10/28/2019

61-Breakthru.


Los cíclopes son criaturas bastante cerradas de miras, con esto es imposible no caer en frases hechas. Cinco de estos colosos de dos metros, amordazan a una gárgola a un árbol, la cual no mide más de metro y medio. Una mujer cíclope grita, si, existen hembras en esta especie. No crecen de las rocas, aunque por sus mentalidades lo parezcan.
-Sueltenlo, déjennos en paz!-vocifera con desesperación la mujer.
Sus congéneres se ríen y uno la golpea en pleno rostro con el canto de la mano. La gárgola, que pese al uso de ese pronombre es un hombre, se debate y lucha, en vano. Con la mirada ruega que no le hagan nada, pero sabe claramente que no será así.
-Degenerada, inmunda perversa… Y con esta monstruosidad!-le recrimina uno de los mirada simple, mientras la sigue sujetando con brusquedad.
-Dejenla ir, mátenme si eso quieren. Pero a ella, déjenla ir.-solicita la gárgola, educadamente pero con firmeza.
Es casi obvio para él, tanto como para la mujer que ama, todo lo que digan caerá en saco roto. Los cíclopes no son conocidos por su tolerancia, ni tampoco por su delicadeza. Aunque Griffin sabe que lo mataran, espera que ella pueda vivir.
-No te preocupes, cuando terminemos de atarte al árbol y te degollemos, podemos ver como nos divertimos con ella, mientras te vas desangrando.-informó el que sujetaba su garra izquierda.
-Debió elegir uno de su propia especie, no una aberración como lo que sos.-masculló otro que tenía delante, para luego golpearlo en el vientre.
El saber vulgar dice que las gárgolas son de piedra, a Griffin le hubiera gustado que eso fuera real, por lo menos para su estómago. El llanto de Gala, la mujer cíclope, ruge desde lo más profundo con una angustia delirante. Uno de los otros captores le rasga el vestido de arriba hacia abajo. Mientras otros dos la sujetan de los brazos para arrastrarla hasta el suelo un poco más lejos. Una vez que Griffin está atado, el mundo se le vino abajo y rogó por que los dejaron en paz, sabiendo que eso no haría mella en sus agresores. Los gritos de Gala seguían resonando en el valle Hoffman, un bajo de terreno que rara vez era transitado.
-Cinco contra una sola mujer…-se oyó decir a una voz a pocos metros en el sendero.-Veo que los cíclopes son cobardes además de tener la mente reducida.-
Un hombre, un humano, venía andando por el sendero, tal como si estuviera de paseo por el bosque. Como si nada le importara. El extraño se detuvo a un par de metros del líder de ciclópeo y lo miró con los brazos en jarra.
-O es que son tan inútiles para cortejar mujeres, como lo son para todo lo demás.-continuó el hombre.
La furia hizo que tres cíclopes se levantaron como volcanes en erupción, el líder se plantó ante el extraño, listo para golpearlo y enterrarlo en el suelo. Esto, claro está, es una ridiculez, los humanos no se plantan así, ni tampoco se los entierra de esa manera.
-¿Quién se supone que eres, enano? Este no es asunto de tu gente.-le espetó el cíclope, temiendo que fuera algún tipo de agente legal de esas tierras.
-Mi nombre es Ichinén, soy el duque de Menkalinam, una tierra que se encuentra más al oeste. Este no es mi asunto, desde su punto de vista, pero cuando veo a cinco brutos contra una mujer y un rehén maniatado, digamos que me tengo que meter.-
-Sigue tu camino, enano. O entre los cinco te vamos a sacar los miembros de lugar.-amenazo el líder, burlándose adrede de Ichinén, el guerrero no era precisamente un enano.
El monolítico ser de un solo ojo, apenas le llevaba diez o quince centímetros. Ichinén sonrió como si poco le importara el insulto y con expresión afable siguió hablando.
-Les estoy dando la chance de irse y dejemos esto como está. La mujer queda libre o si cometió un crimen, será juzgada según la ley de este reino.-
-No hay rey en estas tierras al que llevar el caso, y ella cometió un crimen para nuestra gente, uno horrendo.-
La perplejidad de Ichinén parecía ensayada pero no lo era. La exacerbada reacción de odio en los cinco brutos, era demasiado desconcertante.
-¿Qué hizo? ¿Se robó monedas del templo de su dios? ¿Asesinó a otro de su gente? ¿No resistió tu perorata por más tiempo? ¿Cuál fue ese crimen tan horrendo?-inquirió Ichinén, entreverando una burla entre las preguntas legítimas.
De haber tenido más tiempo o no estar tan distraído, el líder se hubiera percatado de como el guerrero se mofaba, pero los ciclopes son famosos por caer dos días más tarde en las bromas que se le hacen.
-Se emparejó con este inmundo ser!-vociferó el líder, señalando a Griffin, en el árbol.
A todo esto, la gárgola no entendía como el hombre, humano sin otra arma que una espada enfundada a su cintura; se paseaba como si nada entre los cíclopes y les hablaba como si fueran todos amigos. Él tenía más que claro que estaban esperando el primer movimiento en falso del humano para aniquilarlo y seguir con ellos dos, un poco más molestos por la interrupción.
-¿Lo amás, mujer?-
Gala asintió con tanto miedo como sorpresa, no sabiendo que sentir ante ese extraño.
-¿Lo ven? ¿Qué tiene de malo? Mejor que se amen a fomentar odio, que es lo que están haciendo. –
-No es decente.-grito uno.
-Es antinatural.-rugió otro.
Las protestas se superpusieron y el guerrero alzó las manos para acallarlos, pero nunca bajó la izquierda.
-Ya entendí, son unos resentidos que no entienden el amor en la forma en que venga.-
Los cinco agresores se miraron entre si y luego al líder, sus rostros parecían preguntarse si era que los acababa de insultar o que había querido decir. Lo dicho, no son muy rápidos de pensamiento estos muchachos. Lo estrecho de miras, va en paralelo con su capacidad de procesamiento. El líder entendió menos que los demás pero se envaró como si fuera a pisotear a Ichinén. Más cansado de tanta demora que por las burlas del guerrero.
-Ah, ah, ah.-lo frenó el guerrero con la mano aun en alto, señalándolo con la derecha.-Si chasqueó los dedos, las cabezas de cada uno se les partirá en siete pedazos.-
Había una frase del maestro Nichirén que dice eso, pero creo que en este incidente, el guerrero lo está usando en un sentido muy literal. No es probable que el daishonin se refiriera a esto.
Los cíclopes en un segundo se frenaron, dudaron. Miraron al líder, Ichinén alzó levemente su izquierda, como si esta sostuviera alguna clase de arma invisible. Viendo que no había nada ni nadie en los alrededores, el bruto se sintió seguro y avanzó.
-Te lo advierto, cíclope. No me causará placer que mueras, ni siquiera siendo la bestia que eres.-
El líder siguió avanzando y esto alentó a sus secuaces a moverse en círculo, rodeando al solitario guerrero.
-A mi si me dará un placer inmenso, comerme tu hígado de postre, luego de matarte y divertirnos con esa degenerada.-
La expresión de Ichinén era de verdadera desilusión.
-Si esa es tu decisión.-sentenció el guerrero con pesar.
El cíclope estaba a punto de saltar sobre el impertinente humano, riendo de la osadía y arrogancia con que los había interrumpido. El  chasquido de los dedos de Ichinén fue lo último que escuchó en su vida. La cabeza del líder estalló en siete o más fragmentos, salpicando a todos lados. El resto de los seres de mirada única se paralizaron. Dos quisieron vengar a su líder y corrieron la misma suerte, sin que hubiera un chasquido de dedos de por medio. Ichinén alzó la mano bien alto, como si fuera ordenara detenerse en el camino. Dos cíclopes quedaban y uno solo deseaba huir. El restante, quiso tomarla con la mujer. Con su espada en la garganta femenina, se parapetó detrás de su prisionera.
