfido Devadatta.
-Eso no es de mi agrado, lo que importa es como resulta el combate. Y para nosotros la victoria es muy importante.-
-La victoria es la supervivencia y la eternidad.-gritaron a coro los presentes asturanos.
Ichinén escupió sangre y se incorporó, tratando de también expulsar su frustración con ella.
-Dime, Ichinén. Teniendo la pelea en tan buenos términos… ¿Qué te motivó a desperdiciarlo por salvar a mi essivandere?-
Ichinén pensó que ser lo más honesto posible era su mejor carta, en esa partida que veía cada vez más perdida.
-Había esquivado los leños en vez de frenarlos con la espada, o intentarlo, los dejé pasar y por mi culpa la essivandere estaba en peligro. No podía dejar que eso sucediera.-
El asstaressi se giró a su mano derecha.
-¿Qué opinas ante esta respuesta, Alanna?-
La dura mirada de la mujer, anticipaba la amarga respuesta que tanto temía el guerrero.
-Una actitud desacertada, debió tener su cabeza en la pelea. Otros de los nuestros podía ocuparse de asistirme. Una acción arriesgada que le costó el duelo. No muy inteligente.-
Ichinén deseó no querer lanzar esa mirada, pero casi le estaba diciendo con los ojos: gracias por nada, señora. Jahan se giró de nuevo a Ichinén.
-Estos señores ofrecen alianza y una gran fuerza armada que es capaz de sostener la paz. ¿Qué ofrecés, duque de Menkalinam?-
Sin ejército, sin haber pisado su tierra, sin contar con un título con todas las letras y sin un plan claro a largo plazo; Ichinén dijo lo único que podía expresar en ese punto.
-Ofrezco la verdad, asstaressi. Solo puedo decir que hablo con sinceridad cuando asevero que he visto como se encuentra la isla Kerkyra bajo el mando de Rokuten y sus lacayos. Sé que destruirán a quien se les oponga y luego continuaran con aquellos que se les hayan aliado. Su idea es destruirnos, simplemente por el hecho de que dejemos de existir.-
-Todas mentiras, claramente, milord Jahan.-interrumpió Devadatta.-No solo alianza ofrecemos, también avances tecnológicos, este cristal por ejemplo nos trajo aquí por un portal. Podemos compartir esa tecnología.-
Ichinén comprendió ahora como era que siempre estaban antes en cada lado. Iba a manifestar su desagrado, pero fue Johan quien habló con si particular desparpajo.
-Gran cosa, eso puede hacerlo el gato de Ichinén. Si es que está con ganas y bien alimentado, claro. Sino, te araña el rostro.-
Jahan pareció divertirse con la impetuosa intervención del bardo.
-Tener acceso a distintos lugares del reino, nos viene bien para poder custodiar nuestro reino, embajador Devadatta.-
Ichinén se maldijo por no traer a Teban consigo. Jahan parecía estar comiendo de la mano del traidor Devadatta.
-Traigan a Bastión.-ordenó el asstaressi a viva voz.
Antes que nadie pudiera sopesar la duda de quien o que era Bastión, un león entró caminando pesadamente pero con firmeza en el salón. El animal parecía muy interesado en acercarse a Ichinén.
Johan tembló visiblemente y el guerrero a su lado se maldijo internamente.
-Me salvé del dragón Seiryu, para ser comido por un león llamado Bastión.-protestó para si el duque.
Jahan le dedicó una caricia al soberbio león, por sobre la melena, mientras este giraba el rostro vigilante a los que tenía enfrente.
-Bastión mismo puede abrir portales.-explicó Jahan.
Acto seguido, un portal se abrió y a través de él, salió un personaje inesperado pero muy bienvenido.
-Teban!-exclamó Ichinén con alivio y sorpresa.
-Siempre te saco las papas del fuego, humano.-replicó el gato.
-Con Bastión, hemos visitado en misión secreta la isla Kerkyra.-continuó el asstaressi dirigiéndose a Devadatta.-Y puedo aseverar sin temor a errar, que no es nada parecido a lo que me ha descrito usted. De hecho, se parece mucho a lo que relata este duque. Que pese a tener acciones temerarias, habló siempre con la verdad en la mano. Mi amigo Bastión ha conversado largamente con el amigo felino del duque, creo entender que ocurre aquí.-
Lord Jahan desenvainó su arma y la apuntó al cuello de Niko, la essivandere hizo lo propio con el otro. El demonio que había combatido con Ichinén, entendía poco este giro de eventos y resoplaba mirando alrededor con desconfianza. Todos los demás asturanos mostraron también sus hojas.