-La mataré si me siguen disparando.-amenazó en un tembleque de voz, mirando a todos lados.
Era algo inteligente o rápido de vista para darse cuenta que, de los árboles era de donde les disparaban flechas certeras a los ojos. Su jefe no lo había notado, claramente, ver a los elfos en los árboles es como buscar un mono albino en medio de una montaña nevada. Los otros dos no estaban pensando claramente y por eso no vieron que una flecha le había atravesado el cráneo, con ojo y todo, a su líder en esa partida. Elintari y otros elfos, se encontraban ocultos entre las ramas, con los arcos preparados. Listos a soltar la cuerda a un chasquido de los dedos del duque. Pero ahora los hacía detenerse y el cíclope restante tenía ahora un rehén. El otro que escapaba, no llegaría muy lejos, lo apresarían y sería encarcelado; de eso estaba seguro ella.
Ichinén en tanto, mantenía la vista fija en el captor.
-Tengo miles de flechas esperando una orden para atravesar tu ojo. Prefiero no dar esa orden.-
-Si veo un solo gesto, le corto la garganta!-
Tensos segundos que Ichinén no quería seguir dejando correr.
-No tengo tiempo para esto.-le espetó el guerrero y con una inclinación de cabeza señaló a su costado.-Podrías huir como tu colega que va allá.-
El cíclope hizo un gesto sin pensar, de forma inconsciente, cosa que no les cuesta mucho; de girar el rostro y mirar donde le señalaban. Imaginen que si tu mirada es unifocal, tenés que mirar cada cosa que parece merecer tu atención. Para ellos, mirar por el rabillo es fisiológicamente imposible.
Ese segundo de distracción, es todo lo que Ichinén necesitó para lanzarle una daga que tenía a su espalda y que hasta ahora no habían visto ninguno de esos cinco. El ojo único reventó al ser traspasado por la filosa hoja. La mujer estaba asustada pero libre e ilesa. Elintari soltó a Griffin, que corrió a abrazar a Gala.
Luego de algunas palabras de agradecimiento, hicieron un improvisado campamento para reorganizarse.
-¿Qué le ha pasado a este reino? No sabía que brutos como estos corrían libres, para imponer sus leyes intolerantes.-inquirió Ichinén.
-Antes, una cuestión así hubiera sido impensada. Pero las crisis como la que vivió Mitjaval llevan a que sectores reaccionarios ganen poder y preeminencia.-respondió Elintari, acomodando su carcaj a un costado.-Este reino no solo ya no es lo que era. Técnicamente no existe.-
Ichinén le solicitó a la elfa que clarificara.
-Te diré como lo he oído. Luego del gran caos, el rey Artus fue muerto en batalla y su esposa asesinada poco antes o casi al mismo tiempo. El hijo de ambos se suicidó desde lo alto de una torre. La primera esposa del rey Artus, junto algunos soldados y quiso hacerse con el poder, pero el consejo de nobles se le opuso. Esta guerra civil, sumado al asedio de los demonios, asentados en Taranis primero y en menor medida en Antumbra, hizo que el reino sufriera mucho. Mitjaval se dividió en dos, la parte sur, donde estamos ahora; es lo que queda de Mitjaval propiamente dicho. La capital sigue siendo la misma, pero está dirigida por señores menores que aún no se han puesto de acuerdo sobre como repartirse el poder y pelean constantemente. No sé quien ha prevalecido sobre el resto o si alguno lo ha hecho. Al norte, más al sector noreste del antiguo reino, se formó Caerleon. Dirigido por un consejo que se encuentra en tratativas de paz pero que poco eco han logrado en las tierras del sur. Los comanda una noble, a la que llaman la dama blanca, no la he conocido. Raramente viajamos tan al norte, pero dicen que puede ser terrible.-
-Y ese vacío de poder, solo ha servido para el desorden y los planes de Rokuten.-
Elintari asintió con pena y contuvo un llanto que parecía querer surgir de entre los recuerdos. Ichinén le preguntó por algunas cuestiones específicas, sobre la casa púrpura, la roja, la azul y la verde.
-Artus era el último rey de una tierra unida, los púrpuras murieron con él. Algunos de esa casa verde que mencionas se encuentran ahora en Caerleon, pero poco abolengo queda en esta tierra.-
-Los azules son de mi reino, sin ir a Azaláys no puedo saber que tanto queda de los míos. De los rojos puede que encontremos en la capital, aunque seguramente serán señores sin mucho poder o con más que nada bandidos de segunda, si es que alguno queda para representar a su casa.-
Al levantar el campamento, Ichinén vio como Elintari lo seguía con una insistencia que rozaba la devoción. Aquello no le agradaba, en el pasado, había visto como la fe ciega en un líder los había llevado al desastre. Y él mismo había peleado una guerra junto a buenos guerreros, solo para verlos caer.
Andando el camino, intentó mantenerse aparte. El sendero los llevaría hasta Mitjaval y ella quizás seguiría su propio destino. Aunque ya había acordado con su gente en que lo acompañarían, no deseaba arrastrar a todos hacia una posible guerra que no los involucraba. Por esto, antes de seguir más al norte, a Anthurium, capital del antiguo reino; dividieron a los civiles de los posibles luchadores. Algunos pocos guerreros elfos quedarían como custodia para Ichinén y Elintari, en su viaje a la capital.
El resto iría más allá de las montañas que limitaban con Azaláys.
-Nos encontraremos apenas cruzando las montañas, ese es mi ducado y podrán asentarse sin problemas, solo con decir mi nombre.-
Fue así, que el destino encontró a Ichinén con algunos pocos asturien, Elintari, un par de elfos, Johan y Teban. Ese reducido grupo estaba a punto de entrar a las fauces de la bestia.

8/27/2019

60-Una decisión vale más que mil tropiezos.

Existen muy pocas cosas en el universo que podrían deprimir a Ichinén. Una podría ser la inmensa ola oceánica, más de quince metros de altura, que contempló desde el portal que Teban había abierto. Tal vez lo deprimiría la destrucción completa sobre el reino élfico de Galja, adonde habían viajado. Pero lo que sin lugar a dudas lo hizo decaer en su ánimo fue sostener el cadáver de un niño elfo que se había ahogado por el azote del océano.
La máquina o lo que fuera que estuvieran haciendo en la isla Kerkyra, estaba teniendo efectos en el resto del continente. Habían llegado noticias al reino de Astur, donde se encontraba luego de su misión. El portavoz de noticias, no tenía buen semblante, les notificó que todo el archipiélago orco, al sur de las penínsulas de Galja y Taranis; estaba temblando. Ichinén, Johan y otros asturien, utilizaron diversos portales, abiertos por otros tantos gatos custodios de pasajes. Al llegar a destino, vieron una masa de líquido oceánico de tamaño descomunal. La destrucción era completa, no había sido la última oleada salvaje del mar, ni sería la última, pero si fue una de las más graves. Ichinén, junto con sus acompañantes se apresuraron a llegar a la ciudad costera que había sido más golpeada por el tsunami. Tres días estuvieron, casi sin dormir, ayudando a los heridos, quitando escombros y rescatando sobrevivientes. O desgraciadamente, descubriendo los cadáveres de los ahogados. La noche del tercer día, casi amaneciendo, Ichinén había escuchado un quejido. El sonido fue solo de un pequeño perro, que se mantenía acurrucado junto a un niño elfo que yacía entre los escombros. Quizás era su mascota, o tal vez solo habían quedado atrapados juntos y el can pedía ayuda. Ichinén aferró el cuerpo y constató para su pesar que el infante ya no respiraba.
-Está muerto.-le informó uno de los asturien, como si no lo supiera.
El guerrero se contrajo en un espasmo de furia, como si le hubieran apuñalado y unas lágrimas de frustración le saltaron al rostro. Así se mantuvo por largo rato, sintiendo cada vez más la mano de Rokuten sobre su hogar y sobre sí mismo.
Sin sueños fue su letargo de tres horas, apenas pudo dormir de lo mal que se sentía. Unas pisadas lo sobresaltaron y despejaron del todo.
-Lamento molestar su sueño, no quise alarmarlo, mi señor.-
Una guerrera elfa, de rubios cabellos y una altura amazónica, estaba de pie frente a él.
-No tema, mi señora. No pude dormir casi, sabiendo que podemos ser tapados por el océano, en cualquier momento.-replicó el guerrero, incorporándose y sacudiendo el rostro.
-No soy una señora, apenas una guardiana de la ciudad… pero no sirvió para mucho.-
La frustración de la elfa, le mostró a Ichinén que no solo él sufría ese trance. El guerrero se plantó frente a ella y la sujetó por los hombros, como si tratara que no rodara por el suelo. Viendo el decaimiento general en todos, no era algo tan descabellado desfallecer allí mismo.
-La tragedia ya ocurrió, el culpable pagará en algún momento, pero por ahora, debemos ayudar a tu pueblo.-
-Mi señor, tu eres el duque de la vecina tierra de Azaláys. ¿No es así?-inquirió la guardiana élfica.
-Lo es. Soy de Menkalinam, al norte de Azaláys. Pero no estoy aquí como un duque en representación de mi nación. Soy solo uno más entre estos compañeros asturien, que desea prestar ayuda.-
-Es muy bienvenida, mi señor.-la elfa le hizo una reverencia y besó las manos que estaban encallecidas de tanto ajetreo.
Ichinén se dejó guiar por la mujer, para seguir aportando lo que tan poco les parecía luego de tal desastre. Todo el día estuvieron rescatando personas, algunos fallecidos, menos mientras más lejos de la costa se encontraran. A media tarde, comenzaron a organizarse en caravanas, para alejarse de las grandes masas de aguas.
Algunos viajeros asturien con sus gatos, se dirigieron en portales a investigar la fuente del tsunami, en el archipiélago orco del sur. Casi al anochecer, regresaron con noticias. Encontraron a Elintari, la guerrera elfa, comiendo con Ichinén frente a un fuego.
-¿Qué noticias traen? ¿Qué fue eso en el archipiélago orco?-interrogó sin piedad el guerrero, apenas luego de saludarlos.
El asturien no sabía por donde empezar, se le notaba en el rostro que estaba buscando procesar lo que diría a continuación.
-Milord… yo no… no se…-
-Dígalo, buen hombre. Por todos los infiernos! ¿Qué hay en el archipiélago?-lanzó el impaciente duque.
-Ya no hay archipiélago. No podíamos encontrar un portal dentro de ese lugar, hasta que llegamos a una masa de roca que no fue hundida y pudimos verlo. Algunos barcos orcos partían a la isla Kerkyra, seguramente a unirse a las filas de los monstruos que han tomado esa tierra. No todos los habitantes orcos quisieron aliarse a ellos, tal como nosotros hicimos, debieron rechazar a los falsos emisarios de Rokuten.-
-¿Qué fue de ellos?-intervino Elintari, temiendo saber la respuesta.
-Sus cuerpos están flotando en el océano, al sur.-concluyó el hombre, y bajó el rostro compungido, como si el recuerdo lo dejara sin aire.
Ichinén se sentó junto al fuego y Elintari junto con él, llorando en silencio. Extraño se ha vuelto el mundo, pensó para sí mismo el guerrero. Una elfa llora la muerte de orcos, sus conocidos adversarios. El guerrero le pasó un brazo por los hombros y trató de consolarla, pero la pena aún era más honda que el océano que había intentado tragárselos.
La mañana no le trajo mejores noticias, ya estaban ultimando algunos detalles para partir al norte, con todo lo que les hubiera quedado y lo que pudieran encontrar. Ichinén se sentó frente al borde de un acantilado, mirando el continuo vaivén del mar. En otras circunstancias, esto lo hubiera calmado. Usualmente, contemplar el agua, lo relajaba. Pero no hoy.
-Espero que el suicidio no sea algo que esté entre tus pensamientos.-se escuchó decir a una voz conocida a su espalda.
Ichinén se giró rápidamente, asombrado de quien era el dueño de esa voz. A su espalda, encontró al tercer maestro, Nichirén Daishonin. El monje se encontraba de pie, mirando al océano, tal como hacía el guerrero.
-Maestro Nichirén. ¿Cómo es que se encuentra aquí?-
-Me brindaste tu ayuda en un momento de gran tribulación. Vengo a pagar esa deuda de gratitud, con apenas un modesto aliento.-
-Aliento es lo que más necesito en este momento, maestro.-
-Veo que hay mucho sufrimiento en esta tierra. ¿Qué ha ocurrido?-
El guerrero explicó con todo detalle, lo que había ocurrido desde que salieron de Astur. No sin tener un nudo de angustia en la garganta, durante algunos pasajes del relato.
-Sabemos que es obra de Rokuten, pero no conozco su plan completo.-concluyó Ichinén.
El Buda se mantuvo impasible unos segundos y miró al océano una vez más.
-Cuando surge una decisión, es esperable que se manifiesten las dificultades. Rokuten es solo una fuerza negativa en el universo, que se opone a tu decisión de llegar a Kosen Rufu. Él sabe que la humanidad será libre de su influencia y no serán sus esclavos, si tienes éxito.-
-Lo sé, maestro. Rokuten lo ha dejado claro, y se desquita con quien puede o tiene a la mano. Lanza mares enteros contra inocentes. ¿Cómo se combate un odio tan arcano?-
-El sufrimiento está. El desastre ya ha sucedido. La pregunta que surge, Ichinén, es… ¿Qué vas a hacer al respecto?-
El guerrero se quedó petrificado, sin saber que responder. El monje caminó hasta el borde del acantilado, como si solo contemplara el horizonte.
-¿Vas a huir? ¿Esconderte para que no lastimen a nadie más? ¿Rogar por piedad? ¿Servirá para algo?-
-No, maestro. Lo sé bien.-
Nichirén lo observó y enfatizó con su dedo índice.
-Exactamente, ya sabes lo que es. Y lo que será desde la perspectiva del rey demonio. Él no cejara en su empeño. Lo único sobre lo que ignoramos es que vas a hacer a continuación.-
-Seguiré adelante, salvaré a los que pueda y llegaré a Kosen Rufu.-
-¿Para que el rey demonio sufra por su traspié?-
-Si es posible algo así.-
-Errado! Te equivocas si esperas que el señor del sexto cielo se preocupe por tus andares y venidas. Tu motivación principal es y debe ser, seguir el camino de la ley.-
-¿Cuál es el camino de la ley, maestro?-
El Daishonin abrió los brazos como si quisiera señalar a todo el reino de Galja a su alrededor.
-El que has seguido todo el día. La ley es la fuerza que nos conecta verdaderamente con los demás. Para no ser simples luces solitarias en el firmamento del cosmos. Nos relacionamos karmicamente unos a otros. Ayudar a otros, tener misericordia y respeto por el sufrimiento ajeno; ese es el camino de la ley. No solo sostener una espada, la verdadera fortaleza está en seguir de pie, cuando ya no queda nada de ti.-
Ichinén cayó en cuenta que el desánimo no era la senda que deseaba transitar, ni tampoco la que lo llevaría a buen puerto. La gente de Galja había perdido sus hogares y a muchos seres queridos, y aun así solo seguían adelante. Regodearse en su conmiseración no solo era inútil, sino de una profunda arrogancia.
En su mente, iba trazando planes, aunque aquello podía estar muy verde para llamarlo un plan. Sabía por donde empezar y su resolución era firme.