-En el pasado, el anterior régimen fue engañado por demonios de otra dimensión, no volverá a ocurrir en Astur, no durante mi guardia al menos.-sentenció el asstaressi.
-Comete un error, Jahan.-le replicó el traidor.
-No peor que creer en su alianza.-agregó el regente de Astur.
Niko tomó el cristal que activaba su portal artificial y abrieron uno rápidamente para salir.
-Lord Jahan, si me permite, hay una promesa que debo cumplir.-
-Faltaría más, lord Ichinén.-
El guerrero avanzó al trío que quería avanzar por el portal.
-Dije que les cortaría la cabeza a uno de ustedes, cuando nos viéramos de nuevo.-
Ninguno de los hombres dijo nada, por toda respuesta pasaron el umbral del pasaje y lo cerraron tras ellos, dejando a su guardaespaldas infernal del otro lado.
-Bueno, veo que deciden rápido que pieza sacrificar.-
Ichinén giró en torno al demonio y cortó una pierna por debajo, el demonio alzó la espada pero Ichinén fue más rápido y lo esquivó. Usando las piernas del demonio como un túnel, se lanzó por detrás y lanzó una fuerte estocada. Daimoku hizo el resto, honrando su leyenda como matadora de demonios. La cabeza cayó sobre el piso del salón, poco después el cuerpo del demonio. Johan se tapó la boca y miró a otro lado, para no devolver el desayuno.
-Una promesa, es una promesa.-
-Festejo su honor, lord Ichinén.-expresó Jahan.-Y le agradezco por salvar a la mujer que es mi esposa.-
La mencionada no sonrió ni cambió su recia expresión, pero le dedicó a Ichinén una inclinación de cabeza.
-Ahora debatamos sobre la posible alianza entre Astur y Azaláys.-cerró el asstaressi, palmeando al aire, para que limpiaran el estropicio demoniaco.

3/31/2018

54-Gente del desierto.


Las puertas del salón de Ancira, capital de Desertus dieron paso a los dos hombres.
-El duque Ichinén de Menkalinam, de la corona de Azaláys, junto a su sirviente Johan.-anunció el ayudante de cámara. El salón era bastante espacioso, con tapices colgados de las paredes. El bardo hizo un comentario sobre lo extraño que le parecía ver alfombras en las paredes. Ichinén le corrigió que colgar esos adornos era una costumbre común entre muchos pueblos, aunque en algunas culturas ponían imágenes, los practicantes del islam no utilizaban figuras o representaciones humanas. No le pareció inadecuado hacerse pasar por sirviente, pero Ichinén temía que hiciera algún que otro comentario fuera de lugar. El emir los miraba gravemente, silencioso del otro lado del salón. Caminaron por una alfombra púrpura que marcaba el sendero hasta terminar cerca del altar elevado del emir, con detalles en dorado. El lujo del lugar era exagerado. Un hombre se acercó en su andar, saludando con apenas una inclinación de cabeza.
-Mi nombre es Jonás Pet, soy la mano derecha del emir Al Manzur, califa de Desertus. ¿Y ustedes son?-
Ichinén presentó a ambos, como habían acordado, harían ver como que Johan era parte de su séquito y no un compañero de igual a igual. Ichinén no estaba cómodo ni acostumbrado a usar los títulos de nobleza o marcar las diferencias sociales. Eso contradecía todo lo que habían aprendido con los tres maestros. Pero en ese califato, las castas sociales eran marcadas como a fuego. Jonás les indicó que debían inclinarse muy marcadamente ante el emir. Este no habló y hasta casi parecía un muñeco, visto desde lejos asemejaba ser real. Jonás hablaba por el califa, tal vez demasiado. Ciertos sutiles comentarios dejaron entrever que no estaban muy complacidos con la visita de extranjeros.
-No es nuestra intención ser intrusos, venimos aquí para advertirles de la amenaza creciente en la isla Kerkyra.-manifestó el guerrero, tratando de mostrarse todo lo protocolar que le salía.-En esas tierras, unas criaturas…-
-Ya tenemos embajadores de la región al sur de nuestras costas.-cortó en seco, Jonás.-
Chasqueando los dedos hizo una seña al guardia, el cual abrió una puerta al costado del salón.