-Está en lo cierto, maestro, pido disculpas. Pase lo que pase, tengo que seguir adelante, a Kosen Rufu. Aunque me encuentre solo y nada me quede, excepto la voluntad.-
-Alguna vez dije: “Que todas las deidades me abandonen; que todas las persecuciones se abatan sobre mí. Así y todo, daré mi vida por la Ley.” Ese es nuestro compromiso.-
El guerrero hizo una reverencia y se despidió del maestro. El Daishonin le explicó que solo estaría un momento más en su mundo y que tal vez no se verían pronto.
-Pero el lazo entre maestro y discípulo es fuerte, a través de los mundos, estaremos luchando con el mismo corazón.-comentó Nichirén a modo de despedida.
Una vez que Ichinén se alejó, para unirse a la caravana que ya partía hacia el norte.
Teban se acercó al acantilado donde el Buda aun miraba el horizonte.
-¿Le abro un portal, maestro Nichirén?-inquirió el gato al acercarse.
-Si, Teban. He hecho todo lo que está en mi mano por Ichinén. El resto, depende enteramente de él.-
-¿Encontrar Kosen Rufu?-
-La tierra de Kosen Rufu no existe en este mundo, ni en ningún otro de las ocho direcciones. Pero si la voluntad de Ichinén es firme, hallara lo que no es, en el lugar donde menos esperen las fuerzas negativas del universo. Te necesitará, Teban.-
-Continuaré cuidando del humano, como me encomendaste, maestro.-
Nichirén partió de ese mundo y Teban fue unirse a Ichinén que ya caminaba junto a la larga procesión a lo largo de los bosques.
-¿Quién es ahora el líder?-preguntó Ichinén a Elintari.
-Nuestro rey ha muerto en la inundación y la cadena de mando fue completamente diezmada. Todos acuden ahora a mí, soy lo más parecido que tienen a un guía.-
-Ya veo. ¿Hacia dónde?-
Elintari dudó un segundo, sabiendo que no estaba muy claro.
-Pensaba dirigirnos a las montañas al norte, las que bajan desde Mitjaval por el este y también por el oeste. Tomar refugio en terrenos altos, alejarnos de las costas.-
-Un plan correcto. Los acompañaré hasta la frontera con Mitjaval.-
-¿Adónde te diriges, Ichinén?-
-Voy a ir al centro mismo del continente, al una vez reino más poderoso de estas tierras. Y aunque no se quien gobierna allí ahora. Pero quien sea, espero convencerlo para tomar medidas que eviten algo como lo que han pasado.
Elintari conocía demasiado bien lo que ocurría actualmente en Mitjaval, ella había viajado como emisaria muchas veces a ese reino. No sabía como decirle a Ichinén que aquello no era precisamente lo más sensato.

11/30/2018

59-Nitten asoma.

Hay hechos que están documentados y otros que provienen del testimonio de los protagonistas o presentes en el momento de los sucesos. Hay otros eventos, que están revestidos de un halo de leyenda. Esto no significa que no hayan ocurrido. Es solo que forman parte de lo mítico, que tal sucedió o tal vez fue así como lo cuentan.
Dicen que mientras San Martín observaba el campo de batalla, la que se estaba a punto de librar con los realistas, pronunció una frase que entró en el imaginario épico.
-Mirá que brutos estos godos como forman, los vamos a limpiar en quince minutos.-
Quizás la estimación del tiempo se debía a otra batalla anterior con ese enemigo, quizás solo era un lamento crítico de enfrentarse con un enemigo poderoso pero siempre arrogante de su superioridad numérica. Muchos aseguran que esas palabras son solo fantasías de los nativos, otros que son exageraciones para acrecentar el mito del Libertador. El guerrero Ichinén es testigo oyente de estos dichos y sonríe de mala gana. La lucha por venir no lo alegra, nunca la violencia lo ha hecho feliz, pero en esta situación; no tiene alternativa. Los primeros movimientos se habían dado de madrugada, por lo que esa frase carece de veracidad, si se toma en cuenta que era dificultoso ver. Pero los que dudan de esta historia no saben que la batalla dura algo más, por lo menos hasta la tarde.
Acaban de atravesar, en una travesía de varios días, el paso más improbable en la mente de su enemigo. Los Patos, un peligro constante de desfiladeros, rocas y frío; por el que nadie espera que lleguen tropas, mucho menos un ejército entero.
Después de subir 5000 metros de altura, donde literalmente la sangre se licua de la presión, llegaron a reunirse con la otra columna del paso de Uspallata. Habían cruzado una cordillera insalvable para tanta gente, según lo que se creía en esa época. Habían logrado la mayor proeza bélica hasta el momento.
La colina de Chacabuco será el escenario de la sangre, donde se define el destino de muchas cosas por venir. Para estas tierras, se determina el rumbo de la independencia. Para Ichinén, es otro paso en su camino a Kosen Rufu.
Los realistas eran unos 1500 o más y estaban a punto de recibir refuerzos, o eso se decía. Todo era posible en el transcurso de la guerra. Ichinén se pegó a la tropa que iba con Diego Paroissien, debido a que lo consideraban un coterráneo del francés.  
Las columnas avanzaron, una comandada por O´Higgins simuló atacar de frente, mientras la de Soler envolvía al enemigo. Cuando Ichinén se vio en el combate, todo le resultó confusión. La artillería, algo que odiaba profundamente, ensordecía todo y el humo impedía ver claramente. En menos de media hora, habían sacado ventaja en la colina. El guerrero de otro mundo, no veía más que a pocos metros. Desde su perspectiva no estaba seguro si estaban ganando o perdiendo. Solo se dedicó a continuar la lucha, sableando a diestra y siniestra. Ayudó a un joven soldado que había caído herido cerca suyo. Una bala de cañón casi decapita a otro más allá, que ni se enteró lo cerca que estuvo de perder la mollera.
-¡Vivir con honor o morir con gloria, el que sea valiente que me siga!-se oyó gritar a O´Higgins, aunque el guerrero no le llegó palabra alguna del brigadier nativo.
Lamentablemente, la primera carga que ejecuta no logra el efecto deseado. La segunda encuentra gran resistencia y es cuando el guerrero Ichinén nota que la batalla puede perderse y todo irse con el demonio del sexto cielo. Un realista le cierra el paso y terminan cuerpo a cuerpo. Ichinén ruega por tener la fuerza para frenar el ímpetu enemigo. La pugna lo lleva a arrastrarse al suelo, peleando con el adversario, sin ningún tipo de cuartel. Al intentar levantarse, ve avanzar a tres enemigos hacia él. Casi que se siente un muerto prematuro, invoca su oración al suelo y recuerda al maestro Nichirén.
-Las funciones protectoras siempre protegerán al devoto del Sutra del Loto.-rememora el guerrero, deseando que eso se haga realidad.
Un reflejo del sol cruza los rostros de los tres enemigos, destellando gracias a los sables que portan los hombres de Soler que vienen a su encuentro. Ese segundo de distracción enemiga, cegados por un reflejo, es todo lo que Ichinén necesita para recuperar la guardia,
-El sol me ha salvado la vida.-medita Ichinén.
La embestida de Soler desestabiliza al enemigo y la entrada de San Martín con sus granaderos les dan la victoria por la tarde.
Mientras la infantería enemiga es perseguida, con la caballería realista en clara huida, el ejército libertador continua el avance con seguridad. La capital enemiga es de los patriotas. Ichinén se toma un minuto para arrodillarse y agradecer al sol por ese destello salvador. Aunque no sabe si fue premeditada la acción del Shoten Zenjin, se siente en necesidad de agradecerle. La carnicería había sido tal, que el terror que desprendía llegó hasta los corazones enemigos en la capital de Santiago, donde solo pudieron pensar en una cosa; huir a Valparaíso. Tanto como si el terreno contara esta historia, todo el descenso de la cordillera en bajada, pareció infinitamente más sencillo que lo anterior. Al entrar en la ciudad, no había enemigo o resistencia alguna. Ichinén se despidió del general en cuanto pudo, lo cual tomó unas cuantas horas más. Hubo muchos trámites, firmas de actas, el general rechazando cargos de gobernante que le deseaban endilgar y una reaparición felina muy postergada.