-Adelante, estimados huéspedes.-
Los tres que entraron le paralizaron el corazón a Johan, pero a Ichinén lo hicieron llevar la mano al pomo de Daimoku. El más grande y que más atemorizaba a Johan, era una de esas criaturas que había avistado en Kerkyra. El más bajo era un oriental, que parecía japonés, pero Ichinén no estaba seguro de conocerlo. Al tercero y al parecer líder, sí que lo conocía bien; era Devadatta.
-Nos vemos de nuevo, duque venido a menos.-saludo el traidor primo del Buda.
Johan se envaró, listo para frenar a Ichinén si realizaba alguna acción impulsiva. Pero el guerrero se mantuvo inmóvil.
-Emir, le recomiendo que no confíe en estas gentes, si es que así puedo llamarlos.-
-Así que este es el último devoto de Nichirén.-comentó el japonés con Devadatta.
Ichinén lo miró como si fuera el viento polar.
-Este es Niko, antiguo discípulo de tu maestro, el Daishonin.-explicó Devadatta, que al parecer sentía que estaba en un mero encuentro social o de negocios.
-Otro de tu clase, presumo.-replicó Ichinén.
-Este gaijin debería aprender modales.-agregó Niko.
Ichinén miraba a ambos, casi como si fuera un resorte a punto de saltar. Escuchó a Johan que lo llamaba, a la calma, a la razón. Sabía que no podía pelear contra ellos, aunque fueran los peores enemigos de la humanidad. Aun a sabiendas de que eran los complotados en la destrucción de toda la vida.
-No entiendo porque tanta tensión, Ichinén, ni que hubieras visto un demonio!-Al decir esto Devadatta, la criatura detrás soltó un gruñido que quizás intentó ser una risa con sorna.- Ah, ya se, lo has visto. Dai Rokuten te ha permitido vislumbrar en el cristal, lo que viene.-
-Nichirén me llevó al cristal de Ichinén Sanzén y allí vi sus obras, como terminan.-argumentó el duque de Menkalinam.
-Estás errado, fue el rey del sexto cielo quien te permite ver o no. Nada sucede sin que él acceda a que ocurra.-
-En eso debo diferir. Mi decisión le es ajena, en eso no tiene injerencia.-retrucó el guerrero.
-Pues si lo has visto, sabrás que no hay chance. Es unirse o desparecer, ni siquiera es morir. La desaparición total de la existencia. Los seres humanos no serán ni un recuerdo en el universo, jamás habrán existido.-se jactó Devadatta.
Jonás, que hasta el momento había permanecido callado, intervino y encaró a Ichinén.
-Nuestros aliados en Kerkyra son amigos de esta tierra y nos protegerán de los infieles.-
-Jonás, no sé que te han dicho, pero su plan no es unirse a alguien contra otro alguien. Es destruir al que se opone a ellos y el que se les una, traicionarlo más tarde, cuando ya no haya opositores. No quieren vencer a nadie y esclavizar, eso es para mortales. Ellos son dirigidos por una mal que quiere la destrucción de la existencia, la desaparición incluso hasta de la historia.-
-Nada puede destruir la creación más grande de Dios que somos nosotros.-cacareó Jonás, con expresión de fastidio.-No vamos a confiar en la palabra de un infiel, un ser inferior, que no cree en el verdadero Dios. No estás en una posición para decirnos que hacer, duque de un reino decadente y destruido.-
Ichinén no estaba comprendiendo como alguien podía ser tan necio, ni tan siquiera sintiendo los insultos que le prodigaba.
-No puedes ser tan obtuso, Jonás. Es por su bien que les digo esto, no por el mío. Yo bien puedo irme y dejarlos a su suerte, pero vengo a advertirles.-
-Si no fuera que somos invitados del emir, le enseñaría modales a este noble de segunda clase.-pinchó Devadatta.
Ichinén se plantó cara a cara, muy cerca del que había hablado.
-Cuando quieras, sabes como encontrarme, al parecer.-
Jonás levantó una mano y los soldados de Desertus rodearon al grupo.
-Nadie hará nada contra nadie, a menos que el emir lo permita.-
Todos giraron a ver a la figura sentada, que levantó un brazo con tranquilidad, para agitar su dedo en señal negativa.