-¿Ya termino toda la batalla?-comentó Teban, como si se refiriera a una obra teatral algo aburrida.
-Te la perdiste, Teban, fue interesante.-
-No veo nada interesante en gente matando gente.-sentenció el gato y fue a recostarse en un rincón cercano.
Ichinén se entremezcló con las tropas libertadoras, convulsionadas por la victoria, exultantes de felicidad.
El general solicitó un momento a solas con algunos soldados, con la excusa de repartir ordenes. El grupo con el que se reunió, incluía premeditadamente al guerrero del otro mundo. Cuando finalmente, cada soldado tuvo su encargo y dejó la sala, Ichinén observó al cansado militar.
-Este es, amigo. El momento de la partida. La lucha para mi continúa y para usted también.-acotó San Martín.
-Así es, mi general. Encontrar el yelmo renkarenssi es apenas un leve paso en la salvación de mi gente y mi tierra.-
El hombre se inclinó ante el mueble que tenía delante y sacó un bulto envuelto en lo que parecían ropajes antiguos.
-No busque más.-
Al remover las telas, Ichinén pudo observar el tan buscado yelmo. Le parecía que hacía mucho más tiempo que estaba a la búsqueda de ese artefacto asturano.
-Le estoy eternamente agradecido, general.-
-Que va, caballero. El agradecido soy yo, por toda la ayuda que nos ha prestado.-
-Solo hice lo que puede hacer un hombre.-
-Pero hasta un solo hombre puede cambiar el destino de muchos.-repuso el general San Martín, tendiéndole la mano a Ichinén.
-Hasta siempre, mi amigo.-
El guerrero estrechó fuerte su mano con la del general.
-Nos veremos pronto, bueno, usted me verá. Para mi esta es la despedida.-
El general le indicó como última recomendación, algo que solo él sabría y que Ichinén debía decirle cuando se encontraran por “primera vez” para el propio general.
El guerrero se preguntó si alguna vez habrá existido una primera vez que el general le dijera eso, o la paradoja los arrastraba a un continuo principio y fin. El eterno devenir del huevo y la gallina.
Teban lo guió al portal que los llevaría de vuelta a su mundo, no muy lejos de donde se encontraba. Para Ichinén, el viaje aun seguía, así como para el Libertador.

9/02/2018

58-Llegando a la cima, los vientos son cada vez más fuertes.

Un general muy famoso, muchos siglos atrás, dijo que la suerte estaba echada. Esto dicho, inmediatamente antes de cruzar un río que le depararía un futuro de guerra y pesar. Desde entonces, se recuerda la frase dicha como la aceptación de encontrarse ante un abismo al que debemos lanzarnos, sin saber si aterrizaremos de pie. El general San Martín, se encuentra ante la misma situación. Ya no mira atrás, no vuelve su mirada a Mendoza. Solo queda el camino por delante. Desde la provincia de San Juan, usando el paso conocido como “Los Patos”, esa columna del general inició la marcha, Ichinén iba con ella. Camuflado bajo el nombre de James, ya que nadie podía recordar o pronunciar el de Ichinén, el guerrero marchó con el Ejercito de los Andes. Teban no salió debajo del poncho en casi toda la travesía, gato al fin, sufren mucho el frío. Ichinén le daba de comer y el felino apenas asomaba su pata hacia el frío de afuera. La comida era reiterativa, bien de campaña, un poco de carne reseca recalentada como sopa o guiso, algo que él nunca había probado. Apenas alguna otra cosa. Su propio poncho destinado, le parecía una ropa de lo más abrigada y el mate que cada parada preparaban los soldados, lo templaba aun más. Los soldados le llamaban “cebar” a servir esa bebida que se tomaba con el palillo hueco. El guerrero le fue tomando el gusto a ese líquido, con un amargor fuerte y profundo, como si estuviera probando un poco de la tierra que germina. 
El camino comenzó pedregoso al principio, guijarros en su mayor parte para luego volverse de mayor tamaño. La temperatura bajaba conforme iban ascendiendo en altura. El viento parecía querer llevarse todo por los recovecos de las montañas. Por millones de años, los volcanes habían lanzado sus proyectiles por esos lares, aunque de eso ha pasado mucho tiempo. La evidencia son la forma de las rocas, moldeados por esos colosos de magma, las montañas se enfrentan hoy al ejercito libertador. Montar una mula no era tan parecido a un caballo como creyó Ichinén en un principio, tienen diferente carácter y manías. Todos los soldados iban en una, o en un caballo en su defecto, pero esos iban reservados para la carga que realizarían en la batalla por venir. O esa era la idea, en principio, si las montañas no los vencían. 
La primera noche, Ichinén insistió en hacer guardia. Algunos de los que lo acompañaban se reían del estado de alerta del guerrero. Pero él estaba seguro que había visto una sombra rondando por el campamento. 
-No se altere, mi amigo, es difícil que encontremos “maturrangos” tan de este lado de la cordillera.-lo tranquilizó el sargento viejo.
Ichinén le cedió la razón, quizás el ambiente extraño le jugaba bromas a su mente.
Avanzaron casi treinta kilómetros o poco más. El camino se estrechó en muchas cornisas, teniendo apenas medio metro de ancho en algunos tramos. Las mulas eran vendadas con pañuelos para facilitar el cruce. De no hacerlo, el animal se empacaría y no daría un paso más. Tonto no era el bicho, ni tampoco arriesgado como esos hombres. Perdieron un soldado y unas mulas, atravesando esas cornisas. Algunos animales muraron de frío, cuando fueron alcanzando las altas cumbres. Un leve derrumbe terminó con una desbarrancada que casi se lleva a más un patriota. Ichinén sujetó la mano de un joven cadete, que casi es arrastrado abismo abajo por su mula. El guerrero clavó los talones en tierra y clavó su espada en el suelo para hacerse palanca. El terreno cedía y por un segundo se vio en el fondo del valle. El soldado hizo maniobras con los brazos y consiguió recuperar el equilibrio, balanceando el cuerpo hacia quien le tendía la mano. 
-Gracias, señor James.-resopló en agradecimiento el chico.
-No es nada, mi amigo.-respondió el guerrero, usando la expresión usual en ese mundo.
Por una de esas cosas que cualquiera hace inconsciente, Ichinén miró hacia arriba, por donde había comenzado el derrumbe. Esta vez, vio claramente una figura, muy similar a la que apenas atisbó en el campamento del llano. El viento sopló fuerte, pero no fue eso lo que hizo estremecer a Ichinén. 
-Hay alguien arriba.- ¿Lo ves?-
Pero el chico aseguraba no verlo, apenas el guerrero señaló a lo alto, la figura se escondió. Bien podía haberlo visto, no era factible que el joven fuera tan corto de vista. Aun así, nada.
En un alto que hicieron por la noche, en una parte de la montaña, donde era posible improvisar un campamento precario, Ichinén hizo guardia aunque no le tocaba. Esperaba pescar a esa misteriosa sombra asesina. Aunque estaba cansado, no pudo dormir. Tres horas más tarde, la vio. Era claramente algo inhumano, pero bípedo. Una idea comenzó a formarse en su mente, aunque no entendía como había sucedido.
-Disculpe, mi general, debo notificarle algo, a solas.-manifestó Ichinén, saltándose todo protocolo militar, lo que le valió miradas de soslayo del resto de los soldados presentes.
A una seña de San Martín, la carpa del Comandante en Jefe fue desalojada. El guerrero explicó el asunto, casi esperando no parecer un loco.
-Se que no es un aseveración con mucha seguridad o confirmación, pero sé que algo vi y no es de este mundo.-
El general apoyó los dedos en el mentón, pensativo.
-Le creo, Ichinén.-respondió luego de unos instantes.-Vi algo la otra mañana, pero nadie más lo veía, así que me conformé pensando que eran sombras en la montaña. En el momento del derrumbe vi algo más claro entre el viento y el frío. Nadie más lo notaba, así que no insistí, me sentí un poco loco. Ver visiones sería una más de las tantas dolencias que ya tengo.-
-Yo lo vi también. Es algo que me resultaba nefastamente familiar. No sé porque otros no lo ven, solo usted y yo.-
-También ambos escuchamos hablar a un gato y nadie más. Es algo que quizás no esté en nuestro poder saberlo, pero que nos baste el estar seguros que es así y nada más.-
Ichinén asintió, concordando que el general llevaba razón.
-Le solicito permiso, mi general, para ir a darle caza a ese merodeador.-
-Estas montañas son peligrosas, no solo el viento y el frío es de temer. ¿Está seguro de ir a cazar espectros en medio de la cordillera?-
-De los dos que sabemos puede verlo, soy el que puede estar más libre para cazarlo. Si ese saboteador sigue tirando rocas sobre el ejército, no podrá cruzar nadie.-
Con una seña, el general le dio su aprobación. Ichinén se pertrechó y se colocó un poncho por encima de la cabeza. 
-Tiene un buen poncho, es puntano, cerca de donde nací.-le comentó un soldado que rondaba los treinta.
Ichinén le sonrió de compromiso, pero estaba concentrado en ir en pos de la sombra lanzadora de piedras.
Iban apenas diez días de jornada, cuando Ichinén se encaminó en solitario por aquellos parajes helados. Aunque en ese mundo era verano, no dejaba de hacer frío en las alturas. De día, podían hacer cuarenta grados al rayo del sol, pero por la noche descendía a diez bajo cero. Temprano no era mejor que tarde, sino se estaba bien cubierto. La resolana quemaba y cegaba a quien caminaba, razón por la cual, Ichinén creyó estar imaginando esa figura. Aun estaban en la mitad del viaje y ya se habían perdido varios animales, incluso algunas vidas humanas. La travesía estaba en su punto más álgido, San Martín lo sabía, Ichinén también. Si esa sombra seguía haciendo de las suyas, bien podía arruinar todo. Si una roca bien colocada mataba al general, todo se llevaba el diablo, como decía el propio San Martín. Literalmente podía ser cierto, si lo que el guerrero sospechaba era correcto.
La subida por la ladera fue accidentada, se lastimó bastante en manos y rodillas. Los pedruscos los hacían resbalar, no había buenos puntos de agarre para ascender. Subió por cornisas, adelantado como si fuera una vanguardia de un solo hombre, siguiendo el rastro de la sombra. 
Dos días estuvo temblando de frío y persiguiendo algo que ya creía no existía. La mañana del segundo día, lo sorprendió una criatura impresionante que temió sería otro ardid de su enemigo. Pero en el planeo de esa criatura, con las inmensas alas oscuras extendidas, notó la magnificencia y la armonía de una criatura. 
-Un cóndor.-musitó para sí, recordando las descripciones que habían dado en las charlas del campamento.
La maravillosa y terrible naturaleza se encontraba perfectamente representada en esa ave de altura, imponente y severa, como su porte. Compenetrado con la visión del cóndor, descubrió que la sombra no estaba muy lejos de donde miraba. 
-Gracias, amigo cóndor.-se dijo el guerrero, creyendo que tal vez el animal le estaba indicando su objetivo.
Esta vez pudo distinguirlo mejor, y no le perdía pisada. En una vuelta de cornisa, Ichinén se dio cuenta que el perseguido no estaba intentando evitarlo o perderlo. 
-¿Me estás tendiendo una trampa?-inquirió para sí.
Desenvainó a Daimoku y se preparó para todo al girar en una esquina de la montaña. Se encontró ante un risco y el otro lado de la hondonada, la figura que venía persiguiendo el último par de días.
-Ha pasado tiempo, Ichinén.-dijo una voz rasposa, que Ichinén tardó un poco en reconocer, pero no le dio alivio o alegría, el hacerlo.
-Shima.-escupió el guerrero.
-Siempre el guerrero gallardo, queriendo ayudar a locos que creen en delirios.-terció el demonio.
-Debí reconocer el olor a podrido que proviene del miedo.-se mofó el guerrero, bajando la espada, pero sin guardarla.
-Veo que este mundo te influencia, ya hablás como uno más de estos salvajes revolucionarios.-
-No sé si me afecta, pero para ser honestos, estoy un poco cansado de ser educado con los lacayos mediocres de Rokuten. ¿No tuvieron suficiente en el pueblo?-
El antiguo encuentro de Ichinén y este demonio en particular, había ocurrido hacía ya mucho tiempo, incluso antes que el guerrero visitara la posada de los muertos. La misma donde el Rey Dragón le indicó que debía buscar tres maestros para llegar a Kosen Rufu. En ese pueblo había sido herido por uno de esos tres a los que había enfrentado.
-Lo que mi señor Rokuten si ha tenido suficiente, es con estas aspiraciones de libertad de ustedes, los humanos. No parece lograr hacerles entender que ustedes están mejor siendo controlados por nosotros, mediante sus deseos.-
-Oh, claro, seguro que la esclavitud es un viaje de placer en el infierno, gracias ya lo conozco, no me parece.-
El demonio rio con ganas, el sonido retumbó por las montañas.
-No has visto nada. Pero eso no es lo que he venido a realizar aquí.-
-No, estás queriendo destruir el ejército de esta gente.-
-Si, así es. Quieren vivir en la mentira de esa libertad. Vengo a quitarle esas ideas.-
-Y yo vengo a rebanarte los miembros, en fetas.-respondió Ichinén, levantando su espada.
El demonio se lanzó sobre el guerrero, saltando por sobre el vacío. El guerrero esperaba poder usar el terreno para tirar hacia abajo, pero Shima no era tonto y lo vio venir. Lucharon largo rato, incansable. El viento parecía un contendiente más, los hacía tambalear o desviar en un ataque. La cornisa estuvo a punto de llevarse a Ichinén, que parecía con menos suerte que el demonio.
-¿Quien diría que vinieras a morir a la altura? ¿Eso te hace un gran hombre?-
-Hablás mucho, Shima.-
La estocada que lanzó con Daimoku fue frenada por la garra del demonio, pero este se quejó de dolor. El contacto con el filo de Daimoku les producía un gran dolor a esas criaturas.
Ichinén siguió el duelo, hasta que se vio atrapado entre la pared de roca y una concavidad natural del terreno, varias decenas de metros de donde habían comenzado la pelea. Ichinén no quería meterse en ese hueco, donde seguramente sería encerrado, pero la única otra salida era por encima de su rival. Apretando los dientes se lanzó a pelear con todas sus fuerzas. Levantando una mano, el demonio convocó una ventisca que casi logra despeñar a Ichinén. Agarrada una grieta, su mano congelada era lo único que lo mantenía allí. Ya se sentía en el fondo del risco, cuando un grito se sintió en lo alto.
El demonio alzó la vista, muy tarde, ya que las garras del cóndor se clavaron en su rostro. Ichinén aprovechó el segundo de respiro y le lanzó un golpe al pecho del demonio. La espada se clavó, atravesándolo de parte a parte. El guerrero giró su muñeca para retorcer la hoja y la herida se abriera aun más.
-Jugar con el viento… espero que abajo le des mi saludos a la ventisca.-le susurró Ichinén, pateándolo luego en una pierna.
Shima se perdió lejos en el fondo. Y aunque Ichinén suspiró aliviado, sabía que Rokuten tenía poder como para hacerlos regresar una y otra vez. 