El regente de Desertus, que hasta el momento parecía apenas una estatua, se incorporó y caminó hasta ponerse a cierta distancia de ese grupo.
-Mucho tiempo hemos tolerado la presencia de infieles en nuestras fronteras, demasiado contemplamos su existencia hereje y permitimos sus degeneradas costumbres. Nuestros aliados nos permiten una fortaleza para aplastar a todos los enemigos. No habrá más arrogantes “kafir”, ni sus altaneras mujeres que contestan sin permiso.-
Al terminar de hablar el emir, Ichinén giró sus ojos a Devadatta y lo vio sonreír, gozando con la situación. Tenían al emir de Desertus totalmente en sus garras. La mano de Johan le sujetó el brazo, como diciéndole que ya era hora de irse, todo estaba perdido.
-Si no fuera que el emir es un hombre de honor y no permite que los embajadores sean lastimados, te pondríamos en tu lugar.-manifestó Niko, que era el que menos parecía capacitado para ejercer la violencia, con su apariencia de monje.
-Cuando salgan de estas fronteras y nos veamos de nuevo, a uno de ustedes le voy a cortar la cabeza.-sentenció Ichinén.-Por respeto al emir, estaremos en paz, dentro de Desertus.-
-Es hora de que se vayan, los quiero prontamente afuera. Me da repulsión, tener contacto con estos infieles.-agregó el emir, con total desdén y displicencia.
Jonás guió a Ichinén y su colega al salón contiguo, donde Ichinén intentó apelar a la sensatez del ayudante, explicando como los estaban engañando.
-Guárdate tus palabras, Ichinén. Eres tan necio como explicó Devadatta, no sabés cuando declararte vencido.-
Si había algo que exasperaba a Ichinén era la necedad, pero sumado a la altanería de los hombres del desierto, eso lo hacía querer vociferar.
-Esto no es una cuestión de quien gane, si yo o ustedes. Esos seres solo quieren destruirnos a todos, les importa poco el orden. Primero nosotros que nos oponemos, luego ustedes cuando bajen la guardia.-
-No somos tan cortos de inteligencia como tu gente, Ichinén.-
Johan asintió y le sonrió al ayudante.
-Claramente, su sagacidad es tan grande como la existencia de su Dios.-exclamó con expresión casi alegre.
Jonás asintió condescendiente, pero el bardo lo había dicho como una ironía. Tarde entendió la mano derecha del emir que Johan se lo había dicho como una ironía, antes de tomar del brazo a Ichinén y convencerlo de irse antes que se arrepintieran del salvoconducto. -Esta gente tan cambiante, bien puede anular cualquier amnistía que tengan para cualquier embajador. Sobre todo si cada cosa sucede a capricho del emir.-
Ichinén no replicó y se dejó llevar. Esa noche, Jonás golpeó las sábanas, recién acostado comprendió el cínico comentario del músico. Juró que mataría tanto a Ichinén como a Johan de verlos de nuevo. Algo que no pudo cumplir, más por falta de oportunidad que por falta de valentía. Saliendo de la capital de Ancira, Ichinén se mantuvo silencioso en el caballo que habían comprado, el que los llevaría al puerto. Unas lágrimas corrían por sus mejillas.
-Entiendo tu frustración, Ichinén. Pero conozco bastante a esta gente, es muy tozuda.-
-No me lamento por su obstinación, sino porque sé que esta tierra ya está condenada. Lo he visto. Las posibilidades que me mostró el Daishonin, los tres mil mundos en un solo instante, son los diferentes caminos que una decisión nos lleva por el sendero de la vida. La elección de aliados del emir, ha condenado a su pueblo.-
Johan iba a acotar algo, pero entendió la tristeza de Ichinén. Era demasiado injusto que por un necio, se condenara todo un pueblo.
El siguiente destino era el reino de Astur, en el extremo este del continente, cruzando el mar del norte de Desertus. Johan conocía de otras ocasiones a ese pueblo de orgullosos guerreros, tanto o más que los de Desertus. Rogaba porque no fueran tan necios como estos últimos, aunque en su abatimiento actual, sentía que nada iba a salir bien en el futuro. Ichinén con la vista clavada en el horizonte al frente, pareció alentarlo en forma muda e inconsciente. En sus ojos se veía la determinación de seguir adelante, no importaba el error del pasado. Esa mirada decía:
-Lo que importa es lo que hagamos de hoy, en adelante. Cada día es un nuevo punto de partida.-