El cóndor lo observaba fijamente, Ichinén se quedó quieto, envainando la espada despacio. El animal no le quitaba los ojos de encima. Otro vino a su lado, saliendo de la concavidad que él había intentado evitar para no verse encerrado.
-Tranquilos, no voy a hacerles nada.-le susurró el guerrero.
Unos quejidos le llamaron la atención y ambos cóndores se giraron sobre sí mismos. Aun desde lejos, Ichinén pudo descubrir el origen de ese sonido. Era el nido de la pareja, uno era el macho y el otro la hembra. Estaban protegiendo a su cría, la lucha se había acercado demasiado a su indefensa prole. Uno de los dos se acercó al pichón y lo alimentó con su buche. Intentó con todos sus lentos movimientos, dar a entender que no tenía intenciones de dañarlos o a la criatura. Despacio, el guerrero fue retrocediendo, mientras el cuello de la que parecía la hembra se giraba y lo observaba vigilante.
-Gracias por la ayuda, por cierto.-
Una vez girada la esquina, inició el descenso y fue en busca del resto del Ejercito de los Andes. El General solo le preguntó si todo estaba en orden. Ichinén respondió como si tal cosa, que todo lo estaba. Sin mediar más palabra, se entendieron perfectamente. Una vez alcanzada las cumbres de más de cuatro mil metros, el descenso pareció mucho más fácil, aunque no lo era. Después de todo lo ocurrido y atravesado, Ichinén encontró los inconvenientes siguientes mucho menos insalvables que lo precedente.
Luego de 21 días, El Ejercito de los Andes llegó al otro lado. Alguna que otra escaramuza hubo con exploradores o avanzadillas del enemigo, pero Ichinén vio poco de eso en la columna donde iba. Una vez atravesada la cordillera, las diferentes columnas de los distintos pasos, tuvieron un periodo de reunión. Entre tanto, se recontó cuanto había quedado desde la salida hasta el punto en que se encontraba. Comida, animales, etc. La mitad de las mulas había alcanzado la meta, entre las extremas temperaturas y el terreno difícil, muchas habían quedado en el camino.
El General estuvo bastante preocupado por una de las columnas de las que no había noticia. El guerrero no entendía todas las costumbres o modos de ser de este mundo, pero comprendía cuando algo no iba bien. Cuando los que faltaban finalmente llegaron, no fue el momento de relajación que se podría pensar. Justamente esa llegada, ponía en marcha la verdadera lucha. Lo que vendría sería la batalla crucial por la libertad de todo un continente. Solo restaba avanzar en el terreno, presentar batalla al enemigo y vencerlo, y así liberar a todo un país y comenzar la independencia de todas esas tierras. Casi nada.

6/30/2018

57-Escalando las más altas montañas.

El tiempo, ya ha sido dicho, es apenas una percepción subjetiva del mortal común. El guerrero Ichinén lo sabe desde que comenzó a viajar entre mundos, guiado por Teban. El felino le había informado que el tiempo es otro mundo diferente, o que cada diferente tiempo en cada universo, es otra cuestión particular. Ichinén acaba de arribar a un mundo que no conoce, pero que en su futuro conocerá, aunque para la gente de este lugar, él ya los ha visitado. El pasado de ellos, es el futuro de Ichinén. A contramano, como diría su padre, siempre. 
Contemplando las inmensas cumbres de la precordillera, Ichinén vuelve a leer la carta. Una misiva de Ichinén para Ichinén, que le acaba de entregar el general San Martín.
"Supongo que estarás pensando que estás completamente loco, que alucinas debido a regresar a tu mundo y ver como ha sido maltratado... Pero no es así, has viajado a mundo, en sentido contrario a como ellos perciben el tiempo. En tu futuro, viajarás a una batalla del pasado de ellos, y deberás ayudarlos. Para cruzar la cordillera, tendrás que prestar tu asistencia, así llegarás al yelmo que te facilitara la alianza con Astur. Esta gente, puede que no la conozcas de nada, pero sé por experiencia, que están peleando por su libertad. El cruce de estas montañas es para conseguir vencer al opresor. Sé que el tiempo hará que entiendas, somos la misma persona, aunque en este momento lo dudes. Ichinén.”
El Ichinén del pasado, no creía en lo que escribía el del futuro. Venía de un mundo donde la pérdida de los reyes los había llevado a la destrucción. Creer en la rebelión ante un rey, era algo que no estaba del todo correcto en su cabeza. Observó las montañas delante suyo y pensó que insensato era tener que cruzar todo ese para solo buscar un yelmo.
-Lindo clima va a ser allá arriba. No esperes que salga del refugio donde voy a viajar.-escuchó decir a su lado.
-Lo sé, Teban. Los gatos y el frío no se llevan bien.-
-Y parece que con vos tampoco.-
Ichinén ladeó el rostro, con la vista clavada en un pico.
-No es eso. Es el intervenir en este mundo, con algo que no tenemos nada que ver o que ni siquiera estoy en un todo de acuerdo. Aunque debo confiar en mi propio mensaje desde el futuro.-respondió, mostrando la ajada carta.
-Vení conmigo, guerrero.-replicó el felino.
Juntos volvieron al campamento del Plumerillo. Donde los soldados estaban organizando los detalles últimos para el cruce de la última columna. La vanguardia ya había partido, el general en jefe había designado a Ichinén como un soldado más. Aun sin dar demasiadas explicaciones a sus subordinados, respecto a un soldado caído como del cielo. 
-Vestite, puede que partan ya mañana.-le recomendó Teban.
Luego de calzarse el uniforme ayudado por una mujer robusta y de piel oscura, Ichinén se incorporó a un grupo de soldados que le había sido asignado. Ese era su escuadrón. En su interior, el guerrero no temía pelear, pero no sabía si lo estaba haciendo para el bando correcto. Y aun así, no creía tener el derecho de poder intervenir en un mundo que no era el suyo.
Como si llegar a Kosen Rufu no fuera una empresa lo suficientemente difícil, ahora debía viajar y pelear en otros mundos.
-Siéntese amigo, tómese uno y cuéntenos de donde viene.-le dijo un viejo soldado de barba, que bien parecía un miliciano.
Ichinén agradeció con una educada sonrisa y se sentó en la ronda con los demás soldados. El hombre le tendía un recipiente con un palillo hueco hundido en una hierba que parecía como té picado.
-Supongo que es usted francés, no?-inquirió el hombre.
El guerrero asintió a medias, no sabiendo si contradecirlo y contar la increíble verdad o dejarlo en su propio error complaciente. Imaginó que debía inspirar el líquido, pero no supo que no de una forma violenta. La bebida era caliente, amarga y con un fuerte gusto a tierra. Primero le chocó la alta temperatura, pero luego le pareció interesante.
-Parece que en la Francia no tienen mate! No se queme, amigo.-se rio otro, mientras Ichinén seguía en su intento de no quemarse al tomarlo.
Miró el rostro de cada uno y sus posturas, no parecían la clase de ejército a la que estaba acostumbrada. Eran disciplinados, según había podido observar, pero notaba que muchos eran algo grandes para pelear o bastante jóvenes. Incluso había visto a una mujer, entre los soldados, vestida de uniforme. Esto fue precisamente lo que comentaba otro soldado, algo alejado de Ichinén. El que le había dado la bebida, censuró los comentarios del otro.
-Todos tienen razón para pelear por su libertad. Ella sufrió tanto o más la opresión de los godos, que usted o yo, míjo.-
-Disculpe, teniente. Era sin mala intención el comentario.-
-Todos estamos en este barco de ser libres, sino aprenda de los franceses como el amigo aquí presente.-
Ichinén no quiso desdecirlo y trató de desviar la conversación, antes que preguntarán sobre esa tierra en esa Francia donde “había nacido”, pero jamás había visitado en ninguno de sus viajes.
-¿Sin el rey habrá libertad?-interrogó el guerrero.
-Claro que si, usted debería saberlo mejor que nadie, mesié.-replicó el teniente, haciendo hincapié en la última palabra.
Ichinén pasó por alto esa referencia, sabiendo que era algo que se le escapaba por aparentar ser de una tierra de la que tenía poca idea.
-Los godos nos tuvieron de esclavos, nos ofendieron cada vez que pudieron. Siempre con el rey, el rey por delante. ¿Qué rey, amigo? ¿El que venció su Napoleón? ¿El que renunció antes? El único rey que hemos tenido en serio es el dolor de la humillación, proveniente de algún jefazo de ese rey, que ninguno de nosotros conoce o verá.-
Las palabras del hombre sacudieron a Ichinén hondamente. El conocía reyes que habían peleado con sus soldados, codo con codo. Su padre mismo dirigió la lucha final contra los demonios invasores. Siguieron algunas otras opiniones, sobre altos impuestos, figuras reales que no gobernaban o que entregaban el poder a otros más fuertes. 
-Teníamos un rey que renunció, pero en vez de mejorar la cosa, solo empeoró. Vino el emperador, desde afuera y lo tomó prisionero. Ahora que nos declaramos independientes, quieren venir a tomarnos en nombre de una nobleza muy acomodada. Acá tenemos hambre de pan, si, pero más que nada hambre de poder hacer lo que nos dé la gana.-
Teban le había explicado brevemente lo que había averiguado. En otro continente, un invasor extranjero invadió las tierras del rey de esta gente. Pero eso además, no era lo único. En esas tierras les cobraban impuestos, sacaban recursos; todo en nombre de un rey que no reinaba y que al primer golpe del invasor, salió corriendo debajo del lecho. Ichinén continuó escuchando, interesado y un poco entendiendo la furia de esa gente. Algo que Ichinén no entendía para nada era como había esclavo en un lugar donde el rey no estaba presente. En las tierras de Azalays o en algunos otros, solo había sirvientes no esclavos. En reinos más salvajes, como las tierras del meridional o quizás en Desertus, la esclavitud era algo que se estilaba usar. Aunque dependiendo del gobernante, podía ser una terrible esclavitud o una más llevadera. No habiendo tanta diferencia entre un sirviente pagado con un esclavo bien tratado. Bien la diferencia podía ser meramente semántica, a entender de Ichinén, pero a efectos prácticos la esclavitud no era bien vista en continente nativo. 
Con curiosidad, se acercó adonde estaba la mujer del ejército. Su rostro oscuro, su expresión recia, aunque algo distendida. La mujer lo miró desconfiada, Ichinén se disculpó por importunarla. 
-¿Es usted noble, cierto?-
La sorpresa de Ichinén fue cómica al parecer, la mujer a poco de decirlo.
-He servido con señoritos muy elegantes, se reconocer alguien de buena educación.-
Ichinén le debió reconocer que estaba en lo cierto, era de noble cuna. 
-¿Y qué hace un noble peleando contra otro rey? ¿O es cierto que los franceses quieren pelear por América para oponerse a España?-
Para ser solamente soldados, estaban muy bien informados, creyó Ichinén.
-Algo de eso, quizás, pero tengo mis propias razones. Yo puedo preguntarle lo mismo, al ser la única mujer.-
-Soy una esclava. Me presenté voluntaria para pelear, por eso soy libre ahora. Si ganan los godos, todos los esclavos libertos, será encadenados de vuelta. Y en mi caso, me harán cosas peores.-
Diciendo esto, la mujer se levantó un costado del uniforme y le mostró una marca que cruzaba a la altura de su riñón. 
-Algunas otras marcas que el amo me dejó, no están a la vista o no es decente mostrarlas. Los amos pueden hacer lo que desean con sus esclavos. Si me matan en combate, al menos no será un final de rodillas.-
Ichinén sintió un gran nudo en el estómago, sabiendo lo que alguien con poder podía hacer. Aunque no había esclavos en su tierra, conocía de buena fuente que algunos nobles se abusaban con los sirvientes, apoyados en su posición de poder.
-¿Usted ha tenido esclavos?-
Ichinén confesó que tenía gente que le servía, pero estos no eran esclavos. 
-Jamás haría algo así o permitiría que lo hicieron en mi ducado.-ratificó el guerrero.
-Supongo que usted sería un buen amo, pero amo al final, no le dejaría su libertad a los que tiene como esclavos.-
-En mis tierras no se permite eso.-
-Cierto que es francés.-
Ichinén iba a corregirla, pero entendió que eso no era lo mejor. Igualmente, como fuera, esa tierra que nombraban; tenía cosas en común con la suya. Una al menos.
-¿Cómo es su gracia?-inquirió la mujer.
Ichinén creyó que se refería a algún chiste habitual que debía hacer, pero luego entendió que le preguntaba su nombre.
-Dai Ichinén.-respondió el guerrero en tono solemne.
-Josefa yo soy. Extraño nombre francés, debe ser de una colonia. ¿Si?-
-Si, no es de ese origen, sino de otra tierra.-
Un sargento apareció para llamar a varios a entrenar, Ichinén era uno de los convocados. Odiaba las armas de fuego y no se mostró muy interesado en aprender a tirar, pero aun así lo hizo con cierta decencia. Las habilidades de combate que tenía, sorprendieron a más de uno, que cayó desprevenido. Era claro para el guerrero que en este mundo, no conocían el concepto de Aiki. Era diez de enero, cuando Ichinén llegó. El 18 de ese mes, su columna inició la marcha. El guerrero se sentía ambivalente con respecto a su intervención, aunque sentía empatía por esa lucha por la libertad, sentía que no era su lugar entrometerse. El ejército emprendió el camino y los ánimos parecieron encenderse. Lo que pareció hasta el momento, una silencioso y expectante tropa, era ahora un brazo firme que cruzaba los Andes con decisión. Al marchar, pasó junto al general, al lado de su mula, con una mano en el estómago.
-Es la hora, amigo.-expresó el general, a punto de montar.
-Si, lo es.-respondió Ichinén, amagando en ayudarlo a montar.
El general se aferró a la rienda pero se dobló nomás de hacer un esfuerzo.
-Está bien, mi general?-inquirió el soldado más cercano, con gran preocupación.
-Estoy bien, es solo esta úlcera.-
-¿Lo vio el doctor James?-preguntó Ichinén, refiriéndose al médico de la campaña.
-No es nada, ya pasa.-respondió el jefe mayor.
-¿Es seguro hacer esta campaña con esa dolencia?-interrogó el guerrero al general.
-No lo es, amigo mío. Pero si no la realizamos ahora, todo se lo lleva el diablo.-respondió el general, montando finalmente su animal y avanzando.
Viendo el reto por delante y la firmeza en los ojos de los soldados, el tesón del general comprometido hasta la sangre por su causa, el deseo de libertad de toda esa gente; Ichinén no pudo hacer otra cosa que apoyar con todo esa empresa.
Caminó con el resto de la tropa, mientras su mula asignada, llevaba una caja de madera, desde donde reposaba Teban, arropada con algo llamado “poncho”.
-¿Estás listo para esta aventura, Ichinén? ¿No le tenés miedo a la altura?-
-Si, Teban, estoy listo. No temo a la montaña, pero si siento pena por el enemigo que encontremos.-
El gato alzó la cabeza y descubrió parte de su cuerpo del poncho, no entendiendo de que hablaba el guerrero.
-Pobre enemigo al que enfrentaremos.-continuó Ichinén.-Con tamaña determinación les veo poco futuro.-
Las montañas se alzaban ante el ejército que serpenteaba por sus estrechos senderos. Las piedras en el camino no eran obstáculos, todo el terreno era solo la plataforma de despegue para el ejército libertador